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Disfruta de los relatos sin mojar la pantalla😉 . Si escribes o conoces a alguien que lo haga nos encantaría leerle. Sugerencias o relatos dirigirse a: @newrubia @Uzza1684 @CruzHalls 😘😘Besos de caramelo. @relatando
LA ARQUITECTURA DEL INCENDIO
I. La geografía de la espera
El sol de primavera caía sobre la terraza con una tibieza engañosa, pero el verdadero calor no venía del cielo. Todo ocurrió en ese margen insignificante para el resto del mundo: los noventa minutos en que nuestros hijos, al otro lado de la calle, asistían a clase. Yo estaba sentado entre el ruido de las tazas y el murmullo de los otros padres, pero nada de eso terminaba de llegarme. Mis ojos se habían quedado fijados en un único punto: el dibujo de tus labios.
Tú disimulabas. Mirabas el periódico, dejabas que la vista recorriera la calle, fingías una distracción casi convincente. Pero tus labios volvían a mí con la misma insistencia callada con la que los míos te buscaban. Durante ese rato la cafetería fue perdiendo contorno. Los demás siguieron allí, pero cada vez más lejos. Solo quedábamos nosotros, levantando en silencio el plano de algo que aún no tenía nombre.
—Vértigo —dijo el aire entre nuestras mesas.
Acordamos, sin decirlo del todo, que no habría brusquedad. No un choque, sino una precisión. Mis ojos recorrieron la comisura de tu boca con una lentitud casi táctil. Te imaginé inclinándote apenas, respirando tan cerca de mí que mi exhalación pudiera confundirse con la tuya. En algún punto de ese intercambio, el deseo dejó de pertenecerme por completo. Ya no era una voluntad aislada: era una forma de obediencia. Yo quería tu placer con una claridad que empezaba a parecer entrega; tú sostenías mi caída con una calma casi cruel.
II. El paréntesis de la traición
De pronto, los relojes señalaron nuestra hora exacta. No podíamos esperar a que terminara la clase; lo que llevaba tanto rato construyéndose había adquirido ya el peso de lo irreversible.
—Noventa minutos —susurré, no como una promesa, sino como un límite—. Noventa minutos para dejar de fingir.
No contestaste con palabras.
Te apartaste el cabello despacio, como quien necesita despejarse y no seducir. El cuello quedó expuesto de un modo casi involuntario, y en ese gesto mínimo algo cambió de naturaleza. Lo que hasta entonces había sido reflejo se volvió decisión.
El local siguió existiendo, pero sin autoridad. Las conversaciones, las risas, el tintinear de las cucharillas quedaron al fondo, amortiguados, como si el mundo hubiera pasado a otra habitación.
Nos levantamos sin prisa.
Ese fue el detalle más comprometedor: no había urgencia visible, ningún gesto que delatara el incendio. Solo dos cuerpos manteniendo la compostura mientras avanzaban hacia un punto ciego demasiado tiempo esperado.
No hubo contacto al cruzar la distancia. Ni un roce, ni un accidente, ni una concesión al azar.
Pero la distancia ya había dejado de significar nada.
Cada paso no nos acercaba: nos confirmaba.
Cuando llegamos a ese rincón apartado —ese lugar que, por un momento, dejó de pertenecer a los demás— se hizo evidente que no había vuelta atrás. No por lo que estaba a punto de ocurrir, sino porque en cierto modo ya había ocurrido antes, en la terraza, en las miradas, en el silencio sostenido más de la cuenta.
El sonido seco del cierre no fue un acto de voluntad.
Fue una consecuencia.
Y entonces, en ese segundo suspendido, justo antes del primer gesto inevitable, apareció algo incómodo: una lucidez limpia, casi fría.
La certeza de que nada de aquello era necesario.
Y aun así.
III. La combustión
La puerta apenas terminó de cerrarse cuando el aire cambió. No fue un impulso repentino lo que nos llevó el uno hacia el otro, sino el agotamiento de toda contención posible.
Nos acercamos como si ya lleváramos tiempo cayendo.
Tu espalda encontró la pared antes de que yo entendiera del todo haber dado el paso. Durante un instante nos quedamos así, muy cerca, respirándonos a una distancia que aún parecía pedir permiso. Ese último espacio —mínimo, tenso, ya inútil— fue lo único que quedó del mundo de fuera.
Sin dejar de besar a Montse, obedecí, deslizando los delgados tirantes del vestido azul por sus hombros, hasta que los pechos quedaron al descubierto. Eran redondos, turgentes, No me sorprendió descubrir que no llevaba sostén. Los acaricié con más intensidad y luego los besé. Eran dulces como la miel. Montse gimió.
Luego se sentó en el diván, justo al lado de Farah.
-¿Te gusta? –le preguntó ella.
-Sí, mucho –susurró Montse.
Farah la besó. Ambas se besaron intensa y ruidosamente. Por un momento pareció que se habían olvidado de mi existencia. Estaban concentradas en ellas mismas, besándose de forma apasionadamente ardiente. Era evidente que cuando Farah dijo que compartían todo, se refería a todo.
-¿Te gustaría que él te coma el coño? –le preguntó Farah.
Montse asintió.
-Sí –murmuró-. Sí, por favor…
Farah me miró.
-Adelante –dijo-. Quiero que la hagas acabar. ¿Puedes hacerlo?
-Lo intentaré –dije.
Me arrodillé frente a las piernas abiertas de Montse. Llevaba una tanga azul a juego con el vestido.
Primero la acaricié. Estaba muy húmeda. Montse gimió. Farah la besó otra vez y luego se dispuso a besarle los pezones. La mano de Montse bajó hasta la entrepierna de Farah y empezó a frotarla.
Luego de un par de minutos de masajes, empecé a besarla. Estaba deliciosa. Muy jugosa. Montse empezó a gemir con mayor intensidad. Farah la comía a besos, le besaba la boca, el mentón, el cuello. Luego se deslizó del diván.
-Eso –dijo-. Sigue así.
A continuación empezó a acariciar mi miembro, duro como una piedra. Lo sacó hábilmente del pantalón y empezó a frotarlo y apretarlo como solo ella sabía hacer. Yo me estremecí. Pensé que acabaría antes de hacer acabar a Montse.
-Haz que se corra – me dijo Farah con un tono que era entre autoritario y divertido-. Haz que se corra, pero no te corras tú.
Montse gemía y gemía cada vez más intensamente, arqueaba la espalda, todo su cuerpo se sacudía con mis lengüetazos.
-Lo va a lograr, Farah –anunció entre jadeos.
Finalmente, me sujetó la cabeza con ambas manos y explotó. Fue intenso y delicioso. Todo su cuerpo tembló. Luego cayó rendida en el diván.
-Lo has conseguido –me dijo Farah-. Muy bien.
Y me besó. Luego se dispuso a darle lengüetazos a la vagina empapada de Montse, saboreando su delicioso néctar. Después se incorporó y la miró.
-¿Te ha gustado? –le preguntó.
-Sí, mucho –djo Montse.
Farah la besó.
-¿Lista para follar?
Montse asintió.
Farah me hizo una seña, indicándome el diván. Me acosté boca arriba y Montse se subió a horcajadas sobre mí. Sujetó mi miembro con la mano y lo introdujo lentamente en ella. Su húmeda calidez era una delicia. Empezó a moverse adelante y atrás, adelante y atrás, cada vez más rápido.
Farah me miró.
-¿Te gusta follarte a mi amiga? –preguntó-. Folla muy bien, ¿verdad?
-Claro que sí –dije yo, sin aliento.
Acto seguido, Farah se quitó las bragas, se levantó la falda hasta la cintura y se sentó sobre mi cara, apoyando las rodillas en el diván.
-A ver si puedes hacernos acabar a las dos a la vez –dijo, mientras mi lengua entraba en su húmeda vagina.
Ahora las dos se movían rítmicamente sobre mí. Mi lengua lamía el clítoris de Farah y mi miembro se introducía y salía de Montse, cuyo néctar se derramaba por mi tronco.
El diván crujía y se sacudía. Las patas frotaban el suelo. ¿Aguantaría el peso de nosotros tres sin derrumbarse? Farah y yo ya lo habíamos usado muchas veces antes (fue el lugar donde lo hicimos por primera vez) y siempre había soportado nuestras embestidas, esperaba que esta vez no fuera la excepción.
-Voy a correrme otra vez –anunció Montse-. ¡Por Dios, otra vez!
-Yo también –dijo Farah-. Creo que lo va a lograr.
-Vamos, vamos, vamos… -decía Montse con cada sacudida.
Finalmente ocurrió. No fue rápido, pero fue intenso. Con un gemido que fue más bien un grito y un estremecimiento de piernas, Montse terminó. Apenas cinco o seis segundos después, Farah hizo lo propi, empapando mi cara con sus jugos.
Ella no se detiene. Continúa la operación, masajeando con la mano arriba y abajo y luego dando una chupada, una y otra vez.
-¿Ya estás a punto? -me pregunta, sin dejar de masajear.
-Ya casi...
Cinco segundos después, exploto. Me hubiera gustado aguantar un poco más, prolongar la operación de manera indefinida, el placer que siento es indescriptible, pero no puedo. Mi organismo me traiciona. Echo la cabeza hacia atrás con tanta fuerza que me golpeo la parte posterior con la pared del ascensor (que no ha dejado de subir en todo este tiempo). Mis rodilla se doblan y todo mi cuerpo tiembla con violencia.
Suelto una descarga monumental, como pocas veces me ha pasado. Siento como si mi cuerpo entero se vaciara. Jadeando pesadamente, abro los ojos y veo a Farah. Tiene la cara salpicada de enromes goterones blancos. Algunos se deslizan por su barbilla. Ella me mira a su vez, sonriendo con satisfacción. Ella también jadea levemente.
Creo que en ese momento digo algo más, pero no estoy seguro. El ascensor se detiene de golpe, con una sacudida y entonces me despierto.
Estoy en mi cama, revuelta y desordenada. Es temprano por la mañana. Me levanto, ofuscado porque el sueño ha terminado, ofuscado por lo vívido que fue y lo rápido que se esfumó. Noto que aún tengo una erección monumental, pero no hay humedad, ni en mi ropa interior ni en las sábanas. No hubo ningún "accidente nocturno", lo cual agradezco. Me levanto para ir al baño, todavía con imágenes del sueño danzando en mi cabeza. Cuando salgo, más refrescado, el móvil suena, sobre la mesita de luz. Acaba de llegar un mensaje. Me acerco a la recogerlo, intuyendo de quién será.
Enciendo la pantalla, ingreso el código de seguridad y abro el mensaje:
«¡Buenos días! Espero que hayas dormido bien. Acabo de despertar después de haber soñado contigo toda la noche. ¡Y vaya sueño! (¿Alguna vez nos vimos en un ascensor?) Me quedé con muchas ganas de recrearlo en la vida real. Cuando vuelvas hoy del trabajo, pasa por casa si te apetece. Te aseguro que no te vas a arrepentir. Un beso.
F.»
Sonrío. ¿Acaso tenemos poderes telepáticos?, me pregunto y no por primera vez. Salgo del cuarto revitalizado, dispuesto a enfrentar el día, pensando en lo mucho que disfrutaré cuando regrese.
Imagen.... Internet
Texto...Fedexior
Cuando finalmente se quedaron quietos, abrazados, la ciudad seguía allí afuera, indiferente y eterna. Lucía pensó en el club, en aquella puerta fría, cerrada, que había sido el inicio de todo, y sintió una gratitud inesperada por haber cambiado de planes. No todas las noches ofrecen la posibilidad de ser inolvidables; algunas se limitan a pasar. Esta, en cambio, se iba a quedar.
Se durmieron un rato, o quizá solo descansaron con los ojos cerrados. Al amanecer, la luz gris de París entró tímida por la ventana. Compartieron un café, unas pocas palabras honestas, una sonrisa cómplice. Al despedirse, Lucía supo que, pasara lo que pasara después, esa noche ya formaba parte de su biografía, de ese archivo secreto donde se guardan los encuentros que nos recuerdan quiénes somos cuando nos atrevemos a escucharnos y a no tener miedo.
Texto... Valérie Tasso
Imagen... Internet
MI PRIMERA VEZ CON UNA MADURA
Conocí a una mujer madura de 49 años cuando yo tenía 19 años. Era una mujer chaparrita, culona, piernuda,es decir, gordi buena. ella siempre usaba leggins, así que sus piernas se veían muy ricas y uno veía ese culote, a pesar de que la blusa lo tapaba. Cuando caminaba se le movía bien rico el culo y los hombres volteaban a verlo.
En el trabajo, todos los hombres decían que ella tenía un lindo culo. Además de tener un lindo culo, tenía unas lindas piernas. Si usaba jeans, ese culo se veía rico.
Tuve la oportunidad de salir con ella por primera vez. Ese día ella llevaba un leggin negro, camisa blanca y saco negro, se veía como una secretaria coqueta. Cuando la vi, me sentí feliz de poder estar con ella. Platicamos y al despedirnos le pedí un beso en la boca. Ella accedió y me dio un beso de piquito y después otro. Eso sería el inicio de una relación que duraría más de 6 años.
Después de los besos de piquito, nos despedimos y nos volvimos al ver al término de unos días.
Ese día volvimos a platicar y esta vez nos besamos en la boca. Yo me sentía feliz de estar con una mujer madura. Antes de estar con ella yo decía entre mí: "Qué dichosa la pareja de la mujer, es bonita y tiene un rico culo". Aproveché para acariciarle sus piernas al momento de besarla. Fue una tarde linda y deliciosa. Al despedirnos, nos volvimos a besar en la boca, le acariciaba las piernas y me sentía feliz de que ya estaba probando y acariciando las piernas de la mujer bonita y culona.
Posteriormente, nos volvimos a ver durante dos veces y volvió a pasar lo mismo. La única diferencia fue que los besos eran con lengua y yo le acariciaba su lindo culo al besarla y ella con su mano acariciaba mi miembro.
Una vez, nos citamos en el lugar de costumbre. Habían pasado ya 30 minutos y como ella no llegaba, yo decidí irme del lugar. Recibí un mensaje de ella que decía "Dónde estás? Ya estoy en el punto de encuentro". Yo le respondí "Te estuve esperando durante 30 minutos y como no llegaste, decidí irme".
Ella me dijo " No quieres hacer el amor?". En las dos últimas citas que tuvimos habíamos quedado de hacer el amor, pero cuando nos veíamos solamente nos dábamos un faje. Ella decía "que tal que mis estrías o mis lonjas no te van a gustar?". Yo le decía "Tú me gustas y todo de ti me gusta, no digas eso".
Entonces al recibir el mensaje de que si no quería hacer el amor, pensé que sería como las veces anteriores. Nos veríamos, platicaríamos, nos besaríamos cachondamente y le acariciaría su lindo culo y ella me acariciaría en la parte de mi miembro.
Le dije "Ya me voy". Ella me preguntó "Entonces no quieres verme?"
Yo pensé entre mí "Es mejor volver al punto de encuentro", entonces le respondí "Espérame, ya voy para allá".
Llegué a los diez minutos, ella como siempre muy hermosa, llevaba un leggin puesto y blusón, sus piernas se veían deliciosas. Sus labios pintados se veían coquetos. Al llegar, la saludé con un beso en la boca.
Estuvimos platicando un ratito y después nos paramos para tomar el transporte que nos dejaría cerca del motel.
Al llegar al motel nos dieron la habitación. En la habitación, nos empezamos a besar muy rico, apasionadamente. Ambos usábamos nuestras lenguas al besarnos y nos acariciábamos. Yo le acariciaba su lindo culo y le repegaba mi miembro en su estómago. Ahí me di cuenta que ella usaba tanga. Anteriormente la había acariciado el culo, pero solo normal. Esta vez las caricias eran completas.
Ella se quitó su blusa y su leggin. Estaba en tanga y en brasier. Se veía muy deliciosa y yo estaba feliz porque por primera vez le haría el amor a una mujer. Mi miembro estaba bien parado. Me quité la camisa y el pantalón. Entonces ella con su mano empezó a tocar lo que se iba a comer. Los besos se volvían más apasionados y las caricias también.
Ella se echó en la cama boca arriba, entonces yo me subí. Yo llevaba un condón, pero de lo caliente que estaba no me lo puse. Ella me había dicho que al natural era más rico y que a poco una paleta se chupa con la envoltura.
Autor........Abdías
Imagen... internet
SUERTE DE ALGORITMO
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El vino tinto respiraba en la copa, su aroma a roble y bayas llenando el espacio entre el recuerdo y la realidad. Clara observaba el líquido granate, evitando por un momento mirar directamente a Elena. Diez años. Una década entera se había interpuesto como un océano de silencio entre ellas, y ahora, aquí estaban, en el suave resplandor de una velada de sábado en un bar tranquilo, como si el tiempo fuera solo una ilusión.
Elena, a los cuarenta, había pulido sus aristas. La chica salvaje y de risa estridente que Clara recordaba de sus treinta años ahora irradiaba una calma serena y poderosa. Llevaba el pelo, antes siempre rebelde, recogido en un moño desenfadado que dejaba al descubierto su nuca, un lugar que Clara recordaba con una nitidez que la sobresaltó. Sus manos, al girar la copa, eran fuertes, con venas finas que se dibujaban bajo la piel, y Clara sintió un eco lejano de cómo se habían sentido esas manos en su cintura, en su mejilla, en la pequeña de su espalda.
“Sigo sin creer que te haya encontrado por casualidad”, dijo Clara, su voz un poco más ronca de lo habitual. El algoritmo de una red social, un comentario fugaz en una foto mutua de un amigo, y de repente, un mensaje directo. Y luego, este café que se transformó en copa de vino.
“El universo es caprichoso”, respondió Elena, con una sonrisa que no llegaba del todo a sus ojos grises, pero que calentaba el aire a su alrededor. “He pensado en ti a menudo. En nosotras.”
Esas dos palabras, “en nosotras”, cayeron entre ellas con el peso de un mundo perdido. Habían sido amigas, sí, pero en los últimos meses antes de que la vida las separara – un trabajo en el extranjero para Clara, una relación intensa y absorbente para Elena –, algo más había florecido. Un roce que se prolongaba, una mirada que buscaba respuestas en la penumbra, un beso borracho y furtivo en una fiesta que nunca hablaron después. Fue un brote tierno que nunca llegó a echar raíces.
“Yo también”, admitió Clara, sintiéndose valiente. A los cuarenta, la timidez era un lujo que ya no se podía permitir. “He pensado en lo que pudo ser y no fue.”
El silencio que siguió no fue incómodo, sino cargado, eléctrico. Era como si hubieran estado bailando alrededor de este momento durante toda la velada, midiendo sus palabras, reconstruyendo los puentes. Finalmente, Elena dejó su copa. “¿Quieres seguir hablando en otro sitio? Mi casa está a cinco minutos. Tengo un Rioja mucho mejor que este.”
Clara asintió, sin permitirse dudar. “Sí. Me encantaría.”
El apartamento de Elena olía a libros, a velas de sándalo y a ella. Era un espacio ordenado pero cálido, con cojines mullidos y una manta tejida sobre el sofá. Elena sirvió el vino prometido en dos copas grandes y se sentó a su lado, no en el sillón contrario, sino lo suficientemente cerca como para que Clara sintiera el calor de su muslo a través de la tela de su pantalón.
Hablaron de sus vidas: de los trabajos que las consumían, de las relaciones que habían llegado y se habían ido, de la paz extraña y a veces solitaria que encontraban en la cuarta década de sus vidas. Pero las palabras empezaron a perder importancia frente al lenguaje del cuerpo. La mirada de Elena se posó en los labios de Clara, y esta sintió un latido acelerado y familiar en sus entrañas.
“Ese beso”, susurró Elena, como si leyera su mente. Su mano se posó sobre la de Clara, y el contacto fue una descarga suave que le recorrió todo el brazo. “El de la fiesta de Carla. Nunca pude olvidarlo.”
“Yo tampoco”, respiró Clara, girando su mano para entrelazar sus dedos con los de Elena. Era increíble lo bien que encajaban, como si las huellas de sus pieles se hubieran estado esperando.
Fue Elena quien cerró la distancia final. Suavemente, con una lentitud que era pura tortura y éxtasis, inclinó la cabeza y besó a Clara. No fue un beso de exploración tímida, sino de reclamación. Un beso que sabía a diez años de preguntas sin respuesta, a Rioja con cuerpo y a la certeza tardía de los adultos que ya no tienen tiempo para juegos.
DULCE O TRUCO
El 31 de octubre llegué a casa del trabajo y cuando abrí la puerta, vi que había un sobre blanco tirado en el suelo. Lo levanté, curioso. No tenía remitente, ni firma, nada. Solo un sobre blanco. Sin sellar. Abrí la solapa y dentro encontré una tarjeta de cartulina de color negro. La retiré del sobre y percibí una leve fragancia que me resultaba muy familiar. Era una tarjeta de Halloween con el dibujo de una bruja sensual sentada sobre una enorme calabaza en la tapa. La abrí y leí el siguiente mensaje escrito en tinta blanca:
Cuando vuelvas del trabajo ven a verme.
Estaré en mi apartamento.
F.
Sonreí. Estaba algo cansado, pero la invitación de mi vecina del 217 era algo que resultaba demasiado tentador como para resistirse. Guardé la tarjeta en el sobre, la dejé sobre la mesita que había al lado de la puerta y salí del piso.
Fui hasta la puerta del 217 (el corredor había sido adornado por algunos vecinos con decoraciones tétricas de murciélagos de cartón y fantasmitas de algodón) y toqué el timbre. Sentía que el corazón me latía cada vez más deprisa. Al cabo de unos segundos, Farah preguntó al otro lado de la puerta:
-¿Quién es?
-Soy yo –dije-. Recibí tu tarjeta.
-Pasa –dijo ella-. La puerta está abierta.
Me sorprendió un poco la respuesta. De todas maneras, giré el pomo, abrí la puerta y entré.
El piso estaba a oscuras. Todas las luces estaban apagadas. Ya casi había anochecido y noté que todas las cortinas estaban cerradas. La luz provenía de velas rojas y negras que había por todas partes. No sé cuántas eran, pero no debía haber menos de cien, dispuestas en las mesas, los rincones, las estanterías. Había falsas telarañas colgando de los muebles y calabazas de papel maché colgadas del techo que me miraban con sus ojos vacíos y siniestras sonrisas. Farah se había esmerado mucho en la decoración, tenía que admitirlo. No pude evitar sonreír. Pero a ella no se la veía por ninguna parte.
-¿Farah?
Su voz llegó de alguna parte en la oscuridad:
-En la habitación Entra.
Crucé la sala y en el camino vi un enorme bollón de vidrio lleno de caramelos y golosinas de toda clase en la mesita de centro. No pude evitar inclinarme y tomar un puñado.
Llegué a la puerta del dormitorio, que estaba abierta y entré. Más velas. Más telarañas sintéticas. Pensé que Farah tardaría una eternidad en quitar todo eso cuando terminaran las festividades. La cama tenía sábanas de satín negro y las almohadas fundas de un rojo tan intenso que parecía brillar bajo la luz de las velas.
Me acerqué a la cama, pensando que ella estaría allí (la oscuridad de las sábanas y la escasa luz proporcionada por las velas no me permitía ver bien). Pero no. Estaba vacía.
-¿Farah?
Escuché que la puerta se cerraba a mi espalda. Me giré de inmediato y la vi. Llevaba un conjunto de lencería negro y una bata morada semitransparente. Tenía los labios pintados de un rojo tan intenso como el de las almohadas de la cama. No llevaba nada más, excepto por un puntiagudo sombrero de bruja en la cabeza. Estaba irresistible.
-¿Dulce o truco? –preguntó sin más.
Tardé un instante en responder.
-Dulce –dije confuso.
Ella se acercó a mí con rapidez, me rodeó el cuello con los brazos y me besó con intensidad. Fue un beso largo, cálido y muy excitante. Cuando terminó, me dijo:
-Y ahora viene el truco.
Me empujó sobre la cama. Sus manos empezaron a acariciar mi sexo, que desde el beso, estaba duro como una piedra. Lo liberó de su prisión desabotonando y bajando el cierre del pantalón. Sujetándolo con una mano, se sentó en la cama, junto a mí y empezó a masajearlo, arriba y abajo, subiendo y bajando. Apretaba y aflojaba la mano con un ritmo calculado, lo suficiente para llevarme al borde del éxtasis, pero sin pasarlo.
Mi mano buscó su sexo, quiso acariciarlo, sentir su cálida humedad, pero ella la apartó de inmediato con su mano libre.
-No –dijo-. Todavía no.
Las manos de él exploraron cada curva, cada centímetro de su piel empapada de sudor, desde sus pechos firmes hasta su coño humedo. Los jadeos de Clara llenaron el pequeño espacio, ya no reprimidos, sino urgentes, guturales. La compostura de Clara se desvaneció por completo. Sus movimientos se volvieron frenéticos, sus manos agarrando con fuerza los hombros de Marco, las uñas clavándose ligeramente en su piel sudorosa.
"Más... por favor, más", gimió ella, su voz irreconocible, cruda de deseo y demanda. Sus caderas se alzaron, buscando el roce, la presión que él le estaba negando por un instante.
Marco sonrió, una sonrisa de triunfo y pura pasión. Apartó el bikini, ajustó su erección contra la entrada húmeda de ella, sintiendo el calor, la promesa de la carne. Se posicionó sobre ella, y empujó su polla dentro de ella, la piel pegándose con el sudor, el sonido pegajoso de sus cuerpos rozándose llenando el aire. La conexión fue inmediata, visceral. El ritmo comenzó lento, exploratorio, un vaivén que preparaba la embestida, y luego se aceleró, impulsado por los gemidos cada vez más fuertes de Clara. Ella le devolvió cada empuje con la misma fuerza, arqueando la espalda, el vello púbico rozando el suyo, el placer haciéndola temblar.
"¡Oh, Marco! ¡Así! ¡Justo así!", exclamó Clara, su voz ya no modulada, sino un grito de placer puro, explícito, desgarrado. Su lenguaje, antes tan comedido, se volvió tan gráfico como las acciones, una manifestación de la bestia de deseo que se había liberado dentro de ella. Marco se perdió en sus exclamaciones, en la pasión desatada que irradiaba de cada poro de su piel caliente.
"Dios ...", Alcanzaba a decir Marco mientras la penetraba.
"Correte dentro, necesito tú leche", Clara estaba irreconocible, y por supuesto, Marco iba a satisfacerla.
El olor a sexo y sudor llenaba la sauna, un aroma embriagador. Él se movió con más fuerza, más profundo, hasta que ambos se retorcieron en un clímax explosivo, la sauna vibrando con sus cuerpos sacudidos por el orgasmo.
Cuando salieron de la sauna, el aire fresco les pareció gélido, a pesar del calor ardiente de sus cuerpos. Sus miradas se cruzaron, llenas de una mezcla de agotamiento, un placer sucio y un éxtasis recién descubierto. El sudor les goteaba por la frente, por la espalda, una mezcla de excitación y vapor.
"Mi habitación está en el piso de arriba", dijo Clara, su voz todavía un poco ronca, sus ojos brillantes con una promesa desvergonzada. Ya no había rastro de la mujer recatada del congreso. Solo puro deseo, tangible y abrasador.
Marco no dijo nada, solo le tomó la mano. Subieron juntos en el ascensor, la toalla de él aún precariamente colocada, la de ella, casi deslizándose, revelando la marca roja de su piel excitada. La puerta de la habitación de Clara se cerró detrás de ellos, y el mundo exterior desapareció por completo. Las sábanas de algodón egipcio de cinco estrellas serían testigos de la segunda parte de una noche inesperada y deliciosamente prohibida, donde la línea entre el decoro y la depravación se había borrado por completo.
Texto: Hades
Ni a mí. Casi de inmediato, volvió a emprender la marcha.
Parecía que en el cuarto había un terremoto. Pensé que las patas de la cama se quebrarían hacia afuera como ramas secas y nos desplomaríamos en el suelo. No me importaba que eso pasara, al menos, mientras durara la acción.
Entonces fue mi turno. Ella se levantó en el último segundo y nos corrimos ambos a la misma vez, ella nuevamente con gran intensidad. Yo exploté sobre sus muslos, salpicándolo todo como una fuente averiada. Ella río, satisfecha. Había obtenido exactamente lo que había querido.
Yo me desplomé en la cama, jadeando, totalmente agotado. Mi cuerpo ardía con explosiones de adrenalina, mi corazón galopaba descontrolado. Me sentía como si acabara de correr una maratón.
Ella se inclinó hacia adelante y volvió a besarme. Luego se levantó. Recogió su ropa con rapidez y se dirigió a la puerta.
-¿Ya te vas? -pregunté entre jadeos.
Ella se volvió y me sopló un beso. A continuación salió del cuarto, casi a hurtadillas y cerró la puerta con mucha suavidad, casi sin hacer ruido. Yo volví a desplomarme en la cama y cerré los ojos, todavía jadeando.
Me pareció que pasaron un par de minutos y entonces volví a abrirlos. Entonces me di cuenta de la verdad.
-Maldición -gruñí.
En efecto, había sido un sueño. Uno muy intenso e increíblemente vívido, pero un sueño al fin. Nada de lo que había ocurrido había sido real. Me di cuenta que estaba acostado sobre salpicaduras de humedad, pero me entristeció darme cuenta de que solo era mía.
Frustrado, me levanté de la cama, bruscamente. Manoteé el móvil que había dejado sobre la mesita de noche, como siempre. Eran las siete y media de una mañana radiante. Faltaba media hora para que sonara el despertador. Suspiré. Era increíble como mi mente inconsciente había logrado elaborar una fantasía tan realista. Me sentía tan agotado como si hubiese sido real.
Tenía que ir al baño. Además, quería mojarme la cara y despejarme un poco. Di un paso hacia la puerta, cuando pisé algo rugoso. Miré hacia abajo y el corazón me dio un vuelco. Me pregunté si aún estaba soñando.
Me incliné y recogí el objeto, observándolo como si se tratara de un espécimen raro y totalmente desconocido. Era la tanga color azul eléctrico de Farah.
No, no estaba soñando. Allí estaba. Podía sentir perfectamente su textura y su aroma, el aroma inconfundible y excitante de Farah.
Me quedé un instante allí parado como un idiota, observando la tanga, como para asegurarme de que era real. Entonces, sonó el móvil a mi espalda. Acababa de llegar un mensaje. Volví a la mesita, recogí el teléfono y lo leí:
<<Espero que hayas disfrutado de mi intromisión matutina. Hacía días que no nos veíamos y tenía muchísimas ganas. Para mí ha estado genial. Cuando puedas, pasa por mi apartamento para devolverme la tanga. Tal vez hasta podamos repetirlo. Que tengas un buen día.
F.>>
Texto: Fedexior
VOLVIENDO AL PASADO
Las olas rompen contra la arena de la playa. La marea está alta y encima tenemos mareas vivas con lo que está subiendo con fuerza pero aún así es divertido saltar las olas o dejar que se estrellen contra ti.
Salgo del agua y entonces la veo.
Han pasado muchos años pero estoy seguro que es ella
Su cuerpo ha cambiado pero su cara sigue igual. Con unos años más eso sí pero sigue siendo preciosa. Sigue teniendo unas curvas tremendas pero ahora no son las de una veinteañera si no las de una mujer madura. Hay un niño con ella por lo que deduzco que ha sido madre.
La sigo observando sin que ella repare en mi. No creo que me reconozca. Debería hablarle pero me pasa igual que hace veinticuatro años, me acobardo. Me sigue poniendo igual de nervioso.
Hace veinticuatro años....
Hoy he conocido a la chica de mis sueños. Iba con dos de mis amigos y nos encontramos a tres chicas . Mi amigo Torres ha intentado venderles una entrada para nuestro paso de Ecuador pero ella la ha rechazado incluso cuando Torres le ha dicho " Joder vaya ojos tienes" a lo que ha respondido divertida " anda que tú no" pues Torres es de esos tíos que además de guapo tiene ojazos y labia con las mujeres todo lo contrario a mí. No es que sea feo joder pero me cuesta hablar con ellas.
Después de esa tarde coincidimos un par de veces de camino a clase, pero como buen tímido simplemente la saludé. Hasta Nochevieja...
Me la he encontrado en un pafeto de casualidad, qué guapa está. Me ha dado un abrazo y dos besos y me ha dicho que se enteró que pregunté por ella.
_Cómo estás? Recuperada?
_Si, ya estoy bien, tú qué tal? Bien
Y hasta ahí fue nuestra conversación. Sabía que había tenido un accidente de coche pero no me atreví a pedirle su número de teléfono a sus amigas y hoy tampoco he sido capaz de hacerlo y así se escurrió entre mis brazos la última oportunidad de tener algo con ella hasta hoy.
Veinticuatro años después .
Se ha sentado en la toalla a leer un libro y su niño juega a la pelota hasta que se le escapa y acaba en mi toalla.
_Perdón
_No pasa nada.
Le devuelvo la pelota y sigo mirando como le da toques y le digo a mi hijo que se anime a jugar con el y así pasan media tarde ellos jugando a la pelota y yo... mirándola.
Se ha hecho un par de tatuajes en un tobillo y en un hombro pero no distingo lo que son. Yo sin embargo me la tatué a ella. Nunca pude olvidarla y me tatué una cruz egipcia .
La veo levantarse para venir a buscar a su hijo y me entran los nervios de nuevo. Habla con los niños y yo me acerco sin saber bien que decir hasta que ella me mira y....
_Santi?
_Hola-Sonrio de oreja a oreja - Cuanto tiempo no? Y que casualidad
Sin más abre los brazos y me da un abrazo y un beso
_Que sorpresa.
_Os conocéis? - dicen nuestros retoños
_Si...hace mucho tiempo que nos conocemos y mucho más que no nos vemos.
Sonreímos y....eso es otra historia
DEDICADO A...Santi donde quiera que estés 😉.
Texto....CN
Imagen...la red
LA CENA
Estoy mojada, quizás sea el exceso de vino que empieza a hacerse con el control o esas miradas lascivas con las que no dejan de penetrar mi cuerpo.
Me hace estar incómoda y al mismo tiempo, tengo la sensación de estar empapando la silla, temo que en cualquier momento se empiece a formar un charco a mis pies.
Igual obedecerte y presentarme así vestida, ha sido excesivo, me siento desnuda.
Me haces sentir un juguete, pero me gusta no tener que pensar, simplemente obedecer y dejarme llevar, dejar mi mente en blanco.
Porque no necesito juzgar ni diferenciar entre lo bueno y lo malo, no debo preocuparme de eso cuando estoy contigo.
Mi función pasa por comportarme como tu perra fiel, obedecer y acatar tus órdenes, me pone que me hagas sentir así, tan sucia.
El calor que me provoca la excitación, comienza a dejar señales más que evidentes, enrojeciendo mi cara y por si fuera poco mis pezones no paran de endurecerse, dibujandose a la perfección tras la suave y escasa tela que cubre mi escote.
Intento no pensar mucho,estoy en un lujoso restaurante, repleto de gente, hombres de mediana edad en su mayoría con sus elegantes trajes y exceso de gomina, acompañados por esas jóvenes y preciosas mujeres que despiertan mis inseguridades y sentimiento de inferioridad.
Me esfuerzo por centrarme únicamente en ti, con la sonrisa nerviosa de una adolescente.
Tengo miedo a perder todo esto, no quiero decepcionarte, tal vez no estaba tan preparada como creía.
Este cóctel de emociones me está desbordando y busco algo de protección tras mi copa, que utilizo a modo de escudo, humedeciendo continuamente mis labios
No quiero quedarme allí rodeada de personas que simplemente no existen, en mi mundo ahora mismo, no existen, tan solo estás tú.
Así que al levantarte, entiendo que debo seguirte, me disculpo y torpemente hago caer la copa de vino al incorporarme.
El sonido de la copa al caer y derramar el vino sobre el mantel, enciende los focos sobre mi, mientras oscurece ese mundo que hace tan solo un instante no existía.
En ese instante me volví tan frágil como el cristal de esa copa...
Cualquier comentario será bien recibido @madrid75
LA CHICA DEMENTE
Tiene días estando raro, ya no me llama como antes, tampoco me busca, ahora soy yo la que tiene que estar tras de él para saber si nos veremos. Indudablemente sé que algo no anda bien.
Hoy quedó para vernos, pasa por mi al lugar de siempre, subo a su auto y le beso, lo siento frío, pero aún así me corresponde. El viaje es demasiado silencioso, lo veo apretar el volante, mas no digo nada. Llegamos al motel y bajamos del auto, él mete la llave en la puerta. La misma habitación, el mismo motel durante casi un año, sin embargo el ambiente se siente completamente diferente, ya no hay urgencia de poseer, ni esa felicidad de saberme con él. La pesadumbre es casi palpable, asfixiante, completamente triste.
Él me hace seña de que entre primero, no lo hace con su sonrisa de siempre y eso me hiela la sangre, mentiría si digo que no me duele hasta el alma. Lo abrazo fuerte, esperando se pueda quedar esta noche completa, siempre lo ha hecho, pero hoy es diferente, lo sé, quizá note mi desesperación por no poder hacer nada y mínimo decida quedarse hasta la madrugada,
que espere a que yo esté dormida y ahora sí, que emprenda su partida.
Se sienta en la orilla de la cama y yo me recuesto a su lado acaricia mi rostro y sin decir una palabra besa mi cabeza y pone su frente sobre la mía.
—Lo lamento...
—Shhht —pongo uno de mis dedos sobre sus labios para silenciarle, no quiero que hable, no quiero escuchar explicaciones. La tiene a ella, lo sé, siempre lo supe. Nunca esperé que la dejara, tampoco esperé promesas de su parte, nunca pedí más que lo que podía darme, ratos robados, besos clandestinos, miradas prohibidas. Siempre lo supe.
—Pero
—Por favor, no digas nada. Arruinarás todo —las lágrimas amenazan con abandonar mis ojos, pero las obligo a no hacerlo. Nunca he llorado delante de él, ésta no será la primera vez. Él asiente y entonces me jala hacia sus labios, el beso es voraz, sin ningún atisbo de ternura o amor...
...duele.
Es un gesto de despedida supongo,
ya he vivido ésto antes, con otros amores pero nunca con un dolor tan indescriptible, nunca de esta manera. Detengo ese beso casi mortal y solo lo abrazo, él hace lo mismo, nos entendemos bien sin palabras, siempre lo hicimos, nuestros cuerpos, nuestras caricias siempre lo hicieron por nosotros, ellas lo sabían decir todo. Nosotros, con nuestras palabras somos un poco torpes.
Ambos nos recostamos en la cama, yo comienzo a peinarlo con mis dedos, mi mente divaga. Si pudiera hacer que se quedara ésta noche... yo, yo sería inmensamente feliz. Me levantaría y prepararía café,
lo esperaría en la cocina medio desnuda con nada más que su camisa cubriendo mi sexo,
prepararía el desayuno, y después... quizá después haríamos el amor como siempre.
Sabiendo que ya tendría que marcharse, lo haría como nunca y como siempre, con profundo amor.
Pero ahora, en ésta cama, teniéndolo a él abrazado a mí, no puedo siquiera besarle, se siente inapropiado, raro, doloroso.
¿Es que no se cómo reaccionar, ó que hacer, ó que decir? Así que solo me quedó inmóvil, dejando que acaricie mi cabello,
soy de las estúpidas que se enamoran, de las que dicen ser valientes aún con el corazón roto. Se que si se marcha no moriré por él,
sí, me dolerá el alma y quizá me deprima y tarde meses, quizá hasta años en olvidarle, sé que le extrañaré como loca día y noche,
que cada canción me lo recordará,
pero no moriré y sé que él tampoco morirá, la tiene a ella para besarle el alma, para acompañarlo en sus noches de soledad.
Conoceremos gente nueva,
y sé que volveré a amar, quizá a uno o más.
Pero la realidad es que si me dieran la opción de cambiar a mil por él, lo haría sin dudar,
lo haría sin si quiera pensarlo.
De pronto detengo mi mente descarrilada, no dejo de darle vueltas al asunto, no dejo de pensar y yo no quiero dormir.
La verdad es que no había hecho nada de esfuerzo, porque el diván era bastante ligero y fácil de manejar, pero la idea de quedarme más tiempo admirando a la vecina me agradó.
-Claro, me encantaría –dije.
-Así tendremos oportunidad de probar el diván –dijo dando media vuelta y dirigiéndose a la cocina. Yo me quedé ahí parado tratando de procesar la frase.
Volvió a los pocos segundos con dos vasos enormes llenos de burbujeante refresco de limón. Me dio uno y me señaló el diván.
-¿Por qué sigues de pie? –me preguntó.
-Buena pregunta –dije y tomé asiento. El diván era sorprendentemente cómodo.
Ella se sentó junto a mí, muy cerca, tanto, que podía percibir su delicado perfume. Tuve que hacer un esfuerzo para que mis ojos no bajaran hacia el pronunciado escote de su camiseta verde. Apuré la bebida. Estaba helada y deliciosa y me bebí casi todo el vaso de un tirón. Ella me miraba con intensidad y sonrió.
-¿Tenías sed? –preguntó.
-Un poco –logré decir, casi tosiendo.
-Bueno, vecinito –dijo y levantó una mano para apoyarla en mi hombro y empezar a acariciarlo-. Espero que también tengas hambre.
Me volví a mirarla y no pude aguantarme más. Me incliné hacia adelante y la besé. Con ganas. Sus labios eran suaves, cálidos, húmedos, deliciosos. Ella me rodeó el cuello con la mano y me apretó contra ella, mientras su lengua traviesa jugueteaba con la mía. Nos besamos con frenesí durante un minuto o dos, pero a mí me pareció mucho más tiempo. No podíamos despegar nuestras bocas. Finalmente, ella se separó. Sonriendo, me quitó el vaso casi vacío de la mano y lo dejó, junto con el suyo, casi lleno, sobre una caja de cartón grande que había al lado del diván. Luego se lanzó sobre mí. Yo me recosté con ella encima y volvimos a besarnos casi con rabia.
Mis manos acariciaban sus voluminosos pechos por encima de la camiseta. Ella metió una mano dentro y los sacó por el pronunciado escote sin esfuerzo. No llevaba sujetador. Eran senos hermosamente redondos, de aureolas rosadas y pezones muy duros. Ella se retrepó en el diván para que quedaran a la altura de mi cara y pudiera saborearlos con facilidad. Mientras tanto, sus manos habían bajado hasta mis pantalones y no dejaban de acariciarme. Apretaban y tiraban de esa parte de mí que estaba tan dura como una piedra y yo sentía a punto de estallar. Mis manos también hicieron lo suyo: bajaron hasta la ajustada malla púrpura que llevaba y empezaron a frotar. Pude sentir el calor y la humedad de su sexo a través de la tela elastizada. Metí la mano por debajo de la cinturilla, mientras mi lengua jugueteaba con sus pezones. No llevaba bragas y estaba increíblemente húmeda. Mis dedeos se mojaron de inmediato. Ella gemía con cada roce. Quise levantarme para besarla justamente allí, pero ella se me adelantó: buscó el cierre de mi pantalón, lo bajó, metió la mano. Sacó mi pene duro y palpitante y empezó a frotarlo despacio pero con intensidad. Apretaba, casi al punto de producirme dolor, aflojaba, subía la mano, la bajaba, volvía a apretar, aflojar, subir y bajar la mano… Sentí que me derretía. Sentía que estaba a punto de explotar y a la vez no.
Se separó de mí, arrodillándose en el suelo, pero sin soltarme, y empezó a usar la lengua. Con ella acariciaba la cabeza y los costados. No llegó a metérselo en la boca, simplemente jugaba con la lengua y lo besaba. Lamía el tronco, la cabeza, la besaba, volvía a lamerla. Pensé que me iba a desmayar. El placer era demasiado.
Luego de lo que pareció una eternidad, se incorporó. Bajó las mallas hasta la mitad de los muslos, descubriendo su hermoso y húmedo sexo. Volvió a sujetar mi pene con la mano y lo introdujo dentro de ella, despacio, milímetro a milímetro, gozando al máximo con el proceso. Luego empezó a moverse hacia adelante y hacia atrás, cada vez más rápido. Gemía y sus pechos saltaban enloquecidos. El diván crujía, se sacudía, pero por el momento, aguantaba. Y yo también, increíblemente.
Y mientras, la chica volvió a gemir más fuerte aún, sentándose sobre él y clavándose la dura polla hasta lo más profundo, probablemente no habría podido reprimir el gemido de placer y estaría ahora comenzando a cabalgarlo, al lento ritmo del sonido del agua contra las rocas.
Aitor, volvió a centrarse en el aquí y el ahora y se quedó aún más quieto, intentando escuchar cada detalle y logrando así intuir, entre el ritmo acompasado de las olas, los gemidos de la pareja.
Su entrepierna, ahora con una prominente erección en curso, le pedía que se quedara a disfrutarlo y su mente por el contrario, intentaba poner el necesario punto de sensatez.
Pero acabó venciendo el morbo y el deseo y abriendo la bragueta de su pantalón, procedió a dar rienda suelta al disfrute del regalo que el azar y el momento, habían colocado a su paso.
Entre susurros, gemidos, jadeos y algún que otro crujido del banco, sobre el que sin duda estaban, él comenzó a masajear su ya endurecido miembro y mientras mezclaba recuerdos e imaginación, comenzó a masturbarse lentamente siguiendo el ritmo del mar y sin duda, también el de la apasionada pareja.
Poco después, sin haber transcurrido apenas un par de minutos, fue el chico el primero en alcanzar el orgasmo, reflejado en una serie de entrecortados gemidos como señal inequívoca.
Seguramente el trabajo previo había dado sus buenos frutos, haciendo que el chico explotase considerablemente rápido y de una manera tan intensa.
Casi al instante, e imaginando la polla del jadeante chico, descargando a chorros toda su leche caliente e inundando así el coño chorreante de quien se lo estaba follando, Aitor eyaculó también, salpicando una considerable cantidad de resbaladizo semen, sobre la tibia tarima de madera, en mitad del silencio y de la oscuridad de la noche.
Y cuando aún goteaba, apurando con torpes movimientos de su mano la intensa paja, un gemido largo y reprimido le indicó que ella, también estaba acabando, también gozando del clímax, también evadiendose de la realidad por un breve instante, también sintiéndose más viva que en cualquier otro momento del día, también estaba en el paraíso del descontrol que sólo puede ser provocado por el deseo y la pasión. Ella también había culminado.
Así que Aitor, apuró unos segundos más allí quieto, terminando de disfrutar lo acontecido, antes de girarse y de nuevo en el más absoluto silencio, entre la oscuridad y la soledad, como quien despierta de un sueño, dirigirse nuevamente hacia su hotel, sospechando eso sí, que la sesión carnal de aquella desconocida pareja, probablemente se alargarse aún durante un largo rato más, al ritmo de las olas, abrigados por la oscuridad y en la intimidad de la noche.Iskra
Después desapareció.
El primer contacto no fue violento, pero sí definitivo. Como dos líneas que, tras demorarse demasiado, acaban por cruzarse. Tus manos dejaron de dudar; las mías también. Ya no había cálculo ni teatro, solo una respuesta largamente retenida.
El tiempo empezó a deformarse.
Había urgencia, sí, pero también pausas extrañas, como si el cuerpo necesitara verificar una y otra vez que aquello estaba ocurriendo. Una respiración que se interrumpía. Un temblor breve en los dedos. El golpe leve de una muñeca contra la pared. La conciencia incómoda de la ropa, de la piel, del calor excesivo en un sitio demasiado pequeño. Todo era inmediato y, al mismo tiempo, increíblemente nítido.
Afuera, la vida seguía obedeciendo su horario. Adentro, en cambio, cada segundo parecía fuera de ley.
Perdimos la medida exacta de los minutos. El espacio quedó reducido a lo esencial: la cercanía, el calor, la dificultad de seguir pensando con claridad. No hacía falta nombrar nada. Bastaba con no detenerse.
Y aun así, en mitad de esa deriva, permanecía una conciencia obstinada: la de estar cruzando una línea invisible, la de habitar un paréntesis que no volvería a abrirse de la misma manera.
Cuando el ritmo empezó a ceder, no fue por falta de intensidad, sino por exceso. Como si el cuerpo recordara de pronto que también tiene borde.
Nos quedamos quietos.
No del todo separados, pero ya no en choque. Respirando con ese desfase torpe que deja lo irreversible. Afuera, alguien se echó a reír. Un sonido cualquiera, normal, casi ofensivo en su normalidad.
Entonces nos miramos.
Fue la primera mirada verdadera desde que todo había empezado.
Y en ella ya no había anticipación, sino conciencia. No del deseo, que seguía allí, sino de su precio.
El reloj continuaba avanzando.
Había que recomponerse.
No hablamos. No hacía falta. Cada gesto posterior —alisar la ropa, apartar un mechón fuera de lugar, recuperar el pulso, devolverle al rostro una expresión reconocible— pertenecía al mismo acuerdo silencioso que había empezado al otro lado de la calle, entre las mesas de la terraza.
Cuando salimos, la luz seguía siendo la misma.
Pero ya no lo era.
Autor: Camilo
Foto: Google
Ambas se besaron y rieron, como felicitándose por la hazaña. Luego se levantaron. Farah me besó intensamente. Montse también.
-Ahora es tu turno –me dijo Farah y me sujetó del brazo para que me sentara. Lo hice y de inmediato, ella y Montse comenzaron a practicarme sexo oral.
Cada una de un lado, subían y bajaban pasando la lengua. Farah le daba pequeños besos a la cabeza palpitante y Montse mordisqueaba con suavidad el tronco. Yo sentía que me iba a desmayar y a reventar al mismo tiempo. Ambas operaban con una calculada lentitud, con movimientos que parecían coreografiados. Mientras una subía por un lado, la otra bajaba por el otro, luego empezaron a subir y a bajar al mismo tiempo. Querían hacerme explotar con la máxima potencia.
Mis manos se hundieron en los almohadones del diván como garras. Eché la cabeza hacia atrás. Ya estaba a punto. De pronto ellas dejaron de usar la boca y empezaron a sacudirme con las manos. Farah usaba una y Monste la otra.
-Ya casi –le dijo Farah a su amiga-. Lo va a lograr.
-Quiero toda la carga en mí –dijo Montse.
-No seas egoísta –rió Farah-. Yo también quiero.
-Creo que… habrá para… las dos –logré decir entre jadeos.
Ellas se echaron a reír sin dejar de usar las manos. Y entonces exploté. Fue repentino y brutal. Farah y Montse volvieron a reír esta vez con satisfacción, mientras enormes goterones blancos las salpicaban. Todo mi cuerpo se estremeció. Al final, ambas recibieron casi la misma cantidad. No me soltaron hasta haber extraído hasta la última gota. Yo me dejé caer en el sofá, agotado.
-Muy bien –dijo Farah-. Lo hemos conseguido.
-Vaya que sí –dijo Montse-. Deberíamos hacer esto más seguido.
-Por mí encantado –repuse, con los ojos cerrados, ya sin fuerzas.
Ellas volvieron a reír y se besaron, celebrando.
Imagen.... internet
Texto..... Fedexior
TRES SON COMPAÑÍA
Era sábado por la tarde y estaba en mi piso leyendo una novela de misterio, cómodamente instalado en el diván. No tenía nada más interesante que hacer y mis planes para el resto del día no involucraban nada más emocionante que encargar una pizza por teléfono y comerla viendo una película, cuando me hartara de leer.
Fue entonces cuando el móvil sonó, anunciando la llegada de un nuevo mensaje. Estaba sobre la mesita de centro y tuve que levantarme y abandonar mi cómoda posición para recogerlo y ver el mensaje. Me preguntaba quién me escribiría un sábado a esa hora y por qué. Pero en cuanto miré la pantalla no pude evitar sonreír. Era un mensaje de Farah, mi vecina del apartamento 217.
<<Estás muy ocupado? Si no, me gustaría que vinieras. Quiero enseñarte algo.>>
Me levanté del diván de inmediato, como si me hubiese impulsado un resorte. Tendría que haber sido muy estúpido para ignorar o rechazar un mensaje de Farah. No sabía qué era ese “algo” que me quería enseñar, pero intuía que sería interesante y podría darle a mi anodino sábado un poco de sabor. Pasé rápido por el baño, me mojé la cara y me peiné rápidamente con las manos. Luego tomé el móvil y respondí:
<<Estaré ahí enseguida.>>
Busqué las llaves y salí del piso. Fui hasta la puerta de mi vecina y toqué el timbre. Ella tardó exactamente quince segundos en abrir. Me recibió con una sonrisa cálida. Yo contuve el aliento. Estaba espléndida, como siempre. Llevaba una falda negra, blusa blanca bastante traslúcida (que dejaba entrever el sostén negro con encajes) y tacones negros. Parecía lista para salir de fiesta o ir a beber un cóctel.
Se apartó para dejarme pasar.
-No has tardado nada –dijo-. Adelante.
-Bueno, vivo aquí al lado –dije, mientras ella cerraba la puerta-. No es precisamente una distancia considerable la que tengo que recorrer.
-Eso veo.
-¿Qué es eso que querías mostrarme?
-No es “eso“ –dijo ella, sin dejar de sonreír-. Sino alguien. Ven.
Me condujo hasta la sala y la seguí.
En el diván había sentada otra mujer. Al verme llegar, sonrió y se levantó. Debía rondar la misma edad que Farah. El cabello negro y rizado le caía hasta los hombros, de una piel lechosa. Llevaba un vestido azul con bastante escote y la falda dejaba ver bastante de sus bonitos muslos.
-Esta es mi mejor amiga, Montse –me dijo Farah, haciendo las presentaciones.
-Hola, encantada –dijo Montse. Hablaba con una voz suave, como un ronroneo.
Me abrazó pegando mucho su cuerpo contra el mío. Sorprendido, le devolví el abrazo. Sentí la suavidad de su piel y el delicado aroma de su perfume.
-Igualmente –dije.
Nos separamos, pero Montse no quitó su brazo de mis hombros.
-Ella y yo somos muy unidas –me informó Farah-. Lo compartimos todo.
-Eso es genial –dije yo.
-Farah me ha hablado mucho de ti –me dijo Montse-. Me ha contado las cosas que hacéis juntos.
-¿De verdad? –dije yo, sorprendido. Bueno, en realidad no me sorprendía tanto que Farah le contara esas cosas a una amiga a la que consideraba tan cercana.
-Si –dijo Montse-. Y hacía tiempo que tenía ganas de conocerte.
No supe qué decir. No era esa una frase que yo escuchara muy seguido.
-Gracias.
Farah se echó a reír.
-Bueno, ¿y qué te parece Montse? –me preguntó-. ¿Te gusta?
-Es muy guapa –dije, mirando a la amiga de mi vecina. De verdad lo era.
-Bueno, ¿y qué estás esperando? –me dijo Farah-. ¡Bésala!
Antes de que pudiera hacer nada, Montse acercó su cara a la mía, me rodeó el cuello con los brazos y me besó. Sus labios eran deliciosos, cálidos, suaves. Su lengua juguetona empezó a enredarse con la mía. Mis manos empezaron a acariciarla, primero el cuello, luego los hombros, luego bajaron hasta los pechos. Montse no dejaba de besarme, casi con desesperación, era como si hubiese estado esperando ese momento desde hacía mucho. Yo sentía que estaba soñando. ¿Y Farah?
Abrí los ojos y la miré. Se había sentado en el diván y se estaba acariciando mientras nos veía. Con una mano se frotaba los senos y había bajado la otra hasta su entrepierna.
-Así –dijo-. Así, continúen. Bájale el vestido.
SOÑANDO CON FARAH
Estoy en un ascensor (¿O acaso es un armario? Lo cierto es que da igual), al parecer en un edificio muy muy alto. Estoy subiendo. Y subiendo. No hay tablero de botones ni luces. Las paredes del ascensor-armario son completamente lisas, de un color plateado azulado. Las luces del techo son cálidas y agradables, no frías como cabría esperar. El suelo es tan liso como las paredes y de un tono gris apagado. Puedo escuchar el murmullo monocorde que hace el aparato al ascender. Lo hace a gran velocidad.
¿Qué estoy haciendo ahí? ¿Cómo y cuándo llegué, en primer lugar? No importa. El caso es que estoy aquí, subiendo en un extraño ascensor sin botones a toda velocidad hacia algún sitio. ¿Qué tan alto es el edificio? Tampoco importa. Muy, muy alto, al parecer.
De pronto, el ascensor se detiene. En realidad no lo hace de golpe, sino despacio. Va bajando la velocidad hasta detenerse por completo. Apenas lo siento en el cuerpo. El murmullo suave para. Se escucha una campanilla y las puertas del ascensor se abren delante de mí, de forma tan silenciosa, que si no las hubiera visto, no hubiera sabido que se abrían.
Fuera del ascensor todo es oscuridad. Vacío. Es como si la caja en la que estoy estuviera flotando en la nada. Entonces, una figura emerge de la negrura y entra en el ascensor. Me mira fijamente. Sonríe de forma provocativa. Yo me sorprendo. No esperaba encontrarla allí.
Las puertas del ascensor se cierran detrás de ella tan silenciosamente como se abrieron. El ascensor empieza a subir otra vez, el murmullo se reanuda.
Ella no deja de mirarme y sonreír.
-Hola -le digo.
-Hola -responde ella.
Es Farah, mi vecina del apartamento 217. Caigo en la cuenta de que hace días (o quizá semanas) que no la veo. Tal vez por eso mismo está allí en ese momento.
-¿Qué haces aquí? -le pregunto de manera casual.
-Lo mismo que tú -responde y se acerca a mí. Me rodea el cuello con los brazos-. Subir.
A continuación, antes de que pueda decir nada más, me besa. Un beso largo y cálido. Su lengua se enreda con la mía durante un largo momento. Su mano baja, furtiva, hasta mi entrepierna. Empieza a apretar y acariciar con suavidad. Luego me susurra al oído:
-Pero yo prefiero bajar.
Entonces se agacha. Me baja el pantalón de un tirón. Sujeta mi miembro, que ya está bastante duro, con una mano y de inmediato se lo introduce en la boca. Yo cierro los ojos y apoyo la espalda en la lisa y fría pared del ascensor. Farah usa los labios, la lengua y hasta los dientes con maestría y con intensidad, pero sin ir demasiado rápido.
Su lengua sube por un lado, baja por el otro, deteniéndose un instante en la cabeza, donde da una suave y pequeña mordida, antes de seguir con la lengua hacia el otro lado. Yo ya estoy duro como una piedra, completamente a su merced. Ella succiona, se lo introduce por completo en la boca, hasta hacerlo desaparecer, lo mantiene allí un instante, luego lo libera, vuelve a los lametones a un lado y a otro. Repite el proceso una y otra vez. Yo estoy jadeando, con la cabeza echada hacia atrás y los ojos en blanco. Entonces Farah se detiene un momento, sin soltar mi pene, y siento que me mira fijamente. Yo la miro a ella. Pienso que se va a detener definitivamente y va a hacer otra cosa o a pedirme que haga algo, pero entonces vuelve a la carga, introduciéndolo en su boca otra vez.
Empieza a mover la cabeza adelante y atrás, adelante y atrás. Al principio con lentitud, luego cada vez más rápido, produciendo oleadas de placer que me hacen temblar. Siento que mi miembro se infla más allá del límite con cada chupada. ¿Cuánto puedo durar? No lo sé. Siento que en cualquier momento voy a explotar.
De pronto, vuelve a detenerse. Vuelve a mirarme con intensidad durante un momento, al punto de que casi me siento cohibido. Y entonces empieza a usar la mano. Aprieta y sacude mi miembro con un ritmo regular, casi coreográfico. Luego vuelve a usar la boca otra vez. Ahora usa la boca y la mano, alternándolas en perfecta sincronía.
-Farah... -logro decir con un gemido débil.
PARÍS
Pactaron verse frente a una puerta discreta de la rue Saint-Denis, apenas marcada por un símbolo casi invisible y un timbre sin nombre. Lucía llegó unos minutos antes, como siempre que algo le importaba de verdad. París estaba húmedo, la noche respiraba un otoño tardío, y ella pensó que aquel club privado kinky era solo una excusa. Lo que de verdad le atraía era el gesto de atreverse, de no ir sola, de confiar en la intuición que le había provocado un perfil en una app de citas.
Él apareció sin hacer ruido, como si hubiera estado allí desde siempre. Quizá en un rincón, escondido, esperando a que Lucía apareciera para poder ver cómo era aquella mujer tan determinada con la que había chateado toda la tarde. No era exactamente como en las fotos, o quizá sí, pero la diferencia era otra: la forma en que le miró, sin prisa, como si no tuviera que demostrar nada. Se saludaron con dos besos que se quedaron suspendidos un segundo más de lo normal. Lucía notó ese pequeño desajuste, esa electricidad mínima que no se puede fingir. El club estaba delante de ellos, pero en ese instante dejó de existir.
Hablaron de cosas banales, de lo absurdo que era quedar directamente delante de una puerta cerrada, de cómo París tenía la capacidad de convertir cualquier cita en una promesa. Él le dijo su nombre; ella sonrió al escuchar cómo lo pronunciaba con un acento que no era del todo francés. Hubo una risa compartida, una complicidad precoz, y entonces, Lucía entendió que la noche ya había cambiado de dirección.
—¿Y si no entramos? —propuso ella, casi en un susurro, sorprendida de su propia audacia.
No hizo falta explicarlo más. Caminaron juntos sin tocarse apenas, pero conscientes de cada movimiento del otro. El trayecto hasta su piso fue corto y largo a la vez, lleno de silencios cargados y frases que se interrumpían porque no eran necesarias. Subieron las escaleras antiguas de un edificio regio, y Lucía pensó que ese sonido —el de los pasos acompasados y la respiración compartida— quedaría grabado en su memoria más que cualquier música del club al que no fueron.
El piso olía a libros, a café frío y ceniceros llenos. Lucía encendió una lámpara pequeña, dejando el resto en penumbra. París se filtraba por la ventana como un rumor lejano. Se quedaron de pie, mirándose, conscientes de que esa cita ya se estaba tintando de otro color. Él le preguntó si estaba segura. Lucía respondió acercándose un poco más, acortando la distancia hasta que el aire entre ambos se volvió casi tangible.
El primer beso fue lento, exploratorio, como si ambos quisieran memorizarlo. No había urgencia, sino una atención delicada, una curiosidad mutua que se expresaba en cada gesto. Lucía sintió cómo algo dentro de ella se aflojaba, una tensión antigua, lejana, y pensó que hacía tiempo que no se permitía estar así: presente, abierta, sin las expectativas rígidas de siempre.
Se quitaron la ropa como quien deja caer capas innecesarias. Cada prenda era una confesión silenciosa. La noche avanzaba al ritmo de sus respiraciones, de caricias que no buscaban conquistar, sino comprender. El tiempo perdió su forma lineal; solo existía esa habitación, ese encuentro improbable nacido de una app poco fiable y transformado en algo mucho más íntimo.
Lucía se descubrió observándose a sí misma desde dentro, consciente de su cuerpo y de sus pensamientos, de la manera en que el deseo no siempre es un incendio, a veces es una marea lenta que lo invade todo. Él parecía percibirlo, adaptarse a ese tempo, acompañarla sin imponer. Hubo momentos de risa suave, de miradas largas, de silencios que decían más que cualquier palabra.
Clara respondió con la misma intensidad, su mano liberada yéndose a la nuca de Elena, deshaciendo el moño y hundiendo los dedos en esa masa de cabello suave y oscuro.
El beso se profundizó, se volvió más urgente. Las manos empezaron a recorrer territorios conocidos y olvidados. La curva de una cadera bajo el jersey, la línea de una clavícula, la suave hinchazón de un pecho. Clara gimió contra la boca de Elena cuando aquellos dedos expertos encontraron su pezón a través de la seda del sujetador, endureciéndolo con un pellizco suave y diestro.
“Quiero verte”, murmuró Elena, separándose solo un centímetro, su aliento caliente en el oído de Clara. “Te he imaginado tantas veces.
La guió hasta el dormitorio, una habitación sumida en la penumbra, iluminada solo por la luz de la luna que se filtraba entre las persianas. Se desvistieron sin prisas, con una reverencia que el tiempo y la ausencia les otorgaban. No había vergüenza, solo una admiración hambrienta. Clara contempló el cuerpo de Elena, más lleno, más mujer, marcado por las suaves líneas plateadas de la vida en sus caderas, y lo encontró infinitamente más hermoso que en cualquier recuerdo de juventud.
Elena la tumbó sobre las sábanas frescas y comenzó un viaje lento y meticuloso con sus labios y sus manos. Besó la comisura de su boca, la línea de su mandíbula, el latido acelerado de su garganta. Descendió por su esternón, deteniéndose a adorar cada centímetro de piel redescubierta. Cuando su boca finalmente se cerró alrededor de un pezón, Clara arqueó la espalda, una oleada de puro placer sacudiendo su cuerpo. Los dedos de Elena trazaron caminos de fuego por su abdomen, bajando, siempre bajando, hacia el centro del calor que ardía en ella.
Al llegar, Elena no se abalanzó. Se detuvo, respirando el aroma íntimo y musgoso de Clara, haciendo que esta se retorciera de necesidad. “Por favor”, suplicó Clara, ya sin ningún tipo de orgullo, entregada por completo al deseo.
Entonces, el contacto. Suave, firme, experto. Los dedos de Elena, primero uno, luego dos, encontraron su entrada y se deslizaron dentro con una facilidad que le partió el alma. Era como volver a casa. Un gemido largo y tembloroso escapó de los labios de Clara mientras sus caderas comenzaban a moverse al ritmo que aquellas manos le marcaban. Era un ritmo antiguo y nuevo a la vez, una danza que sus cuerpos recordaban pero que ahora ejecutaban con la habilidad y la paciencia que solo dan los años.
Elena la observaba, sus ojos grises oscuros en la penumbra, bebiendo cada espasmo, cada jadeo. Se inclinó y capturó los labios de Clara en otro beso profundo y húmedo, sincronizando el movimiento de su boca con el de su mano. La presión dentro de Clara se volvió insostenible, una espiral de luz blanca que se enroscaba en su vientre. Gritó, ahogando el sonido en el hombro de Elena, mientras la ola del orgasmo la arrasaba, sacudiéndola con una intensidad que no sentía desde hacía una eternidad.
Cuando los últimos estremecimientos la abandonaron, Clara se quedó jadeando, acunada por el cuerpo de Elena. No hubo palabras. Solo el sonido de su respiración entrecortada mezclándose. Elena se acomodó a su lado, sin retirar del todo su mano, que descansaba posesiva sobre el bajo vientre de Clara.
A través de la ventana, la luna iluminaba sus cuerpos entrelazados. Diez años de silencio, de vidas paralelas, se habían disuelto en una sola noche. No se trataba de recuperar el tiempo perdido, comprendió Clara mientras sentía la respiración de Elena sosegarse a su lado. Se trataba de que, a veces, el segundo acto es más dulce, más profundo y más verdadero que el primero. Y cerró los ojos, sabiendo que, esta vez, no se dejarían escapar.
Autor....Ale
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No dejaba de apretar, de subir y bajar. Había pegado su cara a la mía y de vez en cuando me lanzaba un lengüetazo a los labios, a medida que aumentaba el ritmo de las sacudidas. Yo era prisionero del placer. No quería que se detuviera y a la vez quería acabar. Me tenía a su merced, como solo ella sabía hacerlo.
-¿Me lo vas a dar todo? –me susurró al oído con un jadeo-. Quiero que lo sueltes todo, quiero ver cómo salta tu leche. Hasta la última gota.
Yo asentí con la cabeza.
-Estoy cada vez más húmeda –dijo entonces-. Cada vez más mojada…
Mi mano quiso comprobarlo pero ella otra vez la apartó.
-Todavía no –dijo riendo con pícara malicia-. Todavía no, tramposo.
Me estaba provocando de una manera brutal. ¡La malvada bruja!
Su mano parecía estar poseída por una fuerza sobrenatural. Apretaba mi miembro duro y palpitante cada vez más fuerte y subía y bajaba cada vez con más intensidad. No me dolía, todo era placer. Farah era muy buena con las manos.
Eché la cabeza hacia atrás, jadeando.
-Farah… -murmuré.
-Shhh –dijo ella poniendo un dedo sobre mis labios-. El truco todavía no terminó.
-No falta mucho ya –logré decir con voz ahogada.
Ella sonrió, encantada. Luego me miró muy seria. La expresión cambió de forma tan abrupta que resultó casi cómico.
-Quiero hasta la última gota, ¿me has oído? –dijo con tono solemne, como una maestra exigente reprendiendo a un alumno-. Hasta la última gota.
-Recibido –dije yo.
Siguió tirando, subiendo, bajando, apretando. No le daba descanso a mi miembro. Ni yo quería que le diera descanso. No sé si pasó un par de minutos o veinte. El caso es que por fin estaba por cumplir lo que ella quería.
-¿Ya casi? –preguntó. Yo asentí con la cabeza, incapaz de articular palabra-. Ya puedes tocar.
Tomó mi mano y la por fin la puso en su entrepierna. Sentí la tibia humedad a través de la fina tela de la tanga. Mis dedos acariciaron el clítoris, duro, mojado. Ella gimió.
-¡Vamos! –dijo-. Dámelo todo.
Entonces exploté. Ella también, porque mi mano no dejó de acariciarla, pero mi estallido fue más fuerte y brutal. El chorro blanco y brillante saltó trazando un enorme arco que salpicó a Farah en los pechos y el cuello. Ella no dejó de apretar y tironear, siguió haciéndolo, hasta que salió la última gota.
Yo me desplomé de espaldas sobre la cama, completamente agotado. Me había vaciado, no solamente de semen, sino de energía. No tenía fuerzas ni siquiera para jadear.
Por fin me soltó. Mi miembro, todavía duro, aún se sacudía con espasmos involuntarios. La cabeza me daba vueltas. La habitación giraba, sentía que la cama flotaba sobre un mar cada vez más embravecido.
Farah se inclinó sobre mí, sonriendo.
-Has estado muy bien –dijo.
-Gracias. Por una vez la bruja del cuento se salió con la suya.
-Así es –asintió ella.
-¿Tendría que haber dicho truco en lugar de dulce? –pregunté.
Ella se echó a reír.
-Hubieras obtenido ambos de todas formas –respondió-. Feliz Noche de Brujas.
Y me besó.
Autor.......Fedexior
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LA TENTACIÓN DEL VAPOR
El último orador por fin se calló, y el murmullo de alivio recorrió la sala del congreso. Marco estiró los brazos con una sonrisa pícara, captando la mirada de Clara a unos pocos asientos. Ella le devolvió una sonrisa tímida, ajustándose las gafas. Llevaban tres días de conferencias soporíferas en aquel hotel de cinco estrellas, y la tensión, la profesional y la otra, se cortaba con un cuchillo.
"¿Señal de que se acabó el suplicio, por fin?", le preguntó él, acercándose a su silla. Su voz, siempre un poco demasiado alta para un congreso, resonaba con un optimismo contagioso.
Clara se rió, "Dios te oiga, Marco. Mis neuronas necesitan un respiro."
"Tengo la solución perfecta", dijo él, guiñándole un ojo. "Bar, digestivo fuerte y luego... ¿qué tal un poco de vapor para los músculos tensos? Este hotel tiene un spa que es una maravilla".
Ella dudó un instante. La idea de compartir un espacio tan íntimo como el spa con Marco, con el que ya había habido miradas y comentarios que rozaban lo indebido, le ponía nerviosa. Pero la curiosidad, y un deseo oculto, ganaron la batalla. "Suena... tentador", admitió.
El bar era un bullicio elegante. Entre cócteles y risas sueltas, la conversación entre Marco y Clara fluyó con una libertad que no permitían las salas de reuniones. Las bromas de él se volvieron más atrevidas, las respuestas de ella, más desinhibidas. Las manos se rozaron varias veces al coger las copas, y cada contacto encendía una chispa.
"¿Listo para la purificación?", dijo Marco, levantándose con una sonrisa. Clara asintió, su corazón latiendo un poco más rápido.
El aroma a cloro y aceites esenciales les dio la bienvenida al spa. Se separaron para los vestuarios, la anticipación creciendo con cada prenda que se quitaban. Cuando Marco la encontró en el área de piscinas, ella ya estaba envuelta en una toalla, su cabello recogido y húmedo. Él, con solo una toalla alrededor de la cintura, le dedicó una mirada que hizo que la piel de Clara se erizara.
"La sauna está por aquí", susurró él, guiándola hacia una puerta de madera.
El calor envolvente de la sauna los golpeó al entrar. El aire era denso, pesado, cargado con el olor a madera caliente y a cuerpos que empezaban a sudar. Se sentaron en el banco de madera, las gotas de sudor empezando a perlar su piel. La niebla se volvía más espesa con cada respiración.
"Esto es... intenso", jadeó Clara, sintiendo cómo el calor le aflojaba los músculos y, curiosamente, también sus inhibiciones.
"Te lo dije", respondió Marco, su voz más grave de lo habitual. Se giró hacia ella, y sus ojos se encontraron en la penumbra. "Y lo que viene, es aún más intenso".
La mano de Marco se movió lentamente, rozando el muslo de Clara por encima de la toalla. Un escalofrío recorrió su cuerpo. Ella no se apartó. Al contrario, se inclinó ligeramente hacia él, buscando su aliento caliente, ese vaho que le prometía algo más.
"Marco...", susurró Clara, su voz apenas un hilo.
Él no esperó más. Su mano se deslizó bajo la toalla, sintiendo la suavidad húmeda de su piel, la sensación tibia de su intimidad a través del tejido de su bikini. El aliento de Clara se aceleró cuando los dedos de él rozaron su entrepierna. Se miraron fijamente, los ojos de él llenos de una expectación voraz y sin disimulo, los de ella, de un deseo recién liberado, salvaje.
"Tú lo has querido", murmuró Clara, su voz ronca, casi un gruñido.
Sin más palabras, la toalla de Clara se deslizó hasta el suelo, un montículo inerte a sus pies. Sus senos, empapados de sudor, se alzaron con cada respiración. Separó sus piernas mostrando su bikini humedecido, "Quiero que lo folles", dijo con firmeza.
Marco empujó sus piernas, haciendo que se recostara en el banco de madera. El calor de la sauna se convirtió en el fuego que consumía sus cuerpos, un calor que ya no venía del ambiente, sino de dentro. Sus labios se encontraron en un beso hambriento, desesperado, la lengua de Marco explorando cada rincón de su boca.
EN SUEÑOS
Abrí los ojos y allí estaba: de pie junto a la cama, mirándome. Me sobresaltó, pero no demasiado. Me di cuenta que en el fondo estaba esperando encontrármela así, era algo que había estado deseando desde hacía días.
-¿Cómo… cómo has entrado? -le pregunté, confuso.
Ella sonrió y se llevó el dedo índice a los labios.
-Shhhh… -susurró.
¿Esto está ocurriendo de verdad? ¿Estoy despierto? ¿Estoy soñando? No podía asegurarlo. Me sentía confuso y a la vez no. La situación se antojaba onírica y tremendamente real al mismo tiempo.
Farah, mi vecina del apartamento 217, se inclinó hacia adelante y subió a la cama. Subió sobre mí. Antes de que pudiera reaccionar, rodeó mi cuello con sus brazos y me besó. De manera lenta, seductora. Ardiente. Sus labios suaves y cálidos y su lengua húmeda jugaron con mi boca.
No puede ser un sueño, pensé. Esto se siente demasiado real. Su textura, su aroma, su calor, eran demasiado tangibles para ser producto de mi imaginación. Sin embargo…
Me pregunté qué hora sería. El cuarto estaba iluminado por luz natural que atravesaba la cortina de la ventana, pero se me antojaba que era temprano. Sin embargo, el despertador no había sonado aún… ¿O sí? En todo caso, ¿por qué estaba pensando estúpidamente en la hora cuando tenía a Farah allí sobre mí? Nuestro último encuentro había sido hacía dos semanas, cuando había terminado de ayudarla con la mudanza. Desde entonces, la había perdido de vista. Nuestros horarios rara vez coincidían. Por supuesto, no había dejado de pensar en ella, ni de evocar nuestra primera vez en el diván de su apartamento.
Y ahora estaba allí. En mi casa. De alguna manera había logrado entrar sin que me diera cuenta. ¿Le había contado sobre la llave oculta que guardaba en el hueco del lado de afuera del marco de la puerta? No lo recordaba. Tampoco tenía importancia. No me molestaba en absoluto su intrusión.
Empezamos a besarnos de manera cada vez más apasionada. De pronto, ella se separó de mí. De un tirón, me quitó las sábanas de encima y sus manos empezaron a masajearme allí abajo. Me puse duro como una piedra casi al instante. Sus manos subían y bajaban, subían y bajaban, haciéndome estremecer. En un momento, se desabotonó la blusa blanca que llevaba puesta, liberó sus pechos del sujetador y empezó a utilizarlos para frotarme. La piel era tan suave y su contacto tan excitante, que temí explotar en ese mismo instante. No quería, quería que la cosa durara más, el máximo tiempo posible. Mientras se dedicaba a la tarea, Farah no dejaba de mirarme. Tenía los ojos clavados en mí. Su mirada era tan intensa que casi me ruborizaba. Era una mirada incitadora, provocadora y severa, todo a la vez.
-Farah… -dije sin aliento.
-Shhhh -repitió ella.
Y acto seguido empezó a usar la boca. Su lengua se enroscaba al rededor de mi miembro, duro como la piedra, subía, bajaba, subía y bajaba… También se ayudaba con la mano. Apretaba, lamía hacia arriba, soltaba, apretaba, lamía hacia arriba, soltaba…
No puede ser un sueño, definitivamente no es un sueño, me decía una y otra vez, sintiendo que me iba a derretir de placer.
Luego de lo que pareció una eternidad de lamidas y apretones, me soltó. Se levantó de la cama y con rápida agilidad se quitó los ajustados vaqueros que llevaba, arrojándolos con descuido al suelo. Me gustó mucho la tanga azul eléctrico que llevaba puesta. Antes de que pudiera reaccionar, se sentó a horcajadas sobre mí. Con la mano guió mi sexo hacia el suyo.
La penetración fue lenta como placentera. Farah empezó a sacudirse hacia adelante y hacia atrás, rodeándome el cuello con las manos otra vez. Comenzó a besarme con una intensidad increíble. Su lengua se enredaba con la mía, mientras la cama se sacudía y crujía con intensidad ascendente. Empezó a gemir cada vez más rápido y de golpe, con un brusco espasmo, se detuvo, arqueando la espalda y echando la cabeza hacia atrás. Se había corrido con fuerza. Sentí su cálido néctar descendiendo sobre mí. Todo su cuerpo tembló como si hubiera recibido una descarga eléctrica. Pero no se permitió ni un segundo de descanso.
BÚSCAME
Búscame… no en un mapa, no en una dirección, sino en el eco de un suspiro, en la huella invisible que dejó nuestra pasión en el tiempo. Búscame en la ceniza aún caliente de besos que se extinguieron demasiado pronto, en el eco de risas que ahora solo habitan en la memoria.
Búscame en la fragilidad de una lágrima solitaria, que se desliza por una mejilla fría, recordando la intensidad de un amor que llenó hasta desbordar el corazón. Búscame en el silencio que grita, en la ausencia que duele más que cualquier presencia. Búscame en la melodía incompleta de un vals que bailamos a medias, donde la música se desvaneció antes de llegar al final.
Búscame en el perfume desvanecido de tu piel, un aroma que se aferra a mi memoria como un clavo oxidado, recordándome el tacto, la cercanía, la promesa rota de un futuro que jamás llegó. Búscame en la brisa que susurra nuestro nombre, una canción fúnebre para un amor que murió demasiado joven.
Búscame en el vacío que dejaste tras de ti, un vacío que resuena como un campanario roto, anunciando la pérdida, la separación, el fin de un sueño. Búscame en la pregunta sin respuesta, en el "¿Qué fue lo que nos pasó?", que se repite como un mantra en la soledad de la noche. Búscame… porque aunque nos hayamos perdido, una parte de mí sigue buscándote en los rincones más oscuros y más profundos de mi alma.
Patricia Brito 💕
Me doy cuenta que ha dejado de acariciar mi cabello, giro mi cabeza y me doy cuenta que se ha quedado dormido. Lo observo detenidamente, éste hombre es el que romperá mi corazón y quizá nunca lo olvidaré,
le amo con locura, jamás creí poder enamorarme de esta manera. Irónico sí, él es mi todo y sin embargo no me pertenece, nunca lo hizo, aún así decidí regalarle todo lo que soy.
Me pongo en pie y él se gira tratando de abrazarme pero solo queda recostado de lado abrazando la nada...
Quizá así me quedaría yo ésta noche,
hecha un ovillo y llorando su partida.
Tomo una decisión, ahorrarnos a ambos el dolor, a él el de irse y a mí, el de quedarme.
Seré yo la que me marche, cojo mi bolso y en silencio empaco mis cosas. Abro la puerta a la oscura y fría noche, son las dos de la madrugada, en otros días estaríamos enredados entre las sábanas, besándonos cada rincón de la piel. Respiro el aire insalubre de motel de paso, desinfectante y aromatizantes baratos. Giro mi cabeza para mirarlo una última vez, ahí está, recostado, el hombre que amo y quizá el amor de mi vida y ni siquiera puedo decirle adiós...
Caminaré hasta que mi corazón deje de doler o hasta que mis pies comiencen a sangrar,
lo que pase primero. Ahora solo puedo decir hasta otra vida amado mío, una donde tú no seas prohibido, una donde pueda amarte de día también. Una donde seas solo mío.
Sahori Hernández
Sahori Hernández/La chica demente
Respeta el autor.
Tinta en la Piel
Finalmente, ella arqueó la espalda, echó la cabeza hacia atrás y gritó, mientras el orgasmo la asaltaba. Se corrió con fuerza. Sus piernas temblaban. Bajó la mirada y se echó a reír.
-Vaya –dijo-. Ahora es tu turno.
Volvió a arrodillarse en el suelo y a frotar y lamer mi pene empapado de sus fluidos. Se lo colocó entre los pechos y los utilizó para rematar la faena.
Finalmente no pude aguantarlo más. Exploté sobre ella como un petardo. El primer chorro le dio de lleno en la base del cuello y el resto se esparció por sus senos en grandes gotas. Ella sonrió, encantada y soltó un “¡Sí!ª triunfante que también me hizo reír. Me sacudió hasta que ya no quedó más. Luego se incorporó, mirándose. Mi líquido caliente le corría por pechos, goteando en el suelo. Yo ya no tenía energías. No podía moverme, me sentía complemente agotado.
Ella se sentó a mi lado, empapada, sudorosa, satisfecha.
-Ha estado muy bien –dijo-. Y el diván ha aguantado… por cierto, ¿cómo te llamas?
Me di cuenta de que hasta ese momento no nos habíamos presentado. Le dije mi nombre.
-Yo me llamo Lorena –dijo ella-. Encantada.
-Igualmente –repuse-. Bienvenida al edificio, Lorena.
“Qué casualidad –pensé-. Tengo una compañera de trabajo que se llama igual”.
-Muchas gracias, vecino.
-Cuando necesites ayuda para mover los muebles, o una taza de azúcar, o lo que sea, solo tienes que llamarme y acudiré al instante.
Ella se echó a reír con ganas.
-Muchas gracias –dijo-. Es usted muy amable, señor.
-Al contrario –dije yo-. Gracias a usted.
Volví a besarla.
Texto... Fedexior
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LA VECINA DEL 217
Volvía a casa después de un día insoportablemente tedioso en la oficina. Mis planes para el resto del día consistían en tumbarme en el sofá y mirar alguna película de terror o ciencia ficción, comer algo poco saludable, tal vez leer un rato y quedarme dormido. Lo cierto es que no tenía demasiadas ganas de nada. Pero no tenía idea de que mis planes iban a cambiar por completo en cuanto cruzara la puerta de entrada del edificio.
Caminaba por el pasillo, casi arrastrándome, con la llave de la puerta tintineando en el llavero que llevaba en mi mano, cuando la vi. Estaba enfrascada en la tarea de intentar empujar un enorme diván color vino a través de la puerta de su apartamento, que quedaba a dos puertas del mío. Estaba de espaldas a mí, inclinada sobre el diván, intentando encontrar la posición correcta para sujetarlo. Al verla me detuve en seco. Por un instante pensé en ignorarla, abrir la puerta de mi casa, entrar y olvidarme del asunto. Pero algo me hizo cambiar de opinión. ¿El remordimiento de ser un mal vecino? No, algo más. ¿La repentina oleada de deseo que me había asaltado al verla en esa posición? Tal vez. Guardé las llaves en mi bolsillo y me acerqué despacio.
Quedé justo detrás de ella, a un paso, y le pregunté:
-¿Necesitas ayuda?
Ella se volvió, algo sobresaltada. No se había dado cuenta de mi presencia hasta que le hablé. Al verme, sonrió de forma encantadora.
-Bueno –dijo-, la verdad es que me vendría bien una mano.
-Permíteme –dije, dejando mi mochila en el suelo.
Sujeté el diván por el extremo más ancho y lo levanté. No era tan pesado como parecía. Intenté pasar por la puerta, pero los bordes del respaldo chocaban contra el marco, así que lo giré un poco, lo torcí en ángulo y logré hacerlo pasar. El resto fue pan comido, solo hubo que arrastrarlo dentro.
Ella aplaudió.
-¡Maravilloso! –dijo-. ¡Gracias!
-¿Dónde lo dejo? –pregunté.
-Por ahí –señaló un espacio en el salón evidentemente destinado para ese mueble.
Lo llevé hasta allí y ella me dio indicaciones de cómo colocarlo de la forma que quería.
-Un poco más a la izquierda… ahora un poco a la derecha… más adelante… ¡eso es!
Finalmente quedó como ella quería. Yo solté el diván y estiré la espalda, suspirando.
-Muchas gracias –djo-. Ha quedado genial.
-No hay de qué –repuse.
-¿Sabes? Eres el único vecino que me ha ayudado hasta ahora –dijo.
La miré sorprendido.
-¿De verdad?
-Ajá.
Era nueva en el edificio. Se había mudado hacía dos o tres días. Yo la había visto al pasar en el corredor cuando salía a trabajar o cuando volvía y era la primera vez que intercambiábamos algo más que un rápido “hola” o un fugaz “buenos días”. Había llamado mi atención desde el principio, pero nunca hasta ese momento le había dedicado más que una breve mirada.
Era una mujer de unos cuarenta o cuarenta y pocos años, un metro sesenta y cinco, voluptuosa, de caderas anchas y con muchas curvas. Su cabello rizado variaba entre el rojizo y el rubio según le diera la luz. Tenía unos labios carnosos muy hermosos y unos ojos color miel con largas y sensuales pestañas. Era muy guapa, yo lo había notado la primera vez que la vi, pero distraídamente. Ahora no podía quitarle los ojos se encima.
-He estado muy atareada con la mudanza en estos días. Para colmo, el tipo del camión me dijo que no tenía tiempo de quedarse a ayudarme a entrar el diván, así que me lo dejó en la puerta, con un montón de cajas encima, y se fue para que yo me las arreglara sola, ¿puedes creerlo?
-El muy canalla –dije yo.
Ella se echó a reír de manera alegre y agradable.
Vi que había cajas y embalajes sin abrir amontonados en los rincones. Había una mesa cuadrada, un par de sillones pequeños y poco más. Todavía le faltaba mucho para terminar de instalarse.
-Bueno, si necesitas ayuda puedes contar con tu buen vecino –dije señalándome con el pulgar-. Bienvenida al edificio.
-Muchas gracias. Y gracias por la ayuda con el diván. Haz hecho mucho esfuerzo, ¿quieres tomar algo?
Oscuridad