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Gracias a todos los que han seguido esta y el resto de historias de este canal. Pero esta es la última de las historias de EnROLate.

Han sido 8 años de maravillosa creatividad y decisiones muy locas. De surfear elecciones tan raras que han acabado formando narrativas tan curiosas como entrañables.

Pero ya es hora de ponerle un punto y final. Eso no significa que deje de escribir, pero no va a ser en este formato y necesito un tiempo para descansar. Tampoco va a desaparecer la comunidad de EnROLate, y todos aquellos que formáis parte tendréis siempre un espacio donde charlar.

Simplemente, gracias por haber compartido conmigo este camino narrativo. Espero que, si en un futuro público algo, lo leáis con tantas ganas como yo escribo mis historias.

Gracias por vuestro tiempo,
Tomás, el trasgo escritor.

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Tomar decisiones es una parte crucial de la vida. A veces, las cosas salen como quieres. Otras veces, no. Pero es importante elegir. Porque si eliges, no dejas que los otros elijan por ti. Quedarse quieto y esperar a un ángel salvador casi nunca funciona. Y, por mucho que quieras gritar pidiendo ayuda, hay momentos en los que nadie te va a escuchar.

Baudilio se sentía derrotado, pero no se sentía solo. A pesar de que nadie pudiera auxiliarlo en su momento más difícil, sabía que contaba con el apoyo de todos sus amigos de la colonia. Porque, a pesar de todo, siempre se han tenido unos a otros para levantarse.
Su última decisión. La decisión más difícil. Porque la esperanza es lo último que se pierde. Pero aquellos que, sin perderla, deciden sacrificarse por los demás, se les puede llamar héroes. Y Baudilio quería ser recordado como uno de ellos.

La Gran Madre estaba frente a él. Estiró un brazo, agarrándolo y elevando los restos de Baudilio, que era incapaz de enfrentarse a ella. A pesar de todo, su mirada se clavaba en la de ella con una determinación que su adversaria no comprendía. Ya había tomado la decisión.

Calor, mucho calor. Sintió como en su interior se encendía una chispa mientras se apagaba la otra, la de la vida. En un instante, el poder de las llamas expulsó vapores por cada uno de los poros del cuerpo de Baudilio. La sangre que goteaba de sus extremidades amputadas se convirtió en magma. Y mientras notaba que su rostro se derretía, soltó una última sonrisa.

—Esto es por G4-110-F4.

La explosión sacudió a todo el planeta entero. El calor y las llamas devoraron miles de millones de kilómetros de superficie planetaria. Arrasó con plantas, animales y fundió las piedras. La atmósfera se llenó de nubes de fuego y ceniza. Tras la oleada de fuego, quedaba silencio y muerte.

En el epicentro de la explosión, todas y cada una de las células de la Gran Madre quedaron vaporizadas al instante. Sin posibilidad de regenerarse ni de teletransportarse a un sitio seguro, la hacedora de la humanidad fue destruida hasta la última de sus moléculas.

Fue quizás una sensación, o más bien una percepción, pero Baudilio fue capaz de emitir un mensaje psíquico a la humanidad. Les hizo entender qué había pasado y, esperaba que, con su sacrificio, ellos pudieran vivir en paz. Y, sobre todo, entender que ahora el propósito vital lo marcaban los hombres y las mujeres que aún seguían en pie. Al final, el propósito de Baudilio siempre fue defender a los suyos.

Apenas unos momentos después, el planeta artificial comenzó con su autorreparación. Las miles de placas tectónicas empezaron a hundirse y ser sustituidas por otras. Cambiaron la desolación y las cenizas por bosques y prados verdes. Tardaría en arreglar toda la destrucción provocada por la explosión de Baudilio, pero la vida siempre prevalecerá.

El anillo que producía el escudo orbital, a pesar de estar desactivado, comenzó a replegarse hacia el interior del planeta. Las grandes compuertas y paneles tectónicos se abrieron para recoger las piezas. El cielo seguía estrellado por los millones de restos del planeta Tierra, desintegrándose lentamente al ingresar en la atmósfera.

Eran pocos, muy pocos. No hay más de un millón de almas humanas en todo el planeta artificial. Alzaban la mirada para ver su antiguo hogar. Era hora de reunificar las colonias y darle una segunda oportunidad a la humanidad. Gracias a la tecnología planetaria, junto a los conocimientos de Sofronio, disponían de todos los recursos para prosperar con paz y armonía.

Longinos no perdió tiempo. Tras el final de la Gran Madre, comenzó a organizar a su colonia para establecer vínculos de amistad y cooperación con las otras. Sí, a miles de kilómetros de distancia, pero ya han demostrado que nada es imposible.

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El intercambio de golpes fue brutal. Baudilio se lanzó contra la Gran Madre, emitiendo pulsos gravitacionales una y otra vez para intentar detenerla. Ella no se quedó de brazos cruzados, respondiéndo con más pulsos para contrarrestar la ofensiva del humano.

Baudilio, a más sentía a los humanos de la Tierra, más iracundo estaba. Empujado por una impulsividad que no reconocía, uno de los empujones gravíticos arrasó con la mitad de la colonia abandonada. Las casas volaron en mil pedazos.

Comenzó a compaginar los ataques a distancia con los ataques cuerpo a cuerpo. Pensó que, si se podía acercar, le propinaría un golpe incapacitante. Sus puños se estrellaron contra el suelo, provocando cráteres gracias a la fuerza sobrehumana. Baudilio encadenó varios golpes con micro teletransportes, de apenas unos metros, para recortar rápido las distancias.

Esta capacidad de usar los poderes pilló con la guardia baja a la Gran Madre. Aunque no fue un impacto del todo limpio, pudo golpearla en un costado y enviarla una decena de metros hacia atrás. Donde el golpe, hueso y carne quedaron hechos picadillo. Baudilio no se detuvo en su ofensiva, tratando de encadenar más golpes como ese. Pero la Gran Madre era ágil. Viendo la capacidad destructiva del portador de sus poderes, tomó una estrategia más defensiva.

De los empujones gravitacionales pasó a los puñetazos, para luego pasar a las bolas de fuego. Sentía ese poder en su interior y lo dejó salir. Desde sus manos comenzó a lanzar torrentes de fuego. Descontrolados, pero totalmente destructivos. Arrasó lo poco que quedaba de la colonia y alejó a la Gran Madre del área de peligro, quedándose a una distancia prudencial.

Sentía la ansiedad, el estrés y el dolor de los humanos. Ya no solo era algo que percibía superficialmente, sino que pequeñas imágenes se le aparecían en la mente: la gravedad del planeta Edén estaba afectando a la Tierra, produciendo anomalías gravitacionales. No tenía tiempo, debía acabar con ella. Pero no era capaz si se contenía.

Eso era: contención. Había algo dentro que lo estaba reteniendo de forma involuntaria. No sabía describirlo. Era como una especie de vacío. De hambre. Y a medida que usaba los poderes de la Gran Madre, más consciente era de ello. Quizás era arriesgado, pero podría usar ese hambre para vencerla.

—¿Lo sientes, verdad? —le habló su adversaria— Tu cuerpo no está preparado para un poder que no te pertenece, que has robado. Te consumirá a medida que lo utilices. Y, al fin, será mío de nuevo. Sólo tengo que ser paciente.

Baudilio dudaba de la veracidad de sus palabras. Pero no podía ignorar la verdad. Algo se estaba descontrolando por dentro y no sabía el qué. Prácticamente había sido despertarse con unas nuevas capacidades que no había podido probar para luego enzarzarse en la batalla de su vida.

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Percibir las emociones de otros seres humanos, aunque estuvieran a mucha distancia, se le hacía terriblemente extraño. Como un sentido visceral e inconsciente que no podía apagar. Aunque en este caso, sentir el terror de los colonos tras cada sacudida de la tierra le alertó.

Un combate con empujones gravitacionales de esta y más magnitud podría desestabilizar por completo la placa tectónica artificial. Con ello, producir daños estructurales en el refugio de montaña y acabar con sus vecinos, amigos y compatriotas. Debía sacar a la Gran Madre de aquí. Atraerla a un campo de batalla donde sepa que no hay nadie para así poder desplegar todo su potencial.

Mientras evitaba ondas gravitacionales y trataba de anularlas con sus propias ondas, Baudilio se puso a rumiar hasta qué lugar podría teletransportar a la Gran Madre. Al poder percibir al resto de seres humanos, le era bastante fácil evitar aquellos núcleos de población en la corteza planetaria.

Pensó en la colonia G4-110-F4, en estos momentos deshabitada y a varios kilómetros de aquí. Aunque si el combate la destruía, era probable que se perdieran muchos recursos valiosos para el asentamiento.

También en teletransportarla a la gran central eléctrica planetaria. Era muy probable que el alto voltaje generado le pudiera ayudar a vencer a la Gran Madre. Aunque, si por alguna casualidad era destruida, el planeta podría dejar de funcionar. No había otro refugio para la humanidad más que este lugar.

Recordó esa colonia completamente desolada por la Gran Madre. Nunca olvidaría esa enorme pila de cadáveres humanos. Ella era la asesina. Y no sentía a nadie vivo a miles de kilómetros a la redonda. Era el lugar indicado.

Baudilio emitió una última potente onda gravitacional que desestabilizó a la Gran Madre. Derribada contra el suelo, aprovechó el momento para acercarse con rapidez hacia ella y agarrarle una extremidad. Pensó fuerte, muy fuerte, y se teletransportó junto a la Gran Madre.

Fue un viaje rápido, menos de un parpadeo. Pasó de la templada temperatura de la costa a las frías nieves y ventiscas de la colonia desolada en la montaña. No tan rápido fue para esquivar el golpe de la Gran Madre, que aprovechó el combate cerrado. Le propinó un garrazo que le atravesó media cara y parte del pecho.

Baudilio se impulsó hacia atrás, para recuperar distancia, mientras apretaba los dientes. Sentía dolor, pero también percibió que sus heridas comenzaban a cerrarse. No eran muy profundas, pero si le hicieron sangran con abundancia.

La Gran Madre saboreó la sangre en la garra. Rechupeteó sus afiladas uñas mientras observaba fijamente a Baudilio. Algo se activó en su interior, como si su cuerpo hubiera recuperado parte de sus poderes. Su vitalidad aumentó y rejuveneció por momentos.

—Más, quiero más —dijo mientras relamía hasta la sangre que goteó en la nieve—. Necesito devorarte entero.

Se abalanzó contra Baudilio con muchísima rapidez. Apenas tuvo tiempo de esquivarlo, impulsándose por los aires y aterrizando en uno de los tejados de la colonia. No podía dejar que le golpeara de nuevo. No podía sangrar otra vez o le otorgaría más fuerza.
—Te lo vuelvo a decir: ríndete. Te quedarás encerrada de nuevo para toda la eternidad, pero seguirás viva. Es tu única oportunidad.

Las palabras de Baudilio sonaron vacías para la Gran Madre. Y es que había descubierto un punto débil de su vástago: su humanidad. Una sonrisa aterradora mostró todos los afilados dientes de su boca.

—Quieres salvar a los tuyos. Para mí sois un apéndice más, pero para ti son más que herramientas que utilizar. Te alejas de tu verdadero propósito, que es servirme. Debo corregir este error. Debo corregir a la humanidad.

La Gran Madre alzó las manos hacia el cielo. Se concentró por unos momentos, mientras Baudilio observaba. Un potente impulso gravitacional sacudió el suelo, pero causó algo que Baudilio nunca había llegado a imaginar: la Tierra comenzó a desplazarse vertiginosamente hacia Edén.

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Notó el calor de los dos soles golpeando su espalda. La brisa del viento acariciando su piel. El olor a carne carbonizada y el aroma a sangre que salía abundantemente del cuerpo de Longinos, frente a él. No, no iba a dejarlo morir.

Sin pensárselo, hundió sus manos en el pecho abierto del capitán, agarrando el corazón y logrando que volviera a latir de nuevo. A medida que retiraba sus extremidades, las heridas se cerraron a una gran velocidad. No entendía cómo, pero había ordenado a las células del cuerpo de Longinos que se curaran. Y que su cerebro comenzara a emitir otra vez impulsos eléctricos. Y que los pulmones dieran una primera bocanada de aire.

Los ojos de Longinos se abrieron de sopetón. Agarró de los brazos a Baudilio, frente a él. Sintió el terror de morir de Longinos, aunque rápidamente se transformó en un sentimiento de esperanza al coincidir las dos miradas.

—No vas a morir si yo soy capaz de impedirlo, Capitán — la voz de Baudilio era calmada y decidida —. Vuelve con tu hijo, yo me encargo del resto.

—¿Baudilio? —lo observó de arriba abajo, aun equipado con la bata de operaciones que apenas podía ocultar un calzoncillo semitransparente. Un ropaje no demasiado digno para un héroe.

Baudilio era más fuerte, más maduro y con una mayor determinación que nunca. Quizás eran los poderes despertados de la Gran Madre o que el proceso simplemente había transformado toda su identidad. En cualquier caso, se alejó de Longinos y se encaró con la Gran Madre.

—Tienes unos poderes que no te pertenecen, vástago — espetó la Gran Madre —. Devuélvemelos.

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Las ráfagas, aunque poco acertadas, caían una tras otra. Ryujin sacudía fuertemente sus alas mientras soltaba los disparos de láser. A pesar de la velocidad de cada tiro, ella era más rápida y podía esquivarlo. Ahora bien, si se centraba en uno de sus contendientes, el otro tendría una gran ventaja.

La paciencia de la Gran Madre se agotaba. Y por ello decidió acabar de una vez por todas con Ryujin. Aprovechando un breve lapso de tiempo entre los disparos del dragón guardián, se concentró en su figura y generó una onda expansiva gravitacional contra él. Desestabilizó el vuelo del gigantesco dragón, evitando que disparara momentáneamente. Alzó sus cuatro extremidades hacia el cielo, hacia Ryujin, e hizo el gesto en el aire de agarrarle las alas y arrancarlas de cuajo.

Un segundo después, un chirrido mecánico fue acompañado por la espantosa imagen de las enormes alas metálicas arrancadas con la facilidad que se le arrancan a una mariposa. Mientras las alas quedaron suspendidas en el aire gracias a los poderes de la Gran Madre, el cuerpo principal de Ryujin cayó vertiginosamente contra la superficie terrestre.

El impacto fue devastador. No sólo provocó una onda expansiva que se notó a kilómetros de distancia, sino que el enorme peso del guardián mecánico causó que una de las placas tectónicas artificiales se hundiera completamente. Quizás no lo habría derrotado, pero lo había dejado fuera de combate y sin la capacidad de volar.

Distraída, un potente disparo láser cercenó una de sus extremidades. A sus espaldas, Bartolo el mono guardián soltó un disparo concentrado y continuo de energía que provocó quemaduras graves en el cuerpo de la Gran Madre. Cortando, incluso, una de sus extremidades superiores izquierdas a la altura del codo.

El olor a carne quemada inundó las fosas nasales de la Gran Madre. Para ella era completamente repulsivo, más siendo su propia carne. Esta fue la gota que colmó el vaso. Era hora de recuperar sus auténticos poderes y acabar con todos y cada una de sus creaciones, y las creaciones de las creaciones, que le habían hecho sufrir tantos milenios.

Clavó su mirada en Bartolo y, con un leve gesto de uno de sus dedos, lo mandó a volar un centenar de metros hasta desaparecer. Si no lo mataba el impacto, acabaría dañado e inutilizado.

Se tomó unos momentos para recuperar su compostura, observando como la carne cercenada de su extremidad se iba recuperando lentamente. La regeneración no era inmediata, pero tardaría unos largos minutos en completarse. Ahora su objetivo era conseguir sus poderes ocultos en el cuerpo del individuo llamado Baudilio.

Cuando se giró para acercarse al portón blindado de la base subterránea de la montaña, no esperó encontrarse a Longinos frente a ella. Diminuto, sangrando y apenas manteniéndose de pie, su mirada era desafiante. En su mano portaba un arma rudimentaria que, según percibió de sus pensamientos, fue la causante de un gran daño para él: casi lo mata.

—Gran Madre, no puedo dejarte pasar. Has causado un gran daño a mis vecinos, amigos y allegados. No puedo dejarte pasar —jadeó entre frases.

—Te honra tu resistencia biológica ante la muerte, Longinos. Podría dejarte vivir. Podrías unirte a mí como un adalid de la nueva era —la voz de la Gran Madre sonaba suave y melodiosa, como rejuvenecida, después del cambio tras la absorción de todos sus otros adalides.

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A pesar de su golpe en la cabeza, no eran imaginaciones del capitán de la colonia. La radio chisporroteó y escuchó a uno de los exploradores decir un nombre: Ryujin. La penumbra fue acompañada por una ventolera, dispersando cualquier humareda que quedase en el campo de batalla.

La Gran Madre entendió el desafío que tenía enfrente. Sin meditarlo dos veces, observó a sus adalides restantes. Algunos regenerando heridas, mientras que otros se les percibía una cara de terror. A pesar de haber perdido la mitad, era hora de que cumpliesen su verdadero cometido.

Con un simple pensamiento, comenzó a drenar la vitalidad de todos y cada uno de ellos. De dentro hacia fuera, todos sus órganos fueron absorbidos hasta quedar únicamente un pellejo más parecido a un traje que a un cuerpo humano. Luego, hizo lo mismo con los cordones umbilicales, desconectándolos y reabsorbiéndolos por completo. Su vientre se aplanó definitivamente, mostrando una Gran Madre con una figura más esbelta, ágil y mortífera.

Un rugido electrónico fue la advertencia. El gran dragón mecánico cayó en picado contra la Gran Madre. Con sus cuatro gigantescas garras apuntando contra ella, el impacto iba a hacer temblar toda la montaña.

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Los adalides saltaron contra los defensores parapetados en las puertas. Empezaron a desgarrar sin piedad. La Gran Madre, aprovechando que Longinos estaba justo al lado, le golpeó con el dorso de una de sus manos como si se tratara del castigo a un niño pequeño. El golpe fue tan fuerte que mandó al capitán volando varios metros por el aire.

Le pitaban los oídos. Se había golpeado la cabeza contra el suelo y veía todo borroso. Aturdido, lo único que podía llegar a discernir eran los gritos de pánico y dolor de sus colonos defensores.

Un estruendo lo ensordeció completamente. Una gran polvareda se levantó frente a él y el suelo tembló con fuerza. Para cuando identificó lo que estaba pasando, contempló cómo el enorme vehículo T.O.R.O. arrollaba a varios adalides de la Gran Madre. Los aplastó completamente con su enorme peso, no dejando posibilidad alguna de ser regenerados por la conexión con la Gran Madre.

El T.O.R.O., automatizado gracias al núcleo de procesamiento del Dientes de Sable y con las mejoras de los nanobots, no era rival para las garras de los adalides. Pero ese no era su objetivo, ya que la programación del guardián seguía activa a pesar de estar en un cuerpo diferente. Su objetivo era acabar con la Gran Madre.

La arrolló con virulencia. La empujó colina abajo y arrastró a todos los adalides una decena de metros. Las garras de la Gran Madre sí se hundieron en el blindaje del T.O.R.O., así que una vez alejada, cogió distancia respecto a ella.

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—¡Fuego, fuego! — ordenó Longinos.

Nadie dudó en disparar. Apretaron el gatillo una y otra vez, soltando ráfagas de balas que cubrieron el cielo. Todas concentradas en un mismo objetivo: la Gran Madre y sus adalides.

El ruido ensordecedor de los disparos abrumó los sentidos de Longinos, ya que hacía muchísimo tiempo que no escuchaba el disparo de un arma. Menos aún de una veintena de armas.

Al principio, algunos de los adalides que recibieron los disparos cayeron de golpe contra el suelo. En cuanto dejaron de ser los objetivos, volvieron a incorporarse lentamente. Longinos pudo observar como las perforaciones de las balas se sanaban lentamente. Quizás no los mataban, pero los ralentizaban.

Pero la procesión continuó. La Gran Madre era impactada constantemente. A pesar de ello, sus andares no se reducían, como si las armas no le produjeran daño alguno. Observó como algunas balas penetraban en su piel blanquecina para, segundos después, escupirla por el mismo orificio y regenerarse.

—¡Seguid disparando! ¡Apuntad a los estómagos de los adalides!

Longinos pensó que, al impactar en el origen del cordón umbilical que los conectaba a la Gran Madre, les haría más daño. Los primeros colonos ya tuvieron que cambiar el cargador del arma. Luego, otros más. Tenían munición, pero era limitada.

Ralentizados, pero seguían avanzando. Es más, los adalides que se quedaban más retrasados casi parecían ser arrastrados por la Gran Madre. La determinación de ese monstruo alienígena no parecía tener límites. Recorrieron casi un centenar de metros en cuatro minutos. Logró retrasarlos un poco antes de que el primero de los tiradores se quedase sin munición. Y luego dos más.

La Gran Madre se plantó a apenas unos diez metros de distancia de Longinos. Se detuvo por completo y esperó a que la tormenta de balas contra sus adalides y ella cesara. A ninguno de los soldados les quedaba munición. Los observó con esos terribles ojos negros apenas ocultos por la larga melena rubia. Sus cuatro brazos, incluido el que acababa en muñón, no mostraban hostilidad.

A su alrededor se congregaron los adalides. Heridos por quemaduras y balas, Longinos notó que su regeneración era mucho más lenta que anteriormente. Quizás no los había podido matar, pero les ha desgastado.

Un murmullo creció en la línea de defensa. Palabras de miedo y temor, así como un silencio sepulcral, era lo que se sentía en ese momento. Todos, menos Longinos, sentían que su vida había llegado a su fin.

—Entregadme al individuo que llamáis Baudilio y os dejaré vivir, hijos míos — pronunció la Gran Madre con una voz ronca, de no haber hablado en muchísimo tiempo.

Longinos dejó apoyado su rifle automático y salió del parapeto. Observó los ojos de sus compañeros de línea, tanto seguridad como colonos, que temblaban. Incluso Columbiano estaba atemorizado, aunque en su mano blandía esa palanca de runas brillantes.

—Soy Longinos, capitán de la nave colonial G4-110-F4 y líder de estos hombres y mujeres — avanzó unos metros hacia la Gran Madre hasta que sintió que los adalides comenzaban a ponerse nerviosos.

—Longinos — la Gran Madre lo observó en silencio durante unos segundos —. En tu mirada veo que has rozado la muerte biológica. Tienes un hijo. Eres valiente. Pero no te quiero a ti, quiero al individuo llamado Baudilio. Tiene algo que me pertenece.

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—¡Cocteleros, adelante! ¡Apuntad a la Gran Madre! — bramó Pilar.

De entre los arbustos salieron corriendo los exploradores cargados con cócteles molotov. Encendían las mechas con rapidez mientras esquivaban los obstáculos. Evitaron tropezarse con los cordones umbilicales enredados entre los árboles y así tener a tiro a la Gran Madre.

Cuando tuvieron un objetivo claro, el primer cóctel molotov voló. Surcó el cielo hasta la Gran Madre e impactó directamente en ella, estallando en una bola de fuego. La Gran Madre aulló de dolor, siendo su aullido replicado por el resto de adalides que seguían conectados a ella. O, si no era dolor, era enfado.

Un segundo cóctel molotov voló hacia la Gran Madre. Uno de los adalides cercanos a ella lo interceptó con su propio cuerpo, prendiéndose en llamas. Su habilidad de regeneración luchaba por curar las heridas que el fuego le estaba produciendo.

Voló el tercero, el cuarto y el quinto. Uno cayó a los pies de la Gran Madre, obligándola a retroceder, mientras que otro no acabó de encenderse. Uno se enredó entre las copas de un árbol, prendiéndose por completo.

La zona se llenó de humo. La visibilidad se redujo. Pero lo que Pilar pudo escuchar son los gritos agonizantes de su equipo de cócteles molotov siendo desgarrados. Su garganta se hizo un nudo y ni siquiera era capaz de pronunciar sus nombres por la radio.

Miró a su alrededor y encontró un alijo de cócteles molotov. Con determinación, agarró uno, lo prendió y corrió en dirección a la Gran Madre. Esquivó la mortal estocada de uno de los adalides por el camino.

La veía. A pesar de la tensión y el humo en el ambiente, su mirada estaba fija en la Gran Madre. En llamas, trataba de sacudirse el fuego sobre su cuerpo. No se lo iba a permitir. Pilar frenó de golpe y lanzó el cóctel molotov lo más fuerte que pudo.

Voló, voló y voló. Un recorrido de segundos fue eterno para Pilar. Cuando estuvo a punto de alcanzar a la Gran Madre, el fuego que le rodeaba se apagó. También se apagó la mecha del cóctel molotov. Y no sólo eso, sino que pareció chocar contra una barrera invisible.

—¿Qué?

Una ráfaga de viento derribó de espaldas a Pilar. Una segunda ráfaga de viento empezó a arrastrar arena y ramas rotas en todas direcciones. Luego, una potente onda expansiva, con origen en la Gran Madre, comenzó a arrasar la zona.

Los fuegos se apagaron, los árboles se arrancaron de cuajo y Pilar, junto al resto de exploradores que aún seguían vivos, volaron por los aires repelidos por la onda expansiva. Sentía como si le costara respirar, como si de repente no hubiera oxígeno en el aire.

La Gran Madre aulló cada vez más potente. Todo voló, incluso los adalides que no pudieron reparar su conexión con ella. A su alrededor, junto a nueve adalides, solo quedó un kilométrico cráter de tierra.

Lo que antes era bosque, ahora era ruina. Pilar quedó atrapada entre troncos y rocas completamente herida e inconsciente. Pero había conseguido descubrir un hecho fundamental: el fuego le causa dolor a la Gran Madre.


La onda expansiva se notó hasta en las puertas de la base de la montaña, donde Longinos esperaba junto a los pocos miembros del equipo de seguridad y otros valientes colonos. Observando en todo momento los hechos ocurridos entre el encuentro con los exploradores y la Gran Madre, se lamentó que Pilar quisiera hacer más de lo que les pidió.

—Solamente tenías que ganar tiempo, Pilar.

—Sigue viva — dijo Columbiano mientras manipulaba su tablilla personal—. No puedo determinar su ubicación, pero sus indicadores de vida són leves pero constantes. Hay sólo tres exploradores más vivos.

—Pronto iremos a por ti, te lo prometo.

A medida que pasaban los minutos, su pulso se aceleraba. La experta en combate era la difunta Adalberta. Él era simplemente un capitán de nave espacial. Sí, puede que sea un buen líder, pero no se le daba especialmente bien esto de enfrentarse a alienígenas. Bueno, puede que a nadie.

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—¡Ahora! — exclamó Pilar por la radio, gritando para descargar tensión.

Los muchachos señuelos esquivaban con gracilidad a los adalides. Al principio estaban más relajados, pero en cuanto vieron que no eran capaces de atraparlos, se pusieron más nerviosos. Y es que a los señuelos no les importaba tirarse contra el suelo, arrastrarse, saltar y deslizarse por el barro. Eran unos exploradores natos de la foresta.

Pero tenían fatiga. Tras unas buenas carreras, brincos y esquivas, necesitaban tomar un respiro. Se alejaron lo suficiente para no ser alcanzados por los adalides y dejaron trabajar a los hostigadores, que salieron de sus escondites.

Los hostigadores, equipados con armas rudimentarias, no dudaron en apuntar y disparar. Los disparos de honda y lanzas abrumaron por todas direcciones a los adalides, tanto los que se habían lanzado en la persecución como los que se mantuvieron cerca de la Gran Madre.

Obviamente, los impactos no les causaban daño alguno. Las lanzas se clavaban, pero en el momento de ser retiradas se regeneraba esa herida. Las piedras de las hondas impactaban con fuerza, causando más molestia que daño. Pero fue suficiente como para enfadar a los adalides, que es lo que se buscaba.

Los seguidores de la Gran Madre se lanzaron bosque a través para cazar a los hostigadores. A más se alejaban, más se acaban enredando sus cordones umbilicales con los arbustos y los árboles. Por lo que percibió Pilar, no parecía que se dieran cuenta de la estrategia que tenían.

En cuanto un adalid se acercaba demasiado, el explorador hostigador se alejaba lo suficientemente de su radio de acción para no ser alcanzado. En ese momento, el cordón umbilical quedaba completamente tenso y se podía observar el enredo.

Pero en cuanto un hostigador se retiraba, otro comenzaba a atacar desde una dirección alternativa. Frustrado, los todopoderosos adalides corrían alocados hacia todos lados para intentar destripar a alguno de ellos.

Estaba funcionando, pensó Pilar. Sentía que confiaban mucho en su fuerza bruta y poderes sobrenaturales otorgados por la Gran Madre, pero no eran capaces de ver las debilidades de sus capacidades. Y eso, para la jefa de exploradores, era crucial. Incluso, muy en sus adentros, pensó que podría acabar con la Gran Madre en este mismo lugar. Convertir este bosque en su tumba.

Cuando los chicos señuelos pasaron a su lado, corriendo montaña arriba para refugiarse en la base, decidió dar el siguiente paso en su estrategia. Era hora de reducir el número de efectivos con el que contaba la Gran Madre.

El equipo de taladores, con sus hachas de leñador y hachas de mano, seguían completamente escondidos en la maleza. Algunos adalides pasaron justo al lado de algunos, por lo que tenían cordones umbilicales a una simple orden de Pilar para ser cortados.

Los inciendiarios, preparados con sus cócteles molotov, también tenían al alcance algunos de los adalides. Ahora bien, podrían avanzar y exponerse unos metros para lanzar sus proyectiles de fuego directamente contra la Gran Madre.

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Capítulo 9: la batalla final

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Columbiano, ahora ascendido a jefe de seguridad, está ayudando a entrenar a colonos. Es joven, pero ha vivido muchas experiencias. Sacude una extraña palanca con vigor y decisión, mostrando grandes dotes de liderazgo. Creo que es capaz de adiestrar en un par de horas un pelotón de aguerridos colonos para hacerle frente a nuestra enemiga.

Hemos intentado contactar con otras colonias, pero ninguna nos responde. Tampoco la Tierra, ja que el escudo orbital bloquea todas las comunicaciones. En cualquier caso, hemos activado un mensaje en emisión constante tanto para pedir ayuda como para avisar del peligro que es la Gran Madre, en caso de que seamos derrotados.

No, Longinos, borra esto. No seremos derrotados. La Gran Madre no devorará a Baudilio. Venceremos. Venceremos. Venceremos. Y después de todo, a este planeta por fin lo podremos llamar refugio.

Se acerca. Ya llega. Es la hora.

+++[FIN DE LA ENTRADA ]+++

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Apenas pudo contener las lágrimas cuando el equipo médico se acercó a él para atenderle. Le hicieron todo tipo de pruebas iniciales. Pero no había posibilidad de recuperar su movilidad completa: tenía el sistema nervioso chamuscado. Lo sabía porque muchos otros ya lo habían intentado. Y él, en su arrogancia adolescente, en su búsqueda de la virtud del héroe, decidió seguir hasta la última de sus consecuencias.

Pero no todo fue amargo para Sofronio. A empujones entre los médicos y los enfermeros se abrió paso una cara conocida, un rostro que le aportó la calma y el orden que necesitaba su cabeza: su padre.

Longinos lo abrazó con fuerza, aunque él no lo sentía. Ni siquiera el calor que transmitía su cuerpo. Lloraba mucho. Lloraba desconsoladamente como nunca antes lo había visto. Como rara vez un hijo ve llorar a un padre. Quería abrazarlo, pero no podía moverse. No sentía su cuerpo.

Su padre le hablaba, pero su mente ya estaba buscando la forma de recuperar su movilidad. No era posible. A pesar de los avances científicos de los creadores, el cuerpo tenía sus limitaciones en la recuperación física. Algo podría hacer, pero no era el momento. Se había sacrificado por una única razón.

—Papá, necesito que traigas a Baudilio frente a mí. Es importante —fueron las primeras palabras que surgieron de su garganta seca.

Tras unos minutos, el jefe de logística apareció frente a Sofronio. Al muchacho le seguía costando reconocerle. De ser un tío orondo y desastroso a convertirse en un hombre casi tan firme y disciplinado como su padre. Y no sólo eso, sino ser la clave de la supervivencia de la humanidad.

—Entiendo que te lo han contado todo ya, Baudilio — arrancó a hablar Sofronio.

—Sí, esa tal Gran Madre me busca porque tengo algo que quiere.

—Tienes todo lo que quiere: sus poderes. Si los consigue, si te atrapa, será el fin de la humanidad y de toda la vida en la galaxia. Pero lo tengo, lo he conseguido. Sé la manera de desbloquearlos para que tú puedas utilizarlos. Para que tú puedas salvarnos de la Gran Madre. Para que tú puedas derrotarla. ¿Estás dispuesto a pasar por la terapia genética de los antiguos?

—¿Qué? ¿Qué me estás pidiendo? — la voz de Baudilio tembló.

—Nunca se ha hecho, aunque sí se ha probado. Podrías convertirte en un igual de la Gran Madre, en usar sus poderes para vencerla. Si pierdes, todos perdemos. Pero si ganas, la humanidad sobrevive. Siempre has sido la clave. Siempre has sido el protagonista de esta historia.

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—¿Cómo funciona tu capacidad para transmitir el conocimiento? ¿Puedes simplemente implementarlo en la mente? —habló Sofronio.

—Sí —tronó de forma rotunda la voz del bibliotecario —. Los creadores accedían a este espacio extradimensional para absorber conocimiento. A medida que les hacía falta, venían una y otra vez para consultar el saber del que no eran conscientes. De esta forma, los procesos de memorización son mucho más prácticos y rápidos.

—¿Puedes enseñarmelo todo? Quiero conocer hasta el último ápice de la ciencia y la tecnología de los creadores.

—Sofronio, espera, no podrás absorber tanto conocimiento. Es peligroso — le interrumpió Erra en su forma de oso de peluche gigante y brillante.

—¡Calla! —toda la dimensión interior se silenció y el cielo invisible se coloreó de blanco —Me has engañado, me has mentido. Me has manipulado. Te has metido en mi mente sin ni siquiera ser invitado. Y te has hecho pasar por una inteligencia artificial cuando eres… no sé qué eres…

—Te lo puedo explicar, no necesitas exponerte a todo el conocimiento universal.

—¡Silencio! —la dimensión interior se sacudió ligeramente — Sabré quién eres cuando lo sepa absolutamente todo.

El joven Sofronio se sentía mentalmente fatigado. No sólo por el peso sobre sus hombros en lo que respecta buscar la solución al problema, sino en sentirse estafado por la voz invasora. Sin su padre y ningún otro apoyo, no era más que un chaval que apenas llegaba a los diecisiete años que cargaba con la supervivencia de la humanidad.

Él también quería sentirse un héroe. Él quería acabar con toda esta sucesión de desastres y situaciones que le han acompañado durante toda su vida. La miseria, la hambruna y ver cómo reina la entropía a su alrededor. Aunque el viaje a Nuevo Edén pareció ser un nuevo punto de partida para una vida renovada, se ha convertido en una empinada subida a una montaña sin final. Una montaña que él nunca querría haber ascendido, pues solamente era un muchacho que le gustaba jugar con la ciencia.

La rabia y la ira le invadieron. El blanco imperante en el cielo de la dimensión interior se convirtió en una mezcla de rojo y negro. Erra, el brillante osito de peluche, hablaba sin cesar intentando convencer a Sofronio. El muchacho ya ni siquiera escuchaba sus palabras.

Con un gesto de la mano, como si tuviera poderes telequinéticos, alzó la figura brillante y la lanzó disparada entre las interminables galerías de ese museo imaginario. Observó como la luz que emitía iba alejándose cada vez más hasta desaparecer.

No sabía si gritar o llorar. Le dolía el estómago. Sus manos le temblaban. Sus emociones estaban completamente desbocadas en su interior. No quería estar allí. No quería volver más a este lugar. No quería ser estafado de nuevo por entidades alienígenas.

—Bibliotecario, transfiere todos los conocimientos a mi cabeza. Y cuando digo todos, todos —soltó con rabia, fuerza y determinación.

—La transferencia de grandes cantidades de conocimientos a la mente humana puede provocar daños neuronales en el receptor —explicó el Bibliotecario— ¿Estás seguro de continuar?

—¡Todos! — el gritó de rabia de Sofronio tronó en toda su dimensión interior.

El Bibliotecario no esperó más. Para el joven muchacho se sintió todo como un enorme temblor en su dimensión interior. Las formas de las diferentes invenciones, experimentos interactivos y otros elementos de ese museo imaginario se fueron difuminando hasta desaparecer. Todo se convirtió en una masa de colores, arremolinádose alrededor de la huesuda figura del Bibliotecario.

Sin saber exactamente cómo funcionaba esta transferencia, al menos por ahora, Sofronio comenzó a entender el funcionamiento de todo tipo de tecnología que ni siquiera había observado. Avances y ciencia que se acercaban más a la ciencia ficción que a la realidad se transformaron en razonamientos lógicos y comprensibles para el muchacho.

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Pero una sombra se gestaba en la panza del planeta. Una decisión tomada, quizás a la ligera, que podría tener consecuencias fatales para la humanidad. Y es que una máquina de clonación largo tiempo olvidada completó su objetivo. Una con la que Pánfilo jugó alegremente. Miles de niñas de piel blanca, melena larga rubia y cuatro brazos despertaron de su letargo.

¿Cuál iba a ser su propósito?

Fin.

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Los sentía sufrir. Sus ojos no podían evitar desviarse hacia el cielo, contemplando al planeta a punto de ser destruido por el escudo orbital. Mientras, frente a él, la Gran Madre esperando cuál iba a ser el siguiente movimiento de Baudilio.

Alzó los brazos y se concentró. Era fácil, sólo necesitaba unos segundos. Y su adversaria estaba bastante lejos. Frenar el descenso de la Tierra y acabar con la Gran Madre, ese era el orden correcto.

Las emociones y los sentimientos de los millones de humanos le perturbaban la mente. A pesar de intentar concentrarse, en querer de todo corazón emanar sus poderes y repeler el planeta, le estaba costando mucho. Respiró profundamente, trató de calmarse y empezó a sentir su poder. Como sus palmas se posaban sobre la corteza terrestre y empujaban, lentamente, el planeta Tierra a su órbita. Demasiado lentamente.

Al igual que hizo él unos momentos antes, la Gran Madre recorrió la distancia que los separaba en un abrir y cerrar de ojos. Hizo un salto espacio-temporal hasta quedarse frente a Baudilio. Apenas pudo reaccionar. Debió acabar con ella primero.

La garra de la Gran Madre agarró uno de sus brazos y lo arrancó de cuajo. Luego, con un tajo horizontal, partió a Baudilio por la mitad. La parte superior salió volando una decena de metros.

Mutilado, ensangrentado y confundido, Baudilio era incapaz de emitir palabra alguna. Sus ojos, saliéndose de sus órbitas, observaba como la Gran Madre devoraba tanto su brazo como sus extremidades inferiores. El dolor comenzó a aparecer de golpe, aunque gracias a los poderes, su cuerpo empezó a regenerarse. Aunque iba a tardar demasiado.

Una cegadora luz, acompañada de un enorme estruendo, se convirtieron en protagonistas. A pesar de todo, la Tierra acabó impactando contra el escudo planetario. Todo el cielo brilló mientras repelía el impacto cinético de un planeta entero. Parpadeó unas cuantas veces y, cuando la Tierra acabó desintegrada, el escudo se apagó. Los restos se convirtieron en una preciosa, pero lúgubre, lluvia de estrellas.

Pero no fue eso lo que más le dolió a Baudilio. Sintió en sus vísceras las miles de millones de muertes de los habitantes de la Tierra. Todos aquellos a los que pretendía salvar, murieron en un instante. Un dolor atroz que quedó marcado en su alma.

—He fracasado. He perdido. He fallado a la humanidad.

La vencedora, la Gran Madre, recuperó aún más su poder. Cada bocado de material genético de Baudilio le devolvía más energía, más vigor, más divinidad. El bloqueo a los poderes mentales quedó erradicado y el cuerpo de la Gran Madre rebosaba de plenitud. Estaba casi completa.

La mirada sádica y tenebrosa de la Gran Madre se convirtió en una de júbilo triunfante. Se clavó en Baudilio, pero acompañada con una sonrisa que, extrañamente, le transmitía la ternura y el cariño de una madre.

—He de felicitarte, vástago—dijo mientras se acercaba a los restos de Baudilio—. Has demostrado una inmensa fuerza al enfrentarte conmigo. Pero, al final, como era tu propósito, y el del resto de la humanidad, lo habéis cumplido. Demasiado tiempo he esperado para recuperar mis poderes y, por fin, tomar venganza contra mis hermanos.

Baudilio no sabía qué decir. Miraba al cielo, siguiendo el trazo de los restos de la Tierra. Su brillo eclipsaba el que emitían los dos soles gemelos del sistema solar. Pero sabía que una sombra más grande se cernía sobre él y su destino: la Gran Madre.

Aún sentía algo de poder en su interior. Podía huir, darle tiempo a su cuerpo a regenerarse. Quizás explotar en llamas, sacrificarse para intentar llevarse por en medio a la Gran Madre. O más fácil, teletransportarse hasta uno de los soles para que ella no recuperara todos los poderes. O intentar llegar a un trato con ella.

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El planeta Tierra empezó a descender hacia la atmósfera del planeta artificial. Si chocaba contra el escudo de energía orbital, podrían pasar dos opciones: o el escudo no aguantaba el impacto del planeta y se desactivaba, provocando que el planeta Edén fuera destruido; o que el escudo pudiese absorber el impacto de la Tierra y desintegrarla por completo. En cualquiera de los dos casos, los seres humanos de la Tierra morirían.

Notó sus gritos de desesperación y de terror. De los miles de millones de personas en la Tierra que se daban cuenta del cataclismo que se iba a producir. El propio movimiento fuera de la órbita ya comenzó a provocar maremotos.

Baudilio podía detenerlo. Sólo debía hacer lo mismo que la Gran Madre. Alzó los brazos y se concentró para emitir una onda gravitacional que devolviera a la Tierra a su órbita. En cuanto lo hizo, la Gran Madre se lanzó contra él. Bajó los brazos y esquivó el tajo vertical de las garras de su oponente.

No tenía mucho tiempo. Necesitaba más que unos segundos para contrarrestar la caída del planeta. Cuando volvió a intentarlo, otra vez la Gran Madre se abalanzó contra él. No tuvo más remedio que esquivarlo. No le iba a dejar concentrarse. Tenía que decidir. Sus ataques comenzaron a ser continuados, evitando que Baudilio pudiera concentrarse en sus poderes.

También trató de teletransportarse para luego poder detener la Tierra con más calma. No podía. No le dejaban las emociones y sentimientos de los seres humanos del planeta. Sentía su terror, abrumándole mentalmente a un nivel que nunca había sentido jamás. Los sentía dentro de su cabeza, presionándole para que hiciera algo. Lo estaban confundiendo con dios.

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La Gran Madre no le respondió con palabras. Con un gesto de una de sus manos, una gran losa invisible cayó sobre Baudilio. El empujón gravitacional le obligó a arrodillarse contra el suelo, a pesar de los esfuerzos que hacía el hombre mejorado.

—Sométete.

Baudilio apretó los dientes y trató de levantarse a la fuerza, pero no lo logró. Luego cayó en la cuenta de que no estaba usando sus poderes, simplemente su físico de humano. Se relajó momentáneamente, exhaló e imaginó como un escudo le protegía a su alrededor.

Dejó de sentir el peso en su cuerpo, pudiendo levantarse de nuevo y mirar a los ojos a la Gran Madre. Esta, con otro gesto de la mano en su dirección, envió otra onda gravitacional contra Baudilio. El empujón fue dispersado por el escudo imaginario del hombre, pero escuchó un grito: Longinos no estaba protegido ante estos poderes.

Retrocedió hasta ponerse a su lado y dejar que el manto invisible también lo protegiera. La Gran Madre insistió con más ondas, aunque solamente conseguía desprender el terreno alrededor de Baudilio y Longinos.

—Esta ya no es tu lucha, debes marcharte con tu hijo.

Imaginó que lo teletransportaba junto a Sofronio. Baudilio le puso la mano sobre el hombro y, en un parpadeo, el capitán desapareció. Cada vez entendía más los poderes. Cada vez podía despertarlos o utilizarlos con mayor facilidad.Las fuerzas gravitacionales emanadas por la Gran Madre se detuvieron. Callada, observó a Baudilio, que avanzó unos metros hacia ella.

Ahora su estrategia pasó por un asalto mental, invadiendo la mente de Baudilio con todo tipo de imágenes y pensamientos. Aunque al principio se sintió abrumado, no tardó en concentrarse y crear también una barrera mental.

—”No podrás mantenerla levantada todo el tiempo. Cuando te descuides, te someteré” —escuchó en sus adentros.

—¡Basta! — Baudilio gritó vaciando sus pulmones.

Imitando los movimientos de la Gran Madre, emitió un empujón gravitacional que la pilló con la guardia baja. La enorme mujer salió volando una decena de metros por los aires. Aterrizó bruscamente entre tierra y polvo.

Entre sorprendida y aturdida, la Gran Madre soltó un alarido de ira. Quizás no acababa de creerse que uno de sus vástagos le haya arrebatado los poderes. Ella, que pensaba que la humanidad era una herramienta más, un recurso más para consumir a su antojo, se le había revelado. Y Baudilio, con los poderes despertados de la Gran Madre, era el pináculo de esta rebelión.

La Gran Madre atacó con todo. Empezó a lanzar telequinéticamente árboles, rocas y todo tipo de restos a su alrededor contra Baudilio. Además, también golpeó el bastión mental de Baudilio en una batalla más allá del mundo real.

Baudilio resistió, una y otra vez, las embestidas de la Gran Madre. Desviaba todo lo que le lanzaba a la vez que reforzaba su escudo mental. La ira de su enemiga apenas le permitía pasar a la ofensiva, ya que él no tenía automatizado el uso de sus poderes. Debía concentrarse e imaginarlos de forma constante para conjurarlos.

Pero si él también podía teletransportar objetos y emitir ondas gravitacionales, también podría invadir la mente de la Gran Madre. Momentáneamente dejó de protegerse en físico y mente para enviar un obús psíquico contra ella. El cúmulo de pensamientos se introdujo en la mente de la Gran Madre, provocando que chillara de dolor mientras se agarraba la cabeza.

—¡No! ¡No puede ser! — bramó ella.

Baudilio le había bloqueado el poder de comunicarse mentalmente con los seres humanos, de transmitir sus ideas, pensamientos y emociones. Al menos de forma temporal. Esto le daría un respiro para lidiar con ella en el mundo real.

Obstinada y enfurecida, eso no detuvo a la Gran Madre. Los empujones y ondas gravitacionales se intensificaron. En el suelo se crearon enormes cráteres y prácticamente todo el suelo temblaba. Baudilio sintió el terror de sus compañeros colonos en lo más profundo del planeta artificial.

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Lo sintió todo como uno de esos sueños lúcidos donde casi puedes controlar todo lo que ocurre. Como si en su mente, las acciones realizadas y su voluntad se desdibujan en una constante lucha por la dominación del mundo físico.

No era él. No era Baudilio. Era ella. Era la Gran Madre. O, al menos, habitaba su cuerpo en ese sueño. Quizás más bien una pesadilla, ya que sintió cada una de las muertes de aquellos que osaron interponerse entre la Gran Madre y sus adalides.

Notaba el calor de las explosiones en su rostro. El fuego quemando su piel blanquecina. La pérdida de su brazo. Pero también percibía emociones y estados mentales, no sólo daños físicos. La Gran Madre estaba irritada. No, ya no. Estaba enfadada.

Cuando absorbió a sus secuaces también sintió que eran traicionados por la Gran Madre. Les prometió una servidumbre eterna, pero sus vidas acabaron reducidas a polvo. Su energía vital es drenada hasta dejar un saco de piel y huesos. Esa traición, esa emoción tan inmediata y fugaz, se le clavó en lo más profundo de su cerebro. Pero, para la Gran Madre, parecía que no le afectaba.

Emociones, sentimientos. No sólo percibía aquellos que sentía la Gran Madre, también todos los de su alrededor. De la última línea de defensa en las puertas del búnker. De Pilar, con un latido firme pero débil a la vez. De todos aquellos colonos que se encontraban dentro de la base subterránea con el corazón encogido en un puño.

Pero su percepción se ampliaba por momentos. No podía controlarlo. Sentía a cada uno de los humanos que habitaban la superficie del planeta artificial. No, también más allá. Sentía a todos los humanos que habitaban el planeta Tierra, orbitando por encima de sus cabezas. Muchas emociones, muchos sentimientos. Y le estaban agobiando. Debía focalizarse.

Baudilio se concentró. Centró de nuevo su mente sobre la Gran Madre, tratando de gestionar todas esas percepciones que estaban más allá de su cuerpo físico. Respiró profundamente, como si en ese sueño lúcido le ayudara a relajarse. Pero no era un sueño. Habitaba el cuerpo de su creadora, viendo todo el mal que causaba y siendo incapaz de detenerla.

Aprendía de ella. De cómo la voluntad de la Gran Madre activaba sus poderes. Un pensamiento o un impulso eran más que suficientes para crear esas ondas de energía expansiva, escudos gravitacionales y mucho más. Sentía como ella quería utilizar otros poderes, pero no podía. No porque no supiera utilizarlos, simplemente porque no los poseía. En su instinto de batalla los trataba de activar sin éxito alguno.

Una visión más. Una cara reconocida: Longinos. Frente a él. Bueno, frente a ella. Y esa pistola impresa la reconocía como si fuera su mismo diseño. La misma que casi acaba con el capitán. Los labios de Longinos se movían, aunque no emitían sonido alguno. O no era capaz de escuchar lo que estaba diciendo.

Tres fogonazos. Tres disparos. Notó como las balas de metal se hundían en su piel. Ardían, pero era un dolor fugaz. Muy fugaz. Notó la ira de la Gran Madre crecer. Sintió como uno de los brazos se abalanzaba hacia adelante para desgarrar a Longinos. Quiso detenerlo. Ordenó detener el brazo, pero su pensamiento no funcionaba.

Las garras de la Gran Madre abrieron el tórax del capitán de un lado a otro. Luego, con otra garra, lo empujó varios metros más allá para quedar vía libre hacia el complejo subterráneo. El corazón del capitán se detuvo. La Gran Madre había matado a Longinos. Él había matado a Longinos. Otra vez.

No. No quería creérselo. Podía hacer más. Mucho más. Apretó los dientes y decidió salir de ese sueño lúcido que se había convertido en una pesadilla. Cuando abrió los ojos, se despertó tumbado en una camilla. A su alrededor, varios miembros del equipo médico de la colonia y el joven Sofronio. Le hablaban, pero no escuchaba sus voces, sino sus sentimientos: miedo.

Se levantó abruptamente de la camilla y cerró los ojos fuertemente. En apenas un parpadeo, se desplazó desde esa sala esterilizada hasta el exterior del complejo subterráneo, frente al cuerpo de Longinos.

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Con una presencia renovada, así como una mayor vitalidad después de absorber a sus adalides, la Gran Madre no temía ante ningún enfrentamiento. Y menos aún contra una máquina creada por sus vástagos.

El imponente dragón mecánico cayó como una gran losa de acero sobre la Gran Madre. Ella, deslizando sus dedos en el aire, frente a ella, creó una onda expansiva en dirección a la gran bestia robótica. A pesar de la fuerza emitida, no fue suficiente para detenerla en el aire.

Ryujin siguió cayendo vertiginosamente. La Gran Madre volvió a gesticular otra vez en el aire. Cuando las enormes garras estuvieron a punto de aplastarla, chocaron contra un muro invisible. Sonó como un trueno, pero se sintió como si una torpe mosca se estampara contra una ventana, el dragón quedó aplastado durante unos momentos hasta que pudo recomponerse y volver al cielo.

Aleteó con furia, levantando polvo y árboles a su alrededor. La Gran Madre seguía inmutable en su posición, mirando desafiante al guardián mecánico. Emitió un rugido electrónico y Ryujin volvió a cargar de nuevo contra ella. Esta vez no se lanzó tan directo, evitando perder el control en la caída en picado. Sus garras apuntaron contra la Gran Madre y, por una segunda vez, se encontraron contra una barrera impenetrable.

Esta vez la Gran Madre contraatacó, empujando su barrera gravitacional contra el dragón. Lo echó un centenar de metros hacia atrás hasta tocar las nubes. Y, desde ahí, Ryujin observó a su adversaria definitiva. Parecía ser que la máquina estaba evaluando sus opciones. Quizás siempre había confiado en su envergadura para ganar las batallas, o al menos es lo que tenía programado hacer.

Pero la Gran Madre no iba a quedarse quieta. Con un ligero gesto de sus dedos, ella comenzó a levitar con suavidad. Estaba dispuesta a llevar el combate a los cielos, aunque no parecía querer alejarse demasiado del suelo.

Distraída por Ryujin, no se percató de una pequeña figura brillante que se estaba escabullendo por su retaguardia. Cuando estuvo en la mejor de las posiciones, el pequeño mono metálico soltó un chirrido electrónico y de su boca salió una ráfaga de disparos láser contra la Gran Madre. Impactaron contra su espalda, provocando quemaduras graves, aunque apenas tardaron unos segundos en regenerarse.

La Gran Madre se giró para observar al mono metálico, al que Pánfilo, su primer adalid, había llamado Bartolo. Lo recordaba de su prisión. No era la primera vez que lo había derrotado. Lo dejó hecho un amasijo de hierros.

—¿Cómo es que sigues activo, herramienta? — Bartolo simplemente le respondió con más disparos láseres.

Esta vez los pequeños disparos quedaron suspendidos en el aire o fueron desviados por una barrera invisible. La Gran Madre no iba a tolerar más heridas. Lo que no sabía es que era una distracción.

Desde el cielo cayó una ráfaga de disparos láseres más rápidos y potentes, aunque menos precisos. Ryujin escupía una ráfaga tras otras desde las alturas, acribillando a la Gran Madre.

Uno de los potentes disparos casi la golpeó, forzando a que ella tuviera que ampliar su escudo gravitacional en ambas direcciones. Los disparos del gran dragón podrían causarle grandes daños, pero sentía como un verdadero incordio tener que lidiar de nuevo con el mono guardián.

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Tras unos segundos donde el T.O.R.O. evaluó sus opciones, se lanzó nuevamente a la carga.

Lo primero que hizo es abrir su compartimento de misiles y disparar uno de ellos directo contra la Gran Madre. Alcanzó su objetivo, levantando una humareda importante alrededor. Esperó unos segundos y, al detectar que los adalides se movían contra él, arrancó las orugas.

Una de los adalides, confiada en su fuerza superhumana, se plantó frente a él dispuesto a partirlo en dos. El que acabó hecho puré fue él, ya que las toneladas de acero del T.O.R.O. le pasaron por encima.

Otro fue algo más inteligente y se subió encima de él. Empezó a romper aparatos, esperando destruir las ópticas y antenas adecuadas. Cuando se plantó frente al lanzador de misiles, uno salió disparado y lo envió varios metros en el aire. Luego, explotó.

El tercer adalid más cercano quiso esquivarlo. Pero el T.O.R.O. no iba a por él, sino a por el cordón umbilical. En cuanto se tensó al alejarse de la posición de la Gran Madre, lo aplastó miserablemente. Forzó recular al adalid, que se enganchó con sus orugas y acabó hecho fosfatina.

La humareda se dispersó y la Gran Madre observó con un rostro claramente molesto la masacre que estaba cometiendo el T.O.R.O.. Sus heridas se regeneran con rapidez. La máquina reconvertida para la guerra disparó un misil contra ella, pero esta levantó un escudo de repulsión gravitacional que provocó que se perdiera por el cielo hasta explotar.
Un tercer misil volvió a intentarlo, pero fue desviado hacia la derecha. El impacto lo recibió un pobre adalid que acababa de salir de la humareda.

Con varios de los adalides fuera de combate, la Gran Madre observó sus cuerpos hechos trizas pero aun conectados a los cordones umbilicales. Intentaban regenerarse, pero estaban fuera de las posibilidades de una regeneración rápida. En vez de desconectarlos para dejarlos morir en paz, decidió absorberlos antes de recuperar los cordones umbilicales.

Los cuerpos aplastados y carbonizados acabaron convirtiéndose en pasas resecas. Luego, los cordones umbilicales se desconectaron y también fueron reabsorbidos por la Gran Madre. El muñón de una de sus extremidades se regeneró y su piel se volvió más blanca y tersa, sin arrugas. Su vientre abotargado se aplanó ligeramente, solamente quedando seis cordones umbilicales conectados a ella.

Cuando el T.O.R.O. arrancó motores e intentó aplastar de nuevo a otro adalid, la Gran Madre mostró una gran velocidad. En apenas cinco pasos se desplazó a uno de los laterales de la máquina de guerra y le soltó un garrazo que atravesó todo el blindaje. En el procesó, también le partió la oruga.

El T.O.R.O. apuntó con todos los misiles que le restaban contra la Gran Madre. Cuando los disparó, los misiles se mantuvieron a escasos centímetros de sus tubos de salida aguantados por los poderes gravitacionales de la Gran Madre.

Una gran explosión en cadena se produjo encima del T.O.R.O. La humareda se levantó en todas direcciones y los testigos de este combate no podían discernir quién había ganado.

En unos momentos escucharon rugir de nuevo el motor del T.O.R.O. Pareció salir a toda prisa de la humareda para elevar el vuelo. Lamentablemente, antes de que lo pudiera hacer, la Gran Madre le persiguió y, con una fuerza nunca antes mostrada, dio un salto hasta aterrizar un puño encima del caparazón blindado del T.O.R.O. El puño aplastó contra el suelo al vehículo, saltando chapas de acero en todas direcciones y sacando las orugas de sus engranajes. Luego saltaron los adalides encima del vehículo para despedazar cualquier pieza que pudieran arrancarle, como sensores y ópticas.

Inmovilizado y desarmado por completo, el T.O.R.O. estaba a merced de la destrucción de su enemigo.

El cielo se oscureció repentinamente. Longinos, que se había recuperado unos momentos antes de ver la muerte del T.O.R.O., vio como la Gran Madre alzaba la cabeza. Le siguió la mirada hasta ver a una enorme figura alada caer sobre ellos.

—¿Eso son imaginaciones mías o es un dragón? — se preguntó a sí mismo.

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Longinos debía medir bien sus palabras. Observaba el cuerpo deformado de la Gran Madre con una mezcla entre incredulidad y terror. Su cabeza aún estaba procesando que todo esto estuviera pasando, como si no hubiese sido suficiente descubrir un planeta nuevo. Debió ver más películas antiguas de ciencia ficción para estar preparado.

Del abultado vientre de la Gran Madre colgaban y se extendían todos esos cordones umbilicales. Los adalides, a pesar de ser humanos, poco a poco fueron adoptando rasgos de la Gran Madre. Piel blanquecina, los ojos cada vez más negros y en alguno de ellos se notaba que le estaban creciendo un par de extremidades adicionales.

Entonces, por un instante, se le ocurrió una idea para entretenerla.

—¡Gran Madre! Espere un momento, tenemos una ofrenda para vos —dijo cambiando su tono de voz a uno más alegre y forzadamente cordial.

La Gran Madre solamente ladeo la cabeza sin decir nada. Longinos alzó un dedo, haciendo entender que esperara un momento. Giró sobre sus talones y dio la espalda a la enorme mujer. Dio un par de pasos y observó a Columbiano asomando por el parapeto blindado.

—¿Puedes acercarme las raciones de emergencia? — le sugirió mientras mostraba una media sonrisa nerviosa.

Columbiano no comprendió durante unos segundos. Tampoco unos segundos más tarde. Y sin seguir entendiendo la estrategia de Longinos, decidió levantarse, coger una de las cajas de suministros y acercarse a él. Sentía las piernas como si fueran flanes.

Plantó la caja enfrente de Longinos, alzó la mirada para contemplar a la Gran Madre y, sin darle la espalda, volvió a su parapeto. Todo ello sin soltar su palanca favorita.

—Verás, Gran Madre —habló Longinos mientras se volvía a girar hacia ella—, los humanos hemos sufrido mucho. Guerras y hambrunas. Somos demasiados. O quizás no lo somos, pero sí que nos faltan recursos para alimentarnos a todos, depende de la perspectiva que tengas. Y, al final, todo se traduce en comida.

—¿Comida? —pronunció con voz reseca la Gran Madre.

—Si hay algo que debes saber de la humanidad, de tus hijos, es que somos ingeniosos. Y cuando los tiempos son difíciles, aún más. Te ofrezco este tributo para negociar la paz.

—No quiero paz, quiero a Baudilio —respondió ella.

Longinos ignoró esas últimas palabras y abrió la caja, mostrándole el contenido a la Gran Madre: un enorme surtido de croquetas empaquetadas de todas las formas y colores. Los adalides empezaron a hablar entre ellos, además de con la Gran Madre. Ella, con un simple gesto de la mano, los silenció. La curiosidad le podía.

El capitán respiró hondo, cogió una de las croquetas, la desempaquetó y extendió su mano para entregársela a la Gran Madre. Esta se acercó aún más a él, imponiendo su enorme figura ante el diminuto hombre. Con dos dedos cogió la pequeña croqueta y la observó detenidamente.

—Es comida. Ahora se introduce en la boca y lo masticas bien. Ya verás que bien te sienta comer algo, que se nota que lo necesitas — Longinos ya no medía las palabras, estaba demasiado nervioso.

La Gran Madre le hizo caso. Introdujo la croqueta en su boca y masticó. Para su tamaño, era una croqueta demasiado pequeña, pero pareció saborearla con detenimiento. Luego, la Gran Madre abrió enormemente los ojos y miró a Longinos.

—Esto tiene vuestro sabor. Esto está hecho de vuestra carne.

—Lo llamamos croquetas de la abuela. De nuestras abuelas. En la Tierra éramos demasiados y debíamos aprovechar cada gramo de proteína que se podía conseguir. No nos culpes, es por pura necesidad y supervivencia.

El rostro de la Gran Madre cambió por completo. Longinos sintió que su estrategia no había salido demasiado bien, aunque ganó algo de tiempo.

—¡Hijos comiéndose a sus madres! ¡Esto es una aberración! —la voz de la Gran Madre tronó con fuerza.
—¡Tú te nos comes! ¡A nosotros! ¡A tus hijos! — le enfrentó a gritos el capitán.

—Me equivoqué creándoos. Debo eliminaros a todos —dijo más para sí misma que para Longinos — ¡Matadlos!

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Tras una larga espera, por fin observó como los adalides supervivientes y la Gran Madre emergían del bosque. A un centenar de metros de ellos, y pendiente abajo, avanzaban a pasos decididos en su dirección. Pudo contemplar que algunos de los adalides estaban repletos de quemaduras, así como una parte del cuerpo de la Gran Madre.

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El trabajo de los hostigadores estaba funcionando muy bien. Cada vez más descentrados y desorganizados, los adalides enroscaban sus cordones umbilicales en los troncos de los árboles. Sus aullidos eran todo lo aterradores que quieras, pero habían caído perfectamente en la trampa de Pilar.

Ocultos, el equipo con hachas hacía un descomunal esfuerzo para evitar ser detectados. Cada vez que pasaba un adalid por su lado, todo su cuerpo les indicaba que tenían que huir. No eran guerreros, eran exploradores. Y, a pesar de todo, sentían que luchaban por su colonia como un soldado más.

—¡Ahora! —vociferó Pilar a través de la radio.

Los leñadores, casi al unísono, se levantaron de entre los arbustos. La sorpresa y la distracción les permitió propinar sus fuertes hachazos con los cordones umbilicales, tan tensos como enroscados en el tronco. El afilado filo del arma segó el material orgánico con gran facilidad.

Los aullidos terroríficos de los adalides se convirtieron en aullidos de desesperación. Aquellos que sentían como la fuerza de la Gran Madre desaparecía, corrieron nerviosamente al punto donde se había cortado su cordón umbilical.

Atacaron con ferocidad a los leñadores. Algunos pudieron escapar, mientras otros sufrieron la descarga de una decena de zarpazos hasta caer abatidos.

—¡Nicolás! ¡Felisa! ¡No! — Pilar se le escapó un grito de rabia al ver a sus veteranos compañeros, y amigos, caer.

Los gritos de Pilar atrajeron la atención de la Gran Madre. Estaba fuera del alcance de cualquier adalid. Cuando la Gran Madre quiso avanzar, se percató de que su movilidad se había reducido considerablemente al tener los cordones umbilicales enredados con los árboles.

Pilar sintió un pellizco en su mente. Sintió como si algo o alguien estuviese escudriñando, intentando adivinar cuáles eran sus planes. Era la Gran Madre. Lo sentía en sus entrañas. No podía distraerse ni perder el tiempo. Su equipo cortó cuatro cordones umbilicales y estaban en ventaja.

A través del dron aéreo como uno de los adalides trataba de unir desesperadamente los dos extremos cortados del cordón umbilical. A pesar de haber perdido la conexión directa con la Gran Madre, aún mantenían algo de poder. Notó como el propio cordón umbilical se regeneraba.

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Pilar alzaba la cabeza mientras estaba agazapada en los arbustos. La jefa del equipo de exploración intentaba atisbar la Tierra en lo más alto de la cúpula celestial. A pesar de que el escudo orbital transformaba todas las sombras y luces en un tono azulado, era capaz de discernir su planeta de origen en lo más alto. Como si la Tierra no quisiera perderse lo que iba a ocurrir, siendo testigo de la continuación o el fin de la humanidad.

La jefa de exploradores lo tenía todo preparado. Calculó la ruta por la que la Gran Madre subiría hasta el refugio de la colonia en la montaña y estableció un plan. A pesar de que su objetivo era ralentizarla lo máximo posible, ella quería más: quería hacerle daño real. Y, aunque fuera improbable, matarla incluso.

Pero todo era demasiado pedir. Los recursos que tenía eran limitados. Las pocas armas de fuego se quedaron para defender la base, mientras que los exploradores bajo su mando tuvieron que improvisar algunas. Aparte de los machetes reglamentarios, se prepararon lanzas, hondas y cócteles molotov. También contaban con hachas de leñador. La munición de fuego de los drones exploradores se limitaba a un único cargador.

Dividió a sus hombres para encargarse de tareas diferente. Primero, el equipo señuelo se encargaría de atraer a la Gran Madre y sus adalides por el camino correcto. Segundo, el equipo de hostigación, con lanzas y hondas, buscaría dividirlos para conseguir que los adalides enredaran sus cordones umbilicales entre los troncos de los árboles. Tercero, el equipo con hachas de leñador se esconderían para cortar dichos cordones umbilicales y eliminar efectivos de la Gran Madre. Por último, los drones exploradores, junto a sus mejores lanzadores, bloquearían el paso de la Gran Madre con el fuego de los cócteles molotov.

Su mirada se perdía entre las copas de los árboles, ladeando la cabeza para evitar que las densas hojas le quitaran la preciosa visión de Tierra. El plan estaba trazado y confiaba en sus compañeros.

—Ya está aquí —sonó la radio de Pilar —. Iniciando la primera fase de señuelo.
Su cuerpo se tensó de repente. Se alzó del suelo como un relámpago y se aseguró de que todo su equipo estaba preparado. Confirmó que todos estaban en sus posiciones y, gracias a un dron sobrevolando la zona a gran altitud, pudo hacer un seguimiento del avance de la Gran Madre.

Los cuatro exploradores que hacían de señuelo atacaron con sus hondas, siendo claramente inefectivas contra los adalides. Ahora bien, simplemente querían atraer la atención. Sus gritos se escuchaban por toda la zona boscosa, demostrando tener tan buenos pulmones como ser buenos distractores.

Aunque al principio la cohorte de la Gran Madre no se inmutó, un par de adalides se lanzaron para intentar atrapar a dos de sus muchachos. Ágiles, rápidos y tremendamente escurridizos, evitaron las zarpas de los traidores a la humanidad. Y siguieron corriendo montaña arriba, justo en el espacio donde se iba a producir el encuentro.

La Gran Madre picó. Avanzó con su ceremoniosa lentitud, aunque sentía que sus adalides estaban molestos por el jugueteo de los exploradores. Cuando se acercaban a su radio de acción, alguno de ellos se lanzaba para intentar atraparlo. Las garras se estampaban contra los grandes troncos de los árboles sin atinar un solo golpe contra los señuelos.

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Para que no os aburráis mientras esperáis el último capítulo de la novela, os dejo un interesante proyecto de escritura colaborativa de nuestro querido lector Francisco López.

https://agiat.wikidot.com

Es un universo de magia y fantasía en la época actual, donde la magia se estudia del mismo modo que la ciencia.

Y si alguien quiere colaborar, por este enlace: https://agiat.wikidot.com/unete-al-sitio

¿Le dais una oportunidad?

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+++[ENTRADA 17/05-2054 DEL DIARIO DEL CAPITÁN ]+++

Cuando comencé a redactar este diario no tenía demasiado claro qué iba a pasar. Vamos, nunca antes la humanidad se había embarcado en una aventura tan grande. Pero, a pesar de no tener expectativas, el universo y la vida no dejan de sorprenderme.

Han pasado dos años. Dos años terranos, matizo. Dos años repletos de situaciones difíciles, pérdidas, muerte, hambre y caos sin control. También he encontrado orden, buenas decisiones, amigos, familia y esperanza. Supongo que la vida es así.

No sé por dónde comenzar. No sé qué decir. Son demasiadas cosas que tengo en la cabeza, pero me gustaría que quedara todo registrado. Es posible que este sea el último día de la colonia G4-110-F4. Y ni siquiera estamos cerca de ella, o al menos de los huesos que quedan.

La Gran Madre se acerca. Está a horas de tocar la puerta de este búnker subterráneo para pedir la cabeza de uno de mis colonos: Baudilio. Un ente alienígena, atrapado durante millones de años en este planeta. Que no es un planeta, es una prisión camuflada de planeta gigantesco. Es un trozo de chatarra de metal gargantuesco orbitando dos estrellas binarias en rotación constante. No sé cómo lo veréis vosotros, pero desde mi perspectiva actual, esto es una locura.

Lo que más locura me parece es que la Gran Madre sea la creadora de la humanidad. O eso dicen. O eso dice. Que simplemente somos herramientas para ella. Apéndices de carne. Y que, al final de todo, el propósito de la vida es servirle a ella. Ni el más listo de los filósofos de la Tierra se hubiera planteado esta respuesta. ¿Pero acaso es una deidad?

No, no lo es. Después de que mi hijo Sofronio contara toda la historia universal, la Gran Madre no es más que una alienígena más. Una criatura de carne y hueso de una raza ancestral. No es una diosa y, por lo tanto, podemos matarla.

Las casualidades de la vida, o el destino del universo, ha decidido que nuestra pieza clave sea Baudilio. Ese ingeniero gordinflón, con todo el cariño, que tenía hecho su taller todo un desastre. Pero era rápido de mente y el mejor para solventar problemas. Y después de mi intento de asesinato se sintió tan culpable que se transformó. Creció. Se hizo mejor hombre.

Él, justamente él, es el que tiene la llave para derrotar a la Gran Madre. Para convertirse en un igual y enfrentarse con sus propios poderes. Sofronio nos ha pedido tiempo a todos. Con sus nuevos conocimientos va a reprogramar una de las máquinas de la bahía médica para la terapia genética de Baudilio con la ayuda de Roborto. Sí, tal como oís, le hemos puesto este nombre a un robot ayudante que tiene millones de años.

Ojalá tener a Adalberta a mi lado ahora mismo. Dio la vida por la colonia, por los colonos. Por todos. Su capacidad para crear estrategias y planes de contingencia hubiesen sido cruciales. Ha sido una gran líder y capitana de la colonia. Si hoy vencemos, será porque ella nos ha demostrado que es posible enfrentarse ante lo imposible.

Longinos, céntrate. El plan. El plan es el siguiente: aprovecharemos nuestra posición elevada para fortificarnos. Contamos con algunas armas de fuego del equipo de exploración. Estamos imprimiendo más, pero no tenemos la capacidad suficiente en la base de la montaña para armar a todos.

Pilar, la jefa de exploradores, se encargará de entretener a la Gran Madre en los bosques cercanos. Utilizará tácticas de guerrilla para ganar tiempo y, teniendo en cuenta que los adalides están conectados por un asqueroso cordón umbilical, usará los árboles para reducir su movilidad.

El equipo de investigación, ahora liderado por el Doctor Isco Duro, están ultimando los detalles del nuevo T.O.R.O. Parece ser que se ha integrado la inteligencia artificial del dientes de sable y tiene autonomía propia. Por lo que han podido comunicarse con él, está dispuesto a combatir contra la Gran Madre. No esperaba menos de un guardián de acero.

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Pero no solamente esto: historia universal. Del nacimiento de la humanidad a partir de las semillas de la Gran Madre. De cómo ésta combatió a sus hermanos para hacerse con el poder. De que ella era una excepcionalidad entre los ascendidos, pudiendo usar sus poderes para matar a sus congéneres. Pero no al revés. Y es que solamente la capacidad de un ascendido puede matar a otro ser ascendido.

Revivió batallas interestelares donde la Gran Madre y sus enemigos, entre ellos Erra el mariscal de los siempre ascendidos. Erra, que perdió la capacidad de conseguir un cuerpo físico en el universo material y se convirtió en energía. Erra, que se coló en los sistemas de la prisión de la Gran Madre para hacerse pasar por una inteligencia artificial defensiva. Erra, la voz invasora que le manipuló.

“Un ascendido puede matar a otro ascendido, pero su doctrina les obliga a respetar sus vidas” era la frase que se le repetía una y otra vez dentro de la cabeza mientras el mundo interior a su alrededor se arremolinaba en conocimiento y colores. Pero seguro que había otras formas de matar a la Gran Madre, de eliminarla de una vez.

Escuchó una risa de una niña. Infantil y alegre, la siguió entre los borrones coloridos de su mundo interior. Pequeña, de sonrisa fácil y con un dragón de peluche entre sus manos. Sabía su nombre: Torcuata.

Entendió su historia. Repasó su expediente. Revivió su trágico incidente: de cómo la niña, infusionada genéticamente con los poderes de la Gran Madre, se descontroló. Su falta de gestión emocional provocó que los látigos de llamas arrasaran con todas las personas a su alrededor. De que todas los seres humanos teníamos algo de poder de la Gran Madre en nuestro interior, pero sin la llave genética adecuada, estos se manifiestan sin un control adecuado.

Su mente se trasladó a diferentes momentos de la historia de la Gran Madre, comprendiendo sus poderes. Capacidad de teletransportar materia a través del espacio-tiempo, como hizo con el planeta Tierra. Y como hizo con el resto de planetas donde cayeron sus semillas y floreció la humanidad. La capacidad regenerativa de su cuerpo, así como el control que tenía de sus adalides. De la forma de manipular las mentes de los demás humanos, ya que no eran más que una simple extensión de su existencia ¿Acaso no somos todos una pequeña parte de la Gran Madre?

Revivió una, dos y hasta tres veces el crecimiento del planeta osario dentro de la prisión que era Nueva Edén. De cómo absorbía y segaba las millones de vida de aquellos planetas que atraía con sus poderes limitados. De querer encontrar una aguja en un pajar: sus poderes reales. Los poderes que ahora dormían en el interior de Baudilio.

Sofronio se sentía mareado y confundido. Quería saber más. Pero todo el conocimiento se les desbocaba en el interior. Perdía el control. Se le mezclaban las terapias experimentales con tecnología que seguía sin haber sido aplicada en la realidad. Y, a pesar de toda la sabiduría adquirida por los creadores, acabaron pereciendo bajo el yugo de la Gran Madre.

El mundo interior de Sofronio, repleto de colores, colapsó en un telón negró que lo invadió todo. Su conciencia se apagó repentinamente y, durante unos segundos, sintió que flotaba en un vacío interminable.

Sofronio abrió los ojos de repente. De vuelta al mundo real, la luz a su alrededor le cegó durante unos momentos. Cuando se quiso dar cuenta, no estaba en su habitación, sino en la enfermería. No sentía sus piernas. No sentía sus brazos. Apenas podía mover la boca para hablar. Sus ojos se movían frenéticamente de un lado a otro. Aunque podía ver a su osito de peluche en su mano, no era capaz de ordenar que lo apretase con fuerza.

Entonces lo entendió todo: la terapia de transferencia de conocimiento fue tan extensa y tan brutal que su sistema nervioso apenas pudo aguantarlo. Sacrificó su cuerpo a cambio de ciencia, tecnología e información que de otra forma nunca habría conseguido.

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El imponente esqueleto de un dinosaurio, de un tiranosaurio. Centenares de cables que se perdían en las alturas lo mantenían colgado, pero de pie. La verdad es que a Sofronio siempre le fascinó este tipo de muestras de la historia, aunque no fueran ciencia del todo. O al menos él no quería entenderlo así.

—Bienvenidos a la biblioteca de Desmoterion, el mundo prisión —retumbó una voz por todos los rincones de la sala circular. El origen provenía de las mandíbulas del dinosaurio fosilizado, aunque no se percibía movimiento alguno —. Bienvenido, Sofronio, hijo de Longinos. Bienvenido, Erra, mariscal de los siempre ascendidos.

Aunque Sofronio estaba completamente maravillado por la voz retumbante, giró lentamente la cabeza para contemplar otra vez a su brillante y gigante asistente Pelos. ¿Cómo que Erra? ¿Acaso la voz invasora no era simplemente una inteligencia artificial que se le había introducido en la mente?

Aunque no podía verle los ojos por el resplandor, el muchacho sabía que sus miradas se habían cruzado. Se sentía engañado. Se sentía utilizado. Esta revelación provocó que su concentración se debilitara, convirtiéndose en una ligera sacudida en su mundo interior. Pero quería respuestas.

—¿Quién eres? ¿Qué eres? —no pudo evitar escupir las preguntas con tono acusador.

—Sofronio, es largo de explicar. Centrémonos primero en el Bibliotecario.

—Hace demasiado tiempo que nadie visita la biblioteca de Desmoterion. Hace demasiado tiempo que nadie acude a buscar sabiduría y conocimiento —la voz retumbó de nuevo en todas direcciones — ¿En qué os puedo ayudar? ¿Qué necesitáis saber?

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