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La Musa Érato 🌹 📌Poemas, verso libre, resúmenes. 📚 Escritos, imágenes, relatos 📓Fragmentos de libros y Novelas... 📝Y todo lo relacionado con La poesía y el arte de escribir.

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Lo que permanece

Te conocí cuando aún no sabíamos quiénes seríamos,
y sin quererlo, me quedé viviendo en algún rincón de tu historia.

Tú fuiste casa antes de tener techo,
risa antes de que la vida pesara tanto.

Nos amamos sin permiso,
sin fechas marcadas,
sin promesas que pudieran pronunciarse en voz alta.

Y, sin embargo, hay algo en tu forma de mirarme
que me hace sentir que no todo está perdido,
que el amor también puede vestirse de amistad
y seguir respirando,
aunque duela un poco.

A veces me dan ganas de contarte
cómo duele querer a alguien
con la calma obligada.

Hay días en que me basta con oírte reír;
otros, me sobra todo
menos tus manos.

No sé si la vida nos debe algo,
o si nosotros le debemos esta locura.
Solo sé que, después de tantos años,
seguimos siendo eso que nadie entiende,
pero que los dos sabemos nombrar sin hablar.

A veces me pregunto
si el amor verdadero no será este:
el que se calla,
el que se acomoda en los espacios donde no cabe.

Yo sigo siendo el que te piensa sin decirlo,
el que sonríe cuando te recuerda,
el que todavía siente
que hay algo tuyo en mis días más simples.

Tal vez el amor no se trata de estar,
sino de permanecer,
incluso cuando ya no debería.

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Si fueses tiempo, serías el instante perfecto dónde quiero mi eternidad

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NO DEJES DE MIRARME

No sé qué ves en mí, pero no dejes de mirarme, por favor.

La manera en que tus ojos se clavan sobre mí, me hace temblar hasta el alma.

Me invade, me recorre, me hace sentir vulnerable a tus palabras, a tus gestos, a ti.

Versos Rotos
#MateoHernández

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El día que me encontré

En algún punto de mi vida,
hace ya diez… u once años,
me perdí.

Me perdí entre papeles
y un infierno de pendientes,
en un torbellino de ocupaciones,
en un sinfín de responsabilidades.

Me perdí en la rutina,
en ese cortísimo tiempo
que tengo en este pequeño planeta.

Y no fue sino hasta hoy
que me encontré.

Me encontré bajo una decena de tazas sucias.
Me encontré entre cosas sin sentido.
Me encontré bajo un cenicero repleto.
Me encontré lleno de desamores…
Y vacío de amor.

Mi madre solía decir:
Si un día te pierdes a ti mismo,
búscate en tu niñez.
Ahí corremos todos
cuando nos perdemos,
cuando estamos asustados.


Así que me busqué…
Me busqué en mis juegos.
En los amores del colegio.
En mis poemas.
Y me encontré.

Envuelto en llamas.
Sediento de luz.
Inundado de nada.
Lleno de mentiras.
Vacío de amor.

Aún tengo tiempo.
Aún tengo sueños.
Aún tengo vida.

El día que me encontré,
me prometí no soltarme nunca más

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Esta semana que viene

Esta semana quisiera llevarte al cine,
mezclar cotufas con Doritos y platanitos,
hacer una mezcla de azúcar y sal en la oscuridad,
ver a mi actor favorito llorar por nosotros
y salir conmovido por una historia que no era nuestra… pero casi.

Quizás no podamos ir al cine.
Quizás solo vayamos a ese café que te gusta,
el de las sillas incómodas pero las conversaciones largas,
tomar malteadas, pedir un agua,
galletas con nombre de domingo,
y hablar de todo un poco como si el mundo
no se nos estuviera cayendo a pedazos.

Tal vez solo quedarnos en casa,
haciendo un maratón de series rotas,
yo cocinando con esmero,
tú fiel a tus rutinas como si fueran rezos.
Y entre capítulo y capítulo, mirarnos sin decirlo todo.

Esta semana que viene quisiera irnos a la playa,
dormir en toallas húmedas,
hacer el amor como locos sin miedo al sol ni a la arena,
despertar a la 1 p. m. con la lengua seca
y diez botellas de vino vacías como testigos,
el cuerpo tatuado de caricias y errores deliciosos.

Quisiera saber de ti, de verdad.
De tus metas, de tus proyectos,
de tus sueños mal cortados,
de tus pesadillas con nombre y apellido,
de tus desamores que aún duelen,
de tus pasiones que aún laten.

El domingo que viene —o el que le siga—
solo quiero escucharte hablar por horas,
ver cómo se te ríen los ojos cuando exageras,
y notar cómo te da hambre cada treinta minutos
como si el estómago también te extrañara.

Pero esta semana que viene…
sé que nada de eso va a pasar.
Porque estás a millones de años luz de mí,
aunque vivamos bajo el mismo sol,
aunque miremos el mismo cielo antes de dormir.

Esta semana que viene —o la próxima—
quisiera entender
cómo el amor más grande del universo
no fue suficiente.
Cómo algo tan intacto puede doler tanto.
Cómo se repara lo que nunca se rompió.
Lo que quizás… nunca existió.

Y así,
esta semana que viene,
quisiera entender
cómo el amor más grande del mundo
nunca sucedió.

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Cabellos y Lunares
por Deyvis Qz

Déjame una docena de tus lunares, por lo menos...
O deja, al menos, una montaña de tus cabellos en mi cama.

Deja algo... lo que quieras.

Deja tus pechos, o tus labios... para tener dónde gastarme.
Deja, por lo menos, el olor a sexo, el aroma a intimidad.

Deja algo, que tu existencia no haya sido en vano.

Deja un sentimiento —amor, o tal vez odio— que vienen a ser lo mismo.
Deja un instante, por favor, deja un segundo.
Deja un minuto, tan solo uno, de cuando me deseabas.

Déjame una docena de tus lunares —o dos—
para jugar a encontrar una constelación de estrellas desconocidas.

Déjame la piel de tu espalda, para que me sirva de mapa
cuando esté perdido (siempre).

Deja un par de sonrisas, un par de miradas, un par de caricias.

Por favor, cuando salgas,
deja lo que creas conveniente:
tu alma, tu vida... o la mía.

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Culpable

Y me acusaron de romántico,
por llevarte flores sin razón,
como si el detalle doliera,
como si no supieran
que hay días en los que uno solo quiere
verte sonreír,
aunque no sea por uno.

También me acusaron de cursi,
por escribirte cartas en pleno siglo XXI,
cuando bastaba con un emoji,
pero yo quería dejar huella en papel,
raspar el alma con tinta
y que tus ojos leyeran
lo que mi voz no se atrevía a decirte.

Me llamaron anticuado,
porque te abrí la puerta del carro,
te esperé bajo la lluvia,
y hasta aprendí tus canciones favoritas
para cantarlas mal, pero contigo.

Me declararon enemigo del desapego,
contrabandista de suspiros,
reincidente en mirarte con hambre
como quien ve algo que no se atreve a tocar
pero tampoco puede dejar de mirar.

Y sí…
me declaro culpable,
de amarte a la antigua,
con la torpeza de los que sienten mucho
y no saben esconderlo.

Culpable de ilusionarme con tus mensajes,
de ensayar respuestas,
de imaginar futuros
que solo existían en mi cabeza
(y en mis playlists).

Culpable de no saber quererte a medias,
de no saber marcharme a tiempo,
de quedarme esperando señales
como quien espera estrellas fugaces
en pleno mediodía.

Pero si amar así es delito…
llámenme reincidente.
He caído peor por menos
y con menos flores en la mano.

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Inconmensurable

A veces pienso en ti como si fueras tiempo.
Inabarcable.
Pero con rutinas:
muchos mensajes al día,
cinco formas de mirar,
mil maneras de no decir nada
y que igual me digas todo.

Estás en mis días como las horas pares,
sin aviso,
pero ahí.

Entras en la mañana con la taza que olvidé medio llena,
con el café que se enfría mientras leo tus mensajes,
con la espuma pegada al borde que no terminé de beber.

Seguimos mensajeándonos
como un ritual secreto:
palabras que se cruzan
y siempre vuelven,
como si cada notificación
fuera un pequeño “aquí estoy”.

A mediodía me sorprendo
deteniéndome a mirarte
como quien observa algo pequeño
que nadie más notaría.

No sé en qué momento
me empezaste a gustar con detalles.
Con los “luego te cuento”,
con las fotos borrosas,
con los audios que se ríen
antes de hablar.

Lo inconmensurable
no es lo que siento,
sino lo fácil que se siente sentirlo.
Como si te hubieras aprendido mi idioma
antes de conocerme.

Y ahora ando
sumando segundos contigo
como quien no quiere medir
pero igual cuenta,
por si acaso esto
también es amor.

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Cuando quise estar solo, me retiré.
Me retiré de mi empleo, de mis estudios.
Cancelé mi agenda y apagué el celular.
Cuando quise estar solo, simplemente me fui.
Me fui a casa, a mi cuarto, y cerré la puerta.
Apagué la radio y el televisor.
Cuando quise estar solo, cerré los ojos
y pensé en no pensar nada.
Apagué la luz y la alarma del despertador.
Cuando quise estar solo, me encontré.
Y me dije: "Aquí estás. Aquí existes."
El tiempo me vio y me dijo: "¡No me detendré!"
El pasado me dijo: "Ya no me veas, pues ya morí."
El universo me dijo: "Sigo en expansión."
La vida me dijo: "No me extinguiré."
Y Dios me dijo: "Creo en ti."
Cuando quise estar solo, te encontré.
Muy dentro de mí… pero te vi.
Y escuché tu voz que decía:
En esta habitación,
en este tiempo,
en esta vida,
en este universo…
no cabemos los tres.

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Inventario

Dejaste el espacio vacío
y la cama aún caliente.
En el baño quedó una toalla,
un secador
y un cepillo de dientes.

También dejaste un hombre remendado,
un par de sueños rotos,
algunas mentiras completas,
tres verdades a medias
y un montón de ropa sucia.

Se te quedaron unas revistas,
comida congelada,
manías regadas por la casa
y un par de inseguridades
que aún no sé si eran tuyas o mías.

Dejaste un ambiente hermoso,
desolado,
pero hermoso.
A veces tóxico,
a veces dulce,
como si el amor tuviera horario y doble filo.

Dejaste llamadas sin hacer,
mensajes sin contestar,
algunas series por terminar
y palabras por pronunciar
que aún me rondan como fantasmas educados.

Dejaste a un monstruo indefenso
convertido en niño,
que en el pasado
quizás fue un hombre funcional.

Dejaste tiempo de sobra,
le agregaste minutos infinitos a las horas,
le quitaste días a los días,
tiempo al mismísimo tiempo,
y vida a la vida.

Dejaste de ser mi amor
y te convertiste en luna.
Dejaste de ser refugio
para convertirte en insomnio.
Dejaste de ser mujer para convertirte en poema.

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Ser más, Ser menos

¿Y si fuiste tú quien se equivocó?
Tal vez soy menos de lo que pensabas.
Tal vez soy más de lo que esperabas.
¿Menos de qué?
¿Más de qué?
Tal vez yo era distinto a todo.
Tal vez soy yo el error imborrable.

¿Y si fuiste tú la que murió?
Quizás quedaste sin alma después de todo.
Quizás mueres cada vez que pisas,
Quizás mueres cada vez que respiras.
Quizás eres tú quien muere cada vez que vive.
Tal vez mi puñal fue más profundo que el tuyo.

¿Y si eres tú quien quiere remediarlo todo?
Tal vez eres tú quien piensa en mí desesperadamente.
Quizás eres tú quien quiere irse lejos, para luego volver.
Quizás eres tú quien quiere reconquistarlo todo.
Quizás eres tú quien me relee.

¿Y si eres tú quien colecciona madrugadas?
Mojando la soledad en café amargo.
Buscándome en el espejo.
Llorando a cántaros pero sin lágrimas.
Viviendo muerto, pero sin muerte.
Muriendo vivo, pero sin vida.
Tal vez soy yo quien duele.

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Te necesito de vuelta

Hay una serie nueva, romántica,
anoche la terminé en un maratón solitario.
No sé si necesito que la veas
o necesito contártela,
como se cuenta un secreto que duele
si se guarda solo.

También hay una película en cartelera,
de esas que prometen miedo y no dan ni frío.
Necesito que la veamos,
para tener con quién reírme después.

Adopté cachorros nuevos,
y llenan la casa de pequeños desastres.
Necesito que los conozcas,
necesito verte en modo ternura otra vez.

Tengo libros nuevos,
y subrayé un par de frases que me rompieron:
necesito que las leas en voz alta,
que me mires como antes,
como si esas palabras también hablaran de nosotros.

Me mudé.
Ahora vivo en una casa más pequeña,
pero el eco es igual de grande.
Nada encaja del todo.
Necesito que vengas a desordenarla conmigo.

He subido de peso.
No es tristeza, es ansiedad con forma de antojos,
vacío que se llena mal y nunca del todo.
Necesito que me digas que aún así,
sigo siendo bonito en tus ojos.

Hice una receta sin instrucciones,
como nuestras conversaciones.
Necesito que la pruebes
y que me digas si tiene sentido.

Hay canciones que no puedo terminar,
camisas que no he vuelto a usar,
mañanas que no empiezan bien sin tu caos.
Necesito contarte cómo estoy,
aunque sea con silencios.
Necesito que me preguntes si dormí bien.
Necesito tu sarcasmo,
tu risa breve,
tu mirada cuando callabas.

Te necesito de vuelta.
Pero no como antes, ni como al principio:
te necesito con todo lo nuevo,
con lo que soy ahora,
con lo que duele cuando no estás,
con lo que aún queda en pie
cuando ya no queda casi nada.

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La vie en noir

Nací con la piel oscura
en un país donde el sol brilla para todos,
pero el respeto no.

Mi infancia fue un grito con sabor a mango verde,
con los pies sucios de tierra
y las manos vacías de futuro.
Mi mamá decía que rezara,
pero yo solo quería correr sin que me dispararan la espalda.

Mamá crió tres universos sola,
con los bolsillos vacíos
y el cuerpo molido de tanto batallar.
Nos sostuvo como pudo,
con amor que a veces parecía enojo
y ternura que se escondía tras el cansancio.

Nunca fui uno más.
Mientras otros aprendían a esconder miedo tras rabia,
yo leía.
Leía todo.
Libros rotos, hojas sueltas, palabras que me llevaban lejos.
Estudiaba como quien cava un túnel hacia la superficie,
como quien sabe que afuera hay aire
aunque aún no lo haya respirado.

Y mientras el barrio gritaba,
yo me ponía los audífonos y bajaba el volumen del mundo.
Descubrí que en las canciones también se escondía la ternura.
Que el cine podía mostrarme otras vidas,
otras formas de mirar.
Fui creciendo con un soundtrack privado
y una sala de cine en mi cabeza.
Un melómano en pleno ruido.
Un cinéfilo donde no había butacas.

El barrio era un eco constante de lo que no quería ser,
una sinfonía de decisiones urgentes,
y yo,
un niño callado que soñaba con ser libre
en medio del ruido.

Perdí a muchos,
pero a Adrubita lo perdí en cámara lenta.
Fue tomando una curva que yo no vi venir.
Se desvió por calles donde el destino se escribe en plomo
y aunque alguna vez jugamos con las mismas palabras,
él eligió los silencios.
Su ausencia pesa,
no por lo que fue,
sino por lo que pudo haber sido.

Nunca supe en qué momento nos separamos.
Solo sé que hay risas que el tiempo no me devuelve,
y preguntas que no me atrevo a hacer.

Crecí sin tregua.
Sin atajos.
Entré al sistema por la puerta trasera,
sin corbata ni títulos brillantes,
pero con la determinación de quien ya conoce el fondo.

Fui engranaje.
Peón.
Mano de obra con alma pensante.
Y aun así, logré salir a flote.
Hoy puedo darme pequeños lujos,
como cerrar la nevera sin contar las monedas,
o dormir sin hacer cálculos mentales.

Una vez sonó Piaf en una radio vieja.
Pregunté qué decía,
y alguien me respondió:
—Habla de ver la vida color de rosa.
Yo solo me reí.
Pensé que hay canciones que no están hechas para todos.

Mientras algunos tararean melodías de ensueño,
yo aprendí a hablar bajito,
a no pedir demasiado,
a no brillar mucho,
no sea que me apagaran también.

Pero a veces, cuando nadie me ve,
me miro en el espejo
y reconozco al niño que soñaba con ser feliz
sin saber que estaba soñando en negro.

Hoy camino con paso firme
aunque el alma aún tropiece.
No cargo flores,
cargo nombres.
No hago promesas,
hago memoria.

Esta es mi vida,
mi vie en noir.
No por falta de luz,
sino porque aprendí a verla
desde el otro lado del día.

Porque a pesar de todo,
aún respiro.
Aún escribo.
Y eso, para mí,
es seguir en pie sin hacer bulla.

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LaMusaEra

Hay días en los que ocupo espacio,
pero no me siento presente.
Las conversaciones pasan a mi lado
como viento que no me toca.
Todo está en orden:
el café humea,
la silla me sostiene,
la música suena suave.
Y yo, como una sombra
pegada a la vida de alguien más.
Me río por reflejo,
respondo sin estar,
camino sin saber si avanzo.
Es tan absurdo
tenerlo todo
y no tenerme a mí,
vivir rodeado de calor
y seguir temblando de frío.
A veces pienso que me extravié a mí mismo,
que el cuerpo siguió
y yo me quedé en alguna parte,
con esta inmensa sensación de soledad.

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LaMusaEra

Van pasando agostos como si nada.
Sigo aferrándome a la melancolía,
a recordar tristemente momentos felices,
o recordar felizmente momentos amargos.

Leyendo y releyendo que somos decisiones,
pensando y repensando que somos momentos,
escuchando y reescuchando que somos instantes,
teniendo la certeza de que somos polvo cósmico.

También me aferro a la teoría del multiverso,
donde cada decisión nos ramifica en varias realidades.
Me imagino y reimagino cada universo
de cada decisión tomada contraria a la de esta realidad.

Hay un universo en el que sí lo logré,
o quizás logré menos,
quizás no lo intenté,
o tal vez ni existo.

En algún mundo paralelo,
van pasando agostos como si todo.

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LaMusaEra

En resumen

Al final, todo se resume
en cuánto amor podemos soportar sin explotar.

Cuánta locura y ternura,
cuánta pasión y calma,
cuánto tiempo y distancia,
cuántos motivos y razones
podemos guardar en el pecho
antes de que el miedo se disuelva
o explotemos en mil pedazos.

Al final, todo se resume
en cuánto amor podemos perdonar,
cultivar y cosechar,
en cuánto estamos dispuestos a recibir
incluso cuando, por dentro,
ya no sentimos nada.

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Alguien como tú

He estado perdido.
He estado confundido.
En una lucha interminable conmigo mismo.
Hambriento de paz, sediento de amor.

¿Sabes qué me haría bien?
Alguien como tú.
Y la forma en que me hablas,
Las cosas que me dices.

Cuando el día acaba, estoy solo.
Cuando la noche comienza, sigo solo.
Y aunque tengo tanto como quiero,
Me hace falta fluir,
Me hace falta algo de vida.

¿Sabes qué me haría bien?
Alguien como tú.
Y la manera en que sonríes,
La manera en que vives.

Sigo siendo el mismo terco.
Pero me faltas, y me falta seguridad.
Quiero tener tanto de ti,
Que termino por inventarte.

Lo único que me haría bien
Sería alguien como tú.
Y la forma en que me armas,
Y también cómo me desarmas.

Ya no sé de cuántas maneras,
Pero de todas te extraño.
Tan inalcanzable,
Tan perfectamente imperfecta.
Con tu deliciosa mezcla de locuras.

Lo único que me haría bien
Es alguien como tú,
Y la manera en que avanzas,
La manera en que sientes.

El mundo se mueve tan violento,
Y el tiempo pasa tan rápido…
Duele saber que fuimos,
Que ya no somos,
Que no seremos.

¿Sabes qué me haría bien?
Alguien como tú.
Y la forma en que me miras,
Y cómo me admiras.

Quiero ser suficiente
Para tenerte por siempre.
Que me mires y sonrías,
Me rodees con tus brazos,
Que me beses y me digas
Que lo único que te haría bien…
Sería alguien como yo.

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ESTAR CONTIGO

Estar contigo se siente como un cálido rayo de sol en la mañana después de una noche de tormenta. Como escuchar por primera vez mi canción favorita. Como el aroma de un moca recién hecho en una tarde lluviosa. Como una brisa fresca a la orilla del mar cristalino y sereno. Como acariciar las suaves y delicadas páginas de un libro nuevo. Como un fuerte abrazo. Como un dulce beso.

J. Clark

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El segundo amor

Dicen que el segundo amor no se olvida,
que llega cuando el alma ya no juega,
cuando uno ya ha probado la promesa rota
y sabe cómo duelen las verdades dulces.

Tú llegaste así, sin aviso ni ceremonia,
con las manos llenas de silencios
y los ojos como si supieras algo de mí
que yo mismo aún no entendía.

Me enseñaste que amar no siempre es seguro,
que el cariño también puede doler bonito,
que a veces uno besa no por hambre,
sino por nostalgia del sabor de otro beso.

Nos queríamos con miedo,
como quien acaricia una herida que aún sangra
pero igual le pone una flor encima.

Y yo, que venía de prometer eternidades,
contigo solo quería prometer
quedarme cinco minutos más.
Reírnos de cualquier vaina.
Mezclar nuestras comidas.
Ver películas a la mitad
y discutir si la culpa fue del final… o del principio.

Contigo aprendí a no idealizar,
a no correr cuando se pone gris,
a entender que el amor no es una casa lista,
sino ladrillos, y polvo, y ganas.

No fuiste mi primer amor,
y tampoco el último.
Fuiste ese error que no me pesa,
esa herida que me enseñó a mirar adentro,
la tormenta que me dejó más claro el cielo.

No te quedaste,
pero me enseñaste a quedarme yo.

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A mil latidos por minuto

No sé si me completas
o me fraccionas a diario.
Tengo tanto que decirte y tanto miedo,
que no sé si soy un hombre o un niño.
Te tengo al frente y te miento.
Capaz te digo que estoy bien,
pero la verdad es que no.
La verdad es que te adoro,
y no sé qué tan malo es eso.

¿Sabes qué es darlo todo?
Es cuando ya no tienes nada que dar.
Cuando entregas tu alma,
tu cuerpo, tu religión y tus ojos.
(A veces, darlo todo no es suficiente).

Eres una violenta tormenta
justo antes de que llegue la calma.
Tengo tanto miedo de estar a tu lado.
Tengo tanto miedo de estar lejos de ti,
que siento que mi corazón va
a mil latidos por minuto.

Siento como las estrellas me ven incrédulas,
pero puedo jurar que llevas la Osa Mayor
debajo del hombro,
y a la Menor, debajo de la espalda.
Yo no sé qué causo en ti.
Pero cuando beso la parte interna de tus muslos,
siento que tu corazón va a mil latidos por minuto.
Y si me dices que pare,
es como si me dijeras avanza.
Y te vuelves violentamente sexy.

¿Cuándo es suficiente que alguien entregue todo?
Nunca.
Por eso no sé si me fraccionas
o me completas a diario.

No tengo miedo de perderte y que te vayas lejos.
Tengo miedo de perderte y que te quedes.
Hablas de mí como algo bonito,
como algo grande, algo único.
Y estoy casi seguro de que no lo soy.
Besas mi boca, mi cuello, mi frente,
y siento que mi corazón late
a mil latidos por minuto.

Si te cargo y te beso,
te vuelves completamente loca,
y ríes violentamente.
Estamos enamorados.
Estamos locos.
Y estamos sueltos.
A veces te digo te quiero
y ni siquiera te toco.
Y aun así siento que tu corazón va
a mil latidos por minuto.

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Eclipse con polvorosas

Acababa de terminar de llover,
y el ambiente estaba como raro:
un silencio gris
y un frío casi caluroso.
Yo recuerdo que caminaba
con la mente llena de ruido blanco,
también de música alternativa,
y de Coelho y Gabo Márquez.

Y nos encontramos en el centro,
y me dijiste:
—¿Viste el eclipse?
Y yo, apenado,
dije que no.
(No sé por qué, pero sentí que me lo perdí todo).

Tomamos Coca-Cola
y comimos polvorosas.
Hablamos de ir a ver Herbie al cine,
del liceo y las materias,
informática,
y castellano, que a mí sí me gustaba.

Caminamos en círculos como por tres horas,
que para mí fueron como tres pestañeos.
Ya era tarde, muy tarde,
y me preguntaste por el futuro.
Yo te dije:
—Como sea, pero contigo.
Y tú soltaste una risa:
—¡Si eres loco!

Vimos unos gatos,
también unos artesanos,
y una señora que vendía té en un termo
que se parecía a tu abuela.
Me mostraste una revista
con una boda real,
y dijiste que te encantaban esas cosas.

Nos despedimos,
y me dio una sed terrible.

Quería más Coca-Cola,
más polvorosas,
más eclipses.
Quería ver más gatos y más artesanos.

Recuerdo que ese día me enamoré de ti,
aunque juraba que no.
Todavía pensaba que amar
era solo sentirse a salvo.

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En ocasiones (diariamente)

En ocasiones (diariamente)
no me encuentro.
Me busco en el café,
en el periódico,
en internet…

No me hallo.

No sé si fui quien debía ser.
No sé si soy quien tengo que ser.
No sé si seré quien debo ser.

Lo que sí encuentro
es mi asco por lo cursi.
Y por eso,
vivo asqueado…
porque tengo unas ganas absurdas
de gritar ”¡VUELVE!”
o ”¡TE AMO!”

En ocasiones
(todos los días desde que no estás)
no me encuentro.
O me veo desde muy lejos,
minúsculo,
escuálido,
mínimo…
Como un niño huérfano.
Y no entiendo.

No sé si eras parte de mí.
No sé si eres parte de mí.
No sé si serás parte de mí.

De lo que sí estoy seguro
es que no soy yo sin ti.
Como si para estar completo
necesitara partirme en dos:
en ti y en mí.

En ocasiones
(a cada instante de mi nueva
y absurda vida de soltero)
no me encuentro.
Y ya dejé de buscarme.

¿De qué vale seguir buscándome
si sé que estoy en el pasado?

Estoy muy en el pasado,
contigo.
Estoy muy en el pasado,
conmigo.
Estoy muy en el pasado,
con nosotros.

Estoy tan en el pasado
que en el presente
no existo.

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“Luz de vela”

Mantenernos es sostener una vela encendida
con los dedos sangrados,
entumecidos de frío,
en la punta de un barco que se deshace un poco cada día.

El amor no es luna ni poema barato.
El amor somos tú y yo
contra el viento que aúlla como lobo hambriento,
contra las velas rotas, la madera astillada,
y yo protegiendo con mis manos esta llama terca
que quiere morir y no puede.

A veces siento ganas de dejarla apagar,
de soltar esta vela,
de rendirme ante el incendio que quema más de lo que calienta.
Pero no lo hago.
Porque tú eres el faro que guía y quema a la vez,
la llama que me recuerda que aún hay puerto
cuando todo parece naufragar.

Cuando quieres rendirte, ahí estoy yo,
levantando un muro con mi cuerpo para que no caigas,
y cuando flaqueo, tú cubres la llama con tus brazos
como si pudieras detener huracanes con tu abrazo.
Así vamos:
tú temblando, yo en silencio,
yo roto, tú agotada,
pero la llama, nuestra maldita llama,
parpadea, se encoge,
y sigue viva.

Hay días en que no hablamos,
solo sostenemos la vela,
cubriéndola del viento con todo lo que no sabemos decir.
Eso también es amor:
guardar silencio para que no se apague.

Y hay otros días en que gritamos,
nos gritamos más fuerte que la tormenta,
y la llama casi se extingue entre reproches,
pero luego, sin palabras,
nos acercamos de nuevo,
volvemos a cubrirla,
volvemos a ser refugio.

Dicen que el amor debería ser fácil.
Yo digo: a la mierda.
Esto no es fácil.
Esto es guerra,
es resistencia,
es remar en un mar que no da tregua
con una vela que amenaza con morir.

A veces siento que somos hojas en el huracán,
rotas, rasgadas, girando sin control,
y aún así seguimos juntos,
sosteniendo lo que otros llamarían imposible.

Cuando duele, cuando amenaza con quebrarse,
cuando tiembla entre nuestros dedos,
y aun así seguimos protegiéndola,
ahí está nuestra verdad.

No sé si llegaremos a puerto.
No sé si el sol saldrá.
Pero si lo hace,
será porque aprendimos a amarnos
mientras todo se desmoronaba,
mientras el mundo decía “ya fue”,
y nosotros decíamos:
“aún no”.

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Corazón de caracol

Quien se ha recostado en tu pecho sabe que no existe sitio en el mundo ni existirá nada que te haga caer en un sueño profundo con solo recostar su cabeza. Estar allí, cerquita de tu corazón, es la cura para cualquier insomnio porque en ese lugarcito se escucha una y otra vez el sonido de olas cantándome que todo estará bien, enredando mis oídos y haciéndome naufragar como marinero en tormenta.

#GilraenEärfalas

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Quiero desnudarme para ti

Quiero mostrarte mi alma.
Quiero que veas mi espíritu.
Quiero que conozcas mis miedos y demonios,
que conozcas mis fortalezas y debilidades.
Quiero que conozcas mis mentiras y mis verdades,
que conozcas el manojo de errores del que estoy hecho.
Quiero estar desnudo frente a ti, sin máscaras, sin disfraces.
Quiero que me conozcas.
Quiero que veas mi rostro.
Quiero que veas mi cuerpo.
Quiero que toques mis heridas.
Quiero que me mires a los ojos y los llenes.
Quiero que me beses en la boca y me calles.
Quiero que me beses el alma y la sientas tuya.
Quiero que toques mi mente.
Quiero que alumbres mis sombras.
Quiero que conozcas mi sonrisa auténtica.
Quiero que me veas llorar.
Quiero desnudarte para mí.

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𝐶á𝑙𝑖𝑑𝑜 𝑦 𝑄𝑢𝑖𝑒𝑡𝑜

𝐸𝑟𝑒𝑠 𝑒𝑠𝑒 𝑙𝑢𝑔𝑎𝑟 𝑐á𝑙𝑖𝑑𝑜 𝑦 𝑞𝑢𝑖𝑒𝑡𝑜,
𝑑𝑜𝑛𝑑𝑒 𝑚𝑢𝑒𝑟𝑒𝑛 𝑚𝑖𝑠 𝑝𝑒𝑛𝑎𝑠 𝑦 𝑚𝑖𝑠 𝑑𝑜𝑙𝑜𝑟𝑒𝑠.
𝐷𝑜𝑛𝑑𝑒 𝑠𝑒 𝑓𝑟𝑎𝑐𝑡𝑢𝑟𝑎𝑛 𝑚𝑖𝑠 𝑚𝑎𝑙𝑒𝑠,
𝑑𝑜𝑛𝑑𝑒 𝑎𝑔𝑜𝑛𝑖𝑧𝑎𝑛, 𝑚𝑢𝑒𝑟𝑒𝑛 𝑦 𝑟𝑒𝑛𝑎𝑐𝑒𝑛 𝑟𝑎𝑧𝑜𝑛𝑒𝑠.

𝐸𝑟𝑒𝑠 𝑒𝑙 𝑟𝑒𝑓𝑢𝑔𝑖𝑜 𝑐á𝑙𝑖𝑑𝑜,
𝑑𝑜𝑛𝑑𝑒 𝑚𝑒 𝑎𝑐𝑢𝑛𝑎𝑠 𝑐𝑜𝑚𝑜 𝑎 𝑢𝑛 𝑛𝑖ñ𝑜,
𝑑𝑜𝑛𝑑𝑒 𝑚𝑒 𝑑𝑒𝑠𝑎ℎ𝑜𝑔𝑜 𝑦 𝑓𝑙𝑢𝑦𝑜 𝑐𝑜𝑚𝑜 𝑒𝑙 𝑟í𝑜,
𝑑𝑜𝑛𝑑𝑒 𝑚𝑖𝑠 𝑝𝑒𝑛𝑠𝑎𝑚𝑖𝑒𝑛𝑡𝑜𝑠 𝑡𝑜𝑚𝑎𝑛 𝑓𝑜𝑟𝑚𝑎.

𝐸𝑟𝑒𝑠 𝑒𝑙 𝑟𝑒𝑚𝑎𝑛𝑠𝑜 𝑞𝑢𝑖𝑒𝑡𝑜,
𝑑𝑜𝑛𝑑𝑒 𝑛𝑎𝑑𝑎 𝑚𝑒 𝑝𝑒𝑟𝑡𝑢𝑟𝑏𝑎 𝑛𝑖 𝑎𝑡𝑢𝑟𝑑𝑒,
𝑑𝑜𝑛𝑑𝑒 𝑛𝑎𝑑𝑖𝑒 𝑛𝑜𝑠 𝑎𝑙𝑐𝑎𝑛𝑧𝑎,
𝑑𝑜𝑛𝑑𝑒 𝑠𝑜𝑚𝑜𝑠 𝑖𝑛𝑣𝑖𝑠𝑖𝑏𝑙𝑒𝑠, 𝑖𝑛𝑡𝑜𝑐𝑎𝑏𝑙𝑒𝑠, 𝑖𝑛𝑣𝑒𝑛𝑐𝑖𝑏𝑙𝑒𝑠.

𝐸𝑟𝑒𝑠 𝑒𝑙 𝑙𝑢𝑔𝑎𝑟 𝑑𝑜𝑛𝑑𝑒 𝑟í𝑜,
𝑑𝑜𝑛𝑑𝑒 𝑐𝑎𝑛𝑡𝑜, 𝑏𝑎𝑖𝑙𝑜, 𝑙𝑙𝑜𝑟𝑜,
𝑑𝑜𝑛𝑑𝑒 𝑛𝑜 ℎ𝑎𝑦 𝑗𝑢𝑖𝑐𝑖𝑜𝑠,
𝑑𝑜𝑛𝑑𝑒 𝑒𝑙 𝑑𝑜𝑙𝑜𝑟 𝑛𝑜 𝑒𝑥𝑖𝑠𝑡𝑒,
𝑑𝑜𝑛𝑑𝑒 𝑚𝑒 𝑒𝑛𝑎𝑚𝑜𝑟𝑜.

𝐸𝑟𝑒𝑠 𝑏𝑒𝑛𝑑𝑖𝑐𝑖ó𝑛, 𝑒𝑟𝑒𝑠 𝑝𝑎𝑧,
𝑑𝑜𝑛𝑑𝑒 𝑙𝑎 𝑚ú𝑠𝑖𝑐𝑎 𝑠𝑒 𝑝𝑢𝑒𝑑𝑒 𝑣𝑒𝑟 𝑦 𝑡𝑜𝑐𝑎𝑟,
𝑑𝑜𝑛𝑑𝑒 𝑙𝑜𝑠 𝑐𝑜𝑙𝑜𝑟𝑒𝑠 𝑠𝑒 𝑝𝑟𝑢𝑒𝑏𝑎𝑛 𝑦 𝑠𝑒 𝑠𝑎𝑏𝑜𝑟𝑒𝑎𝑛,
𝑑𝑜𝑛𝑑𝑒 𝑙𝑜𝑠 𝑙𝑖𝑏𝑟𝑜𝑠 𝑒𝑛 𝑠𝑢𝑠𝑢𝑟𝑟𝑜𝑠 𝑠𝑒 𝑑𝑒𝑗𝑎𝑛 𝑒𝑠𝑐𝑢𝑐ℎ𝑎𝑟.

𝐸𝑟𝑒𝑠 𝑒𝑙 𝑙𝑢𝑔𝑎𝑟 𝑐á𝑙𝑖𝑑𝑜 𝑦 𝑞𝑢𝑖𝑒𝑡𝑜,
𝑑𝑜𝑛𝑑𝑒 𝑒𝑙 𝑎𝑚𝑜𝑟 𝑒𝑠 𝑙𝑎 ú𝑛𝑖𝑐𝑎 𝑟𝑒𝑙𝑖𝑔𝑖ó𝑛,
𝑑𝑜𝑛𝑑𝑒 𝑠𝑜𝑚𝑜𝑠 𝑠𝑎𝑛𝑎𝑑𝑜𝑠 𝑦 𝑏𝑎𝑢𝑡𝑖𝑧𝑎𝑑𝑜𝑠,
𝑑𝑜𝑛𝑑𝑒 𝑡𝑒𝑛𝑒𝑟 𝑓𝑒 𝑒𝑛 𝑡𝑖 𝑛𝑜 𝑒𝑠 𝑜𝑝𝑐𝑖ó𝑛, 𝑒𝑠 𝑑𝑒𝑐𝑖𝑠𝑖ó𝑛.

𝐸𝑟𝑒𝑠 𝑢𝑛 𝑙𝑢𝑔𝑎𝑟 𝑠𝑎𝑔𝑟𝑎𝑑𝑜,
𝑑𝑜𝑛𝑑𝑒 𝑙𝑎𝑠 𝑚𝑢𝑠𝑎𝑠 𝑑𝑒𝑗𝑎𝑛 𝑑𝑒 𝑠𝑒𝑟 𝑒𝑙𝑙𝑎𝑠
𝑝𝑎𝑟𝑎 𝑣𝑜𝑙𝑣𝑒𝑟𝑠𝑒 𝑢𝑛𝑎 𝑠𝑜𝑙𝑎
𝑞𝑢𝑒 𝑙𝑙𝑒𝑣𝑎 𝑡𝑢 𝑛𝑜𝑚𝑏𝑟𝑒.

𝐷𝑜𝑛𝑑𝑒 𝑛𝑜 𝑡𝑒𝑚𝑜.
𝐷𝑜𝑛𝑑𝑒 𝑟𝑒𝑠𝑝𝑖𝑟𝑜.
𝐷𝑜𝑛𝑑𝑒 𝑠𝑜𝑦 𝑙𝑖𝑏𝑟𝑒.
𝐷𝑜𝑛𝑑𝑒 𝑒𝑠𝑡𝑜𝑦 𝑣𝑖𝑣𝑜.

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¿Por qué no lloras?

No lloro porque aprendí a tragarme el nudo,
como quien se traga el orgullo en la mesa,
con una sonrisa incómoda y un “todo bien” que nadie pidió.
Porque hay días en los que llorar parece tan inútil
como discutir con un algoritmo.
Y yo estoy cansado de perder.

No lloro porque a los hombres nos enseñaron a callar las lágrimas,
pero a gritar la rabia.
Y yo, que solo quería llorar en paz,
terminé escribiendo mensajes que borro,
memes que disfrazan todo,
y audios que dicen menos de lo que siento.
No hay espacio seguro, ni siquiera en uno mismo.

No lloro porque si empiezo no sé si termino.
Porque me conozco, y sé que no sería un llanto bonito,
sino de esos que te dejan mudo dos días.
De los que te arrugan por dentro.
Prefiero no tentar esa grieta.
Prefiero no abrir la compuerta que sellé con años.
Lloro por dentro, sí, pero como un río subterráneo:
hace daño, pero no hace ruido.

No lloro porque la rutina exige compostura.
Porque los correos no esperan,
los plazos vencen,
y los perros no entienden de duelos.
Porque hay que tender la cama aunque no se haya dormido,
y contestar el “¿cómo estás?”
con la mentira más eficiente del idioma:
“ahí vamos”.

No lloro porque todo lo que siento
se me escapa por otros lados.
Lo vuelvo chiste, lo vuelvo texto,
lo vuelvo poema que parece fuerte pero tiembla.
Aprendí a escupir la tristeza en versos,
y eso, a veces, alivia.
No sana, pero alivia.
Como un respiro corto entre dos tormentas.

No lloro porque la tristeza me sienta a la mesa
y me pregunta por viejos amores,
por los errores que ya no puedo corregir,
por las promesas que di por vencidas.
Y yo me siento a escucharlas como si fueran parte del menú.
No es resignación.
Es adaptación.

Y no lloro…
porque si lloro, admito que aún duele.
Y si admito que aún duele,
¿qué hago con todo esto?
¿Quién recoge los pedazos?
¿Quién me abraza si me derrumbo?
Así que no, no lloro.
Pero no porque no quiera.
Sino porque no puedo.

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Tristeza sincronizada

El mate se enfría,
el café también.
Tus mañanas llegan tarde a las mías,
pero el cansancio es gemelo.

Hablamos igual,
aunque nuestras palabras tarden.
Decís “amor” como si lo tuviera cerca,
respondo “amor” como si te alcanzara.

Tus mensajes son abrigo,
los míos, paraguas.
Llueve distinto en cada ventana,
pero siempre llueve.

Lloramos en voz baja
para no preocupar al otro.
Una tristeza sincronizada
nos mantiene atados por dentro.

Tu abrazo es un emoji,
mi beso, un audio.
Nos despedimos cada noche
como si mañana no bastara.

Y seguimos,
porque hay algo más fuerte
que la distancia.

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Algo extraordinario en el amor

Algo extraordinario en el mundo
Algo que no se puede medir ni tocar,
pero se siente cuando alguien te nombra bajito.
Está en el roce sin querer de dos manos en la calle,
en una canción vieja que suena justo cuando la pensabas.
El mundo se vuelve menos mundo,
más abrazo, más refugio,
cuando alguien te mira como si fueras hogar.

Algo extraordinario en la vida
Es ese momento en que todo parece fluir,
aunque no entiendas cómo.
Un mensaje a la hora precisa,
una risa que rompe el cansancio,
una caminata en silencio que dice más que mil palabras.
La vida se detiene un segundo,
y tú sabes que algo dentro se encendió.

Algo extraordinario en el sexo
Cuando no es solo cuerpo,
sino temblor, verdad, entrega.
Una coreografía sin ensayo,
hecha de suspiros y miradas que lo dicen todo.
Las pieles no se rozan: se hablan.
Y el deseo deja de ser impulso,
para convertirse en ternura ardiente.

Algo extraordinario en el tiempo
No en los relojes, sino en los instantes.
En el segundo exacto en que alguien te piensa,
aunque esté lejos.
En las pausas que se sienten eternas,
y en los encuentros que parecen durar un suspiro.
El tiempo se dobla para quien ama,
y se guarda en cajitas pequeñas de memoria.

Algo extraordinario en la mirada
Cuando sostiene, acaricia, consuela.
Una mirada puede ser promesa o despedida.
Puede darte paz sin decir palabra,
o hacerte temblar el alma.
Hay ojos que te dicen “te entiendo”,
antes de que pronuncies nada.
Y eso también es amor, aunque no se llame así.

Algo extraordinario en el silencio
No ese que duele, sino el que acompaña.
Ese que dice “estoy aquí” sin necesidad de más.
Cuando callar no es distancia, sino complicidad.
El silencio que sigue a un abrazo,
el que flota después de hacer el amor,
el que compartes viendo caer la lluvia.
Allí también vive el amor, tranquilo, intacto.

Algo extraordinario en el amor
Es cómo me haces sentir en paz, sin hacer ruido.
Contigo, lo simple se vuelve eterno.
No necesito entenderlo todo,
solo que estés, que sigas mirándome así.
El amor, contigo, no necesita palabras grandes,
porque en tus silencios encuentro hogar.
Y cada vez que te vas, algo en mí te espera.

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Hola, no te soporto.

¿Y si un día me da por amarte?
De encontrar la manera de reducir los espacios,
y ponerme al día con las cosas del corazón…
¿En cuánto tiempo enloqueceríamos?

Algún día te llamaré y te diré: “te amo”,
y aunque sepa la respuesta de tu parte,
colgaré antes de que digas algo.

Quizás no te diga “te amo”,
pero puede que un día te envíe un delivery,
de tu helado favorito, o tu comida preferida,
con una nota que diga:
Hola, no te soporto…
(Que es lo mismo que diez te amos).

Si un día me da por amarte,
te enviaré flores sin razón,
o un montón de audios
contándote una película malísima,
solo para tener tu atención
y escucharte decir:
“Tú y tus películas lunáticas, vives en la luna.”
Y es verdad, completamente.
Nos reiremos de eso,
y me dirás:
“Bueno, ¿pero qué pasa después? Cuéntame más.”

Si algún día me da por amarte,
dejaré mi residencia en la luna
y quizás me mude a Marte,
para tener excusas los domingos
de pensarte hasta el lunes,
y escribirte los martes,
preguntándote:
“¿No ves que estoy tan lejos?
Envíame comida, audios, podcasts o chocolates.”

En realidad, ya me dio por amarte.
Por eso te escribo a veces
cosas de amor sin sentido,
confusas y disparatadas,
para armarte y desarmarte,
confundirte y alocarte.
Por eso te llamo a veces de la nada
y cuelgo rápido,
porque ya sé todas tus posibles respuestas…

Algún día quisiera amarte,
como por ejemplo,
hoy.

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